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23 de diciembre de 2008

Cuéntame un cuento

- ¿Me cuentas un cuento cuatropelos?

- La gente se casa porque encuentran su amor verdadero, la Navidad es una fiesta religiosa y los políticos son honrados. ¿Quieres más cuentos?

- No de ese tipo de cuentos, de los otros, de los que tú cuentas a veces. Me apetece. Pero cuéntame un cuento real, algo que haya pasado de verdad.

- Bueno, déjame que piense… porque cuento y real suelen ser conceptos incompatibles. A ver si este te vale:


Érase una vez un reino muy muy lejano llamado Borondongón. En él vivía el Rey Barbatán que…

- ¡Eh!¡Este cuento no es real y no ha pasado de verdad!

- Que si hombre, es “real” porque el protagonista es un Rey y además ha pasado de verdad. Te lo aseguro. ¿Puedo continuar?...

Barbatán era nombrado como Barbatán III “El Muy Ecuánime” porque al contrario que otros Monarcas déspotas y caprichosos, que no son más que Príncipes déspotas y caprichosos bendecidos con la gracia de ser coronados Reyes en virtud una la sagrada herencia ancestral, Barbatán había asumido desde pequeño la importancia de su cargo y no se lo tomaba con frivolidad. Había sido otorgado con la responsabilidad de gobernar a su pueblo y para él era algo que había que tomarse muy serio. Sus súbditos eran muy felices en este reino y con este Rey. Un Rey que gobernaba con autoridad pero con justicia y que era muy respetado. Él a su vez los respetaba del mismo modo así fueran el general de sus ejércitos o el más pobre de los campesinos. Pero no todos compartían esta alegría, Petronia, la reina, se sentía abandonada por Barbatán. Su exceso de celo para con su reino había propiciado que Petronia y su pequeña hija pasaran la mayor parte del tiempo vagando si rumbo por el castillo. Barbatán dedicaba tanto tiempo a su trabajo que a Petronia ya no le importaba vivir rodeada de lujos y riquezas, solo quería disfrutar de un marido al que amaba tanto que hasta le dolía. La eterna condena de no poder abrazarlo y quererlo por culpa de sus responsabilidades hacía que Petronia fuera sumamente desgraciada.

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La bella Petronia se fugó con un capitán de caballería justo el mismo día que Barbatán olvidó el cumpleaños de su hijita por culpa de un asunto oficial. Lo único que había hecho este apuesto joven que cautivó a la reina fue estar con ella y darle un poco de cariño. Ella solo necesitaba a su príncipe azul a su lado, y éste nunca lo estuvo.

- ¡Que mala es Petronia!. Barbatán es bueno y solo se preocupa por su reino. No lo debería haber abandonado, al contrario, quererlo y admirarlo por lo justo que es. ¿O no Cuatropelos?

- Mala, mala, hombre, según se mire. Ella lo quería y lo admiraba pero se sentía muy sola. El trabajo no es lo más importarte si se tiene una familia por muy importante que éste sea. Hay cosas que están por encima ¿no crees?

- No se, no se…pero…el pobre Barbatán tampoco se merecía eso.


Si bien este hecho debería haber apenado a Barbatán, no solo no lo hizo sino que en realidad se sentía muy decepcionado y enfadado por la ingratitud que había mostrado Petronia por no haber sabido apreciar la importancia de su labor con el reino. La odiaba con toda su alma y se alegro de que lo hubiese abandonado porque esta huida le demostraba que ella era malvada, más si cabe teniendo en cuenta que una madre jamás abandona a su hija, ni tan siquiera velando por la seguridad que otorga ser la princesita del reino. La presencia constante de la pequeña conseguía que el rencor triunfara en la batalla, que como un veneno, se apoderaba cada vez más del corazón de Barbatán; su princesa se parecía tanto tanto a su madre.

Con el paso del tiempo su dedicación al reino fue aumentado progresivamente. La ausencia de una motivación por la que descansar, unido al nulo interés por compartir un poco de su espacio con su hija, lo transformó en Barbatán III “El Infatigable”. Se adentró en una dinámica de vida autodestructiva y trabajaba día y noche obligando a todos sus súbditos a hacerlo también. Exigía dedicación absoluta al trabajo, el reino era lo más importante. Una de las tareas en las que ponía más empeño era en la busca y captura de Petronia y su amante para condenarlos por alta traición. Su sed de venganza le obligaba a imaginarse constantemente como los atrapaban y el capitán era ejecutado frente a Petronia. El odio que sentía para con Petronia era trasladado al resto de sus súbditos y el sufrimiento que posteriori ella padecería, si la atrapaban, lo soportaban los que rodeaban a Barbatán en carne propia. Barbatán se había convertido en el Rey déspota y caprichoso que jamás había querido ser.

- Ya le vale a Barbatán. Qué culpa tendrán los súbditos de sus problemas. Es un impresentable, no me gusta nada la gente que paga con los demás sus problemas personales…

- Pues eso le pasa a más gente de la que te crees. Cuando caemos no solemos hacerlo solos, sin querer arrastramos con nosotros a un pozo aquellos que nos rodean y nos quieren sin importarnos su sufrimiento. Es…como el drogadicto, que piensa que solo se hace daño a si mismo sin pensar en el padecimiento de sus padres y hermanos.

- Pues si es verdad que pasa. Bueno…¿Qué paso con Barbatán?

Pues ya se había convertido en Barbatán III “El Implacable”. Era un Rey temido y no solo por sus súbditos, sus vecinos que estaban acostumbrados a un monarca dialogante ahora veían en Barbatán a un rey que cada vez que surgía algún conflicto los solucionaba de un modo belicoso y guerrero sin importarle los daños colaterales.

Un día sucedió un hecho inesperado. Un reo que aguardaba su ajusticiamiento por robar una hogaza de pan escapó de su celda. La mala fortuna le obligo a que en su intento de huida se cruzase con la princesa, e hija de Barbatán, que daba un paseo por el castillo. La retuvo como rehén amenazándola a punta de cuchillo. Algo removió las entrañas de Barbatán. El miedo a perder a su hija lo invadió de un modo que le sorprendió incluso a él. Aquella niña, ya una adolescente, a la que había rechazado e ignorado tantos años estaba en peligro y por nada del mundo quería perderla, y, aunque era magno y arraigado su empeño en odiarla, no podía evitar quererla más que nada en el mundo.

- Ahora es cuando Barbatán se vuelve bueno otra vez ¿Verdad?...yo sabía que se volvía bueno de nuevo.

- A lo mejor se vuelve aún más malo. Todavía no sabemos que le va a pasar a la princesa.

- Por cierto. ¿cómo se llama la princesa?

- Cállate, ahora te lo digo…

La princesa Celina estaba en un aprieto y el Rey Barbatán lejos de negociar con el secuestrador le instaba a asesinar a la chica si así lo veía conveniente. Le aseguró que su muerte era segura independientemente de lo que hiciera y solo cambiaría en lo piadosos de los métodos. El reo se rindió y soltó a la princesa, no era un asesino, solo un hombre asustado. Barbatán lo atravesó con su espada sin piedad.

- Un poco hijo de p… ese Barbatán. Yo creyendo que se iba a volver bueno…perdona…

Aunque el incidente con la princesa había acentuado su inflexibilidad, algo había cambiado. Le inundó un sentimiento que no era percibido por los demás pero que a Barbatán le inquietaba profundamente. El pánico que había sentido por el temor a perder a su pequeña princesa le demostró que aún conservaba un pequeño reducto de aquello que antes consideraba corazón.
Inconscientemente empezó a interesarse por Celina, y, aunque la trataba con mayor brusquedad que nadie, aquello era un rasgo inequívoco de su preocupación y amor por ella. Celina, que era una chica lista, se había percatado de esta circunstancia y aunque no se lo manifestara a su padre prefería que le tratara mal, signo de que aún la quería y se preocupaba por ella, a que la ignorara totalmente, tal y como había hecho todos estos años atrás.

Algunos creen que fue su acercamiento a la princesa, otros que simplemente quería asegurar egoístamente la sucesión al trono; lo que si es cierto es que poco a poco empezó a abrirse un poco a los demás. Casi sin darse cuenta y gracias a las visitas que hacía diariamente a la princesa empezó a sentirse atraído por la asistenta personal de Celina, amiga personal de Petronia a la que le había encargado el cuidado de la niña tras su marcha. En aquel momento, y quizás por comodidad, Barbatán se había mostrado indulgente con ella y permitió que permaneciera al cuidado de la niña. Ahora se alegraba de no haberla ejecutado, pensaba que se había vuelto un “blando” porque Ofelia, que era como se llamaba la mujer, le gustaba más de lo que él quisiera reconocer. La dificultad añadida era que aunque Ofelia no se lo había declarado directamente, su comportamiento indicaba que si Barbatán no se mostraba más cariñoso y bondadoso no tendría nada que hacer con ella. Barbatán se sentía azorado y aunque no fuese hombre dispuesto a negociar con nadie, empezó a planteárselo seriamente. Demasiado tiempo solo.

Este incipiente amor propició un ablandamiento en el carácter de Barbatán que hacia recordar levemente a aquel al que llamaban “El Muy Ecuánime”, pero un mal día Barbatán cayo gravemente enfermo.

- Y murió ¿verdad cuatropelos?

- ¿Y por qué iba a morir?

- No se. En algunas de tus historias la gente encuentra la redención justo antes de morir.

- Depende, hay gente a la que no le sienta muy bien morirse. Se vuelven egoístas y mezquinos sin importarle los demás. A veces ese rollo de aprovechar a tope lo que queda de vida también “mata” un poco a los que lo sufren, que además suelen ser los que más nos quieren ¿verdad?. Déjame que termine y veremos si se muere o no. ¿Vale?

Al caer enfermo, y lejos de encontrar la redención, se sintió fuertemente decepcionado. Creyó que aquella enfermedad era una maldición por haberse planteado cambiar. El mismo veneno que lo convirtió en “El Implacable” lo transformo en Barbatán III “El Aterrador”. Ordenó a sus oficiales recluir a Celina y a Ofelia en la torre más alta del Castillo y mandó cortar la lengua a todos aquellos que supieran el paradero de las dos mujeres. Pensó que si iba a morir su reino también lo haría con él declarando la guerra a todos los reinos adyacentes en una serie de acontecimientos que sumieron aquellos tiempos en los más oscuros y sangrientos que se habían conocido jamás. Hasta su muerte aquel fue un reinado de muerte y destrucción que concluyo con la desaparición de todo lo construido durante siglos. Un lugar que conoció una vez tiempos felices en manos de Barbatán y que él mismo destruyó.
FIN.

- ¿Ya está?. Pues vaya mierda. Yo creía que al final Barbatán se casaba con Ofelia y todos eran felices y comían perdices.

- Las historias no siempre acaban bien. A lo mejor esta es una de esas… Bueno. Vale. A ver si así te gusta más.

Al caer enfermo sintió miedo. Creyó que si moría solamente quedaría en el recuerdo aquel Barbatán “El Implacable” movido por la venganza y el odio. Nadie recordaría aquel Rey que jugaba con los niños del castillo, amigo de su séquito y de sus súbditos, que regalaba pan y no ejecutaba a los que lo robaban por necesidad. Solo recordarían a aquel soberano ejecutor y exigente al que nadie recordaría ni llevaría flores a su tumba. Este sentimiento se veía acentuado al ver a una hija a la que repudió una vez a los pies de su cama sin abandonarlo ni un momento, sin importarle que aquella enfermedad fuera producto de su propia autodestrucción y el afán de atormentar a los demás, sin importarle todo lo malo que él había hecho. Concluyó darse una segunda oportunidad y una vez recuperado se tomó la responsabilidad de gobernar de un modo más relajado. Decidió intentar recuperar el tiempo perdido junto a Ofelia al lado de su hija Celina que un día llegó a ser Reina.

Si recorremos las ruinas de aquel viejo castillo aún se pueden encontrar los restos deteriorados del sufrimiento causado por un Rey malvado que en realidad era un hombre triste. Pero también quedan los reductos de la grandeza del reino construido por Barbatán en los tiempos de Ofelia y Celina. Si caminamos por un sendero que se adentra en el bosque nos llevara a un lugar ajado por el tiempo en el que se haya un mausoleo con una gran piedra de mármol en la que aún se puede leer: Aquí yace Barbatán III “El Misericordioso”.
FIN –OTRA VEZ-

- Me gusta más así cuatropelos. Donde va parar. Un cuento no puede acabar tan mal como en la primera versión. Por cierto ¿qué paso con Petronia?

- Pues Petronia cansada de pasar penurias y calamidades junto a aquel capitán también lo abandonó y acabó casándose con un príncipe oriental. Vivió feliz rodeada de lujos y riquezas en un harén junto a las diecisiete mujeres del príncipe. No tuvo hijos y ésta vez le dio igual si su príncipe azul estaba a su lado.

- ¿Ves como son mejores los finales felices?...¿seguro que este cuento ha pasado de verdad?

- Palabrita de cuatropelos.

- Si tu lo dices…

10 de diciembre de 2008

La virtud y el defecto

Érase un individuo que pensaba que la posesión de uno de los mayores defectos de los muchos que posee el ser humano era su principal virtud. Creía que albergar en su corazón el mayor egoísmo avaricioso y la más grande ambición que ha conocido ser humano en este planeta le hacía fuerte. Su egoísmo era comparable al de un niño malcriado que no ceja en su empeño de conseguir aquello de lo que se encapricha con la salvedad de que su comportamiento llevaba implícita la maldad que encubre un pensamiento adulto. En cuanto a su ambición no dudaba en pisotear a quien fuera necesario a fin de conseguir todo aquello que ansiara. Se sentía bien, se sentía omnipotente, porque para bien suyo, y mal del resto, solía conseguir lo que quería.

Un día caminaba por la calle buscando cambio para la máquina de parking cuando observó que había un ciego pidiendo limosna en una esquina. Simulando ser buen samaritano se agachó para echarle una moneda, pero mientras con una mano dejaba una triste moneda de un modo notoriamente sonoro, con la otra cogía el resto del dinero que había en el sombrero. Su padre siempre le decía: - Hijo, no esta bien robar pero has de coger lo que sea necesario para sobrevivir; como buen vástago siempre le hizo caso a su progenitor porque si en realidad somos astillas, éste lo era de tal palo, y ambos, los reyes de la jungla. Sin ningún remordimiento pagó el parking, hizo la gestión pertinente y se fue tranquilamente.

Nunca antes había pasado tanto miedo como cuando vio al ciego al que le había robado el dinero esperando en su sillón favorito a que llegara a casa. Antes de que el hombre egoísta y ambicioso pudiera pronunciar palabra le dijo el indigente:

- No te asustes, no voy a hacerte daño. Solo quería advertirte que lo que has hecho no es correcto. Ya se, ya se, no digas nada. Se que necesitabas el dinero para el aparcamiento. El dinero no es lo importante, lo importante es que lo cogiste sin permiso; si me lo hubieses pedido te lo habría dado. ¿Cómo lo sé? ¿Cómo he llegado hasta tu casa? Quizás fui recompensado con otro don al serme arrebatada la gracia de poder ver. Quizás sea que pude leer en tu corazón viendo sin ver. Quién sabe…

- Pero…-susurró el hombre sin entender nada-

- Te voy a hacer un favor –interrumpió el ciego-. Te voy a conceder la facultad de saciar tu avaricia con la capacidad de poseer lo que nadie ha podido robar jamás, el sentimiento humano…



Despertó exaltado, solo había sido un sueño, un mal sueño. Miró el despertador y se dio cuenta de que se le habían pegado las sábanas. Llegaba tarde a una reunión importante, era extraño, jamás se había quedado dormido y menos si había dinero de por medio. Aún así no llegó demasiado tarde a la reunión con el cliente, éste acababa de llegar y casi se cruzan en la puerta. Aquello le confirmó que más hace el que quiere que el que puede y sus ansias de poder y riqueza lo hacían “querer” demasiado.

Ese fue el primer día que lo sintió. Al saludar al cliente sintió a través de su mano la inquietud e incertidumbre de este hombre y su afán porque llegara a buen puerto la operación. Noto el miedo del hombre a perder su empleo por la importancia que tenía no fracasar en esta reunión. Antes de darle la mano parecía un hombre seguro de si mismo, un buen negociador. Ahora tenía las claves de hacia donde debía de atacar; los propios miedos de aquel hombre lo habían puesto a su merced. Esto es grande, pensó. El ciego, recordó. No había sido un sueño y aquel indigente le había concedido el mejor don que se podía haber otorgado, sobre todo a él. Aunque pensándolo bien leer las mentes de los demás tampoco hubiese estado mal era feliz porque aquella habilidad le daba poder absoluto para manipular las situaciones a su antojo aún más. Si antes ya era bueno en eso, ahora sería invencible.

Por alguna extraña razón el hecho de conocer y sentir la angustia de su rival hizo que éste le diera cierta lástima. Si bien no quería salir perdiendo en la negociación, la misma extraña razón le condujo a llevar dicha reunión a la solución más favorable para los dos. ¿Se habría vuelto débil? Podía haber destrozado a aquel hombre exprimiéndolo por ser conocedor de su necesidad, pero en cambió, tener ese desasosiego tan cercano le hizo compadecerse de su sufrimiento. Sin duda se estaba volviendo débil.

Al principio era divertido. Era capaz de sentir la alegría del ser más feliz y la profunda tristeza del más deprimido. Gracias a esos sentimientos compartidos podía conocer a las personas más de lo que se conocía a él mismo, pero identificarse tanto con ellas le impedía intervenir en su propio beneficio, algo que sin dudar no habría hecho en otras circunstancias.

Una mañana se cruzó en el portal de su casa con una vecina que volvía del médico con su hija pequeña. La niña padecía una inofensiva pero molesta gripe y aunque por lo general no le importaba ni exhibía el menor interés por el bienestar de los demás, aquel día dio muestras de una cortesía inusitada acariciando la mejilla de su pequeña vecina como muestra de afecto:
- ¿Estás malita? Pobrecita tan pequeña –le dijo a la niña condescendientemente-.
Repentinamente empezó a encontrase mal, muy mal. El roce con la chiquilla le había transmitido el sufrimiento que padecía producto de la enfermedad. Sumado al malestar había que unirle una gran pesadumbre que inundó su alma. Una extraña mezcla de pena e indignación le perturbaba. Era injusto que una personita tan pequeña e inocente tuviese que sufrir. En aquel momento le parecía que aquella niña no tenía por qué aguantar aquello y sin dudarlo cogió sus manos con fuerza y le arrebató todo el sufrimiento para apropiárselo. Era el mismo egoísmo tornado en compasión. Solo quería que la niña se sintiese mejor.

Casi sin pensarlo empezó a visitar el centro de salud de su barrio. No podía eludir la necesidad de ir hurtándole los síntomas a todo aquel que consideraba que estaba sufriendo más de la cuenta aún a costa de soportar aquel malestar. Por suerte en ocasiones se apoyaba en colaboradores involuntarios. En una ocasión le “regaló” a un caradura que quería estafar a la seguridad social simulando una enfermedad una “bonita” lumbalgia proveniente de su convecino de sala de espera. Era el tipo de sacrificio que realizaba gustosamente a fin de poder sobrellevar tan ingrata misión.

Ya no le importaba ganar dinero; tenía el suficiente como para no tener que ir a trabajar dado que sus incursiones al centro de salud le obligaban a pasar casi todo el día en cama. No sentía la imperiosa necesidad de pisotear a la gente; sin duda alguna hubiese sido un esfuerzo inútil, ya que, seguramente, no podría evitar absorber las consecuencias del daño ocasionado. Paradójicamente era feliz por sentirse tan mal y llegó aún más lejos dando un pasito más al comenzar a aliviar de su dolor a los moribundos en los días previos a su defunción. Pensaba que ya tenían bastante con morir como para tener que soportar el sufrimiento, sobre todo estando él ahí para poder evitarlo.

Incluso los actos más nobles no están exentos de la probabilidad de cometer el más terrible de los errores. El primer día que fue al hospital pediátrico fue el último. La curiosidad lo llevó a la planta de oncología y allí a una habitación llena de gente.

- ¿Por qué lloran todos si el chico es muy feliz y está tan repleto de vida? –preguntó a la enfermera-
- Hoy es su cumpleaños…su último cumpleaños. Está muy enfermo, su cáncer es incurable y le queda poco tiempo de vida. Entre todos intentamos hacerle feliz…odio este trabajo –contestó resignada la enfermera-

Sin dudarlo ni un momento entró en la habitación y posó su mano sobre la frente del niño. No solo se apropió del sufrimiento sino que le arrebató la propia enfermedad consciente de que aquello conllevaría su propia muerte. No importaba el sacrificio, había hecho tanto daño anteriormente que salvar la vida de ese niño era un justo castigo para reparar los errores del pasado.

Tal y como le dijo la enfermera. En menos de un mes aguardaba de un momento a otro su final en la cama de un hospital. Los médicos no entendían como podía haber desarrollado la enfermedad tan rápido. Sus familiares creían que quizás todas aquellas enfermedades que padecía de forma continuada de un tiempo a esta parte tuviesen la explicación, que por alguna razón eran simples síntomas de una dolencia terrible y mortal. El hombre simplemente sonreía. No consideraba que hubiese sido un grandísimo error apropiarse de tan fulminante mal, era su responsabilidad y lo que le dio sentido a aquel grandísimo don era el no haber dudado de que su destino era el de salvar aquel niño. Sin perder la sonrisa ni un momento, simplemente, se apagó.

Quién sabe si las virtudes y los pecados provienen de los mismos impulsos que se tornan en antagonistas en función del objetivo a buscar. Quizás sean igual la ira que mueve al violento que la pasión del que lucha por la justicia. Puede que nuestros defectos alberguen las mismas facultades de lo que pudiera ser nuestra mayor virtud, solo que la sustancia que sacia nuestra inquietud sea la que inclina inevitablemente la balanza del subjetivo punto de vista. Como dijo el ciego, quién sabe…

3 de diciembre de 2008

¿Qué te ha pasado Soledad?

Pues mira chica, ella fue la que me lo pidió y yo acepté, entonces un buen día me instalé en su casa. Al principio era divertido, era la mejor compañera de piso. Lo pasábamos bien juntas, sobre todo cuando nos visitaba su amiga Libertad. Sentía que juntas podíamos comernos el mundo.

Al cabo de un tiempo las cosas cambiaron. La rutina sin amor suele ser el móvil que asesina la convivencia y está llegó a un punto en el que ya no podía soportar más los caprichos de Angustias.

Creo que intentaba pasar el menor tiempo posible conmigo, después del trabajo quedaba con su amiga Esperanza y su hermana Virtudes en el pub del barrio con la confianza de encontrase allí con Consuelo y con Olvido, que aunque, según ella, eran buenas amigas y grandes consejeras, siempre la dejaban plantada. Todos los días faltaban a su cita e impulsada por ese acérrimo rechazo a volver a casa para no verme, siempre cerraba el bar con Dolores y Amargura, dos chicas que frecuentaban el pub y, aunque no le caían bien, llegaron a conocerse bastante. Tengo la certeza que esas dos “pájaras” tienen bastante culpa de todo.

Durante esos días eran frecuentes las visitas a casa de Amador y de Benigno, compañeros de trabajo de Esperanza, y, aunque con ellos pasaba un buen rato, doy fe, cuando se marchaban siempre se quejaba de que se tenía que quedar allí, en casa, conmigo, la siempre presente me decía. Ya no me aguantaba más pero tampoco le había dado un motivo justificado para echarme de su casa.

Una noche se presentaron en casa Esperanza y Felicidad, una antigua conocida y hermana de su otra amiga Consuelo. Bebieron, fumaron y rieron, mucho; tras dos botellas de vino una cosa llevó a la otra. Odio a esa Esperanza.

Pillé a Angustias en la cama retozando con Felicidad, me marché. Soledad no se queda donde no la quieren.


Moraleja.

Hay veces que sentimientos antagónicos se enfrentan para generar conflictos porque aunque nos sintamos libres por no tener ataduras asimismo no podemos evitar angustiarnos por el hecho de estar solos. Puede llegar a empujarnos a encontrar el olvido buscando el consuelo en la barra de un bar, pero esto solo consigue traernos amargos dolores de cabeza al día siguiente. Probablemente asumir y aceptar las consecuencias de nuestras decisiones nos facilita el camino hacia la felicidad, y, como suele ocurrir, cuando la felicidad se encuentra la soledad desaparece. Eso sí, aunque las cosas se pongan amargas hay que recurrir a la esperanza, que como buena amiga, es lo último que se pierde.

27 de noviembre de 2008

El inevitable trabajo en la sombra

La experiencia me ha enseñado, y vamos camino de tres añitos -incluyendo el lapsus-, que en esto de las bitácoras el tiempo empleado a la hora de hacer cualquier cosa es directamente proporcional a la torpeza del que las ejecuta. Y, aunque la pereza es aún mayor que la torpeza, voy a dedicarle un tiempo a hacer ligeras modificaciones a la plantilla y lo más importante, actualizar el listado de enlaces e incluir los nuevos descubrimientos que he hecho últimamente en este mundo blog, y son muchos por fortuna. Decidir el momento no es casual; creo que ni los concursos ni los ranking son raseros para medir la calidad de un blog dado que en mi humilde opinión no existen blogs de mayor o menor calidad, sino blogs que nos interesan o no nos interesan. Hay que reconocer que los concursos y los ranking son medios excelentes para conocer blogs al margen de las posiciones, sobre todo en el momento en el que te das cuenta que puede que alguna bitácora personal del puesto un millón nos aporte algo que otra situada entre las diez primeras no lo haga, por su temática, diseño o por lo que sea. Todo es cuestión gustos, y para gustos blogs, que también los hay de colores.

Estos días los voy a dedicar a estos cambios y añadidos, estaré aquí, pero trabajando en las sombras por lo que es muy posible que no publique. Algo que además me vendrá bien para pensar en las próximas “chorradas”, y es que con este frío se me han congelado hasta las ideas. Si tenemos en cuenta que tengo la misma capacidad para síntesis que Ken Follett –con tres ejemplares de Los Pilares de La Tierra te haces una mesita de noche-, temo que lo que escriba pueda ser in leíble, más de lo que lo es ahora.

Aunque no juego al intercambio tampoco me importa incluir a todo aquel que quiera en el apartado de enlaces. Si así fuera no duden en comunicármelo en esta entrada o directamente en la de enlaces; a veces con estas cosas te llevas gratas sorpresas.

Ya que están aquí, si gustan, pueden leer ésto para no marcharse con la sensación de haber perdido el tiempo del todo. Es aleatorio así que puede salir cualquier cosa.

Muchas gracias a todos.

25 de noviembre de 2008

Miserere

No es cuestión implícita que el respeto a no quitar nuestra propia vida acabe con la firme esperanza de perderla en tanto en cuanto la circunstancia nos obligue a desear nuestra propia muerte. Por ello acordame yo… perdón, es costumbre propia que cuando pienso en tiempos pasados uso un lenguaje anterior. Pues…me acuerdo de un avatar ocurrido en los primeros tiempos. De noble cuna es mi proceder, ya que sería el esbozo “cuatropelil” del vástago de un gentilhombre. De alta alcurnia mis aposentos ya que durmiera yo en el cajón de un escritorio posesión de aquel mozalbete, que, en sus incipientes pinceladas, dibujome, aunque con tres pelos, pero dibujome…vuelvo a hablar en antiguo otra vez.

Gran disgusto llevose el noble progenitor al comprobar la distracción que supuso para el muchacho el dibujarme; un entretenimiento inutil en el desempeño del obligado aprendizaje de la gramática. Si bien le agradezco que no quebrara aquella hoja de papel cuan árbol abatido por el viento, dado que, produciéndole cierto gracejo el muñecajo, y ya que el daño estaba hecho, conservárame en dicho legajo para borrón y secado de sus insignes plumas. Allí acomodado me hallaba entre lo que en el futuro serían valiosos pergaminos, legado de un tiempo pasado, cuando un mal día aquejome de un pavoroso dolor abdominal. Falsa creencia es la de pensar que un personaje dibujado en un papel ni siente ni padece. Si es sumamente aburrido estar confinado en un cajón a perpetuidad, imagínense lo que supone permanecer enfermo y encerrado en tal insigne prisión con la certeza que será hasta el fin de los tiempos. Lamentárame de haber sido creado, deseara un incendio, un infante al abrigo de un extravío que me desgarrara en mil pedazos. Aquél dolor imperturbable ocasionaba que mi imaginaria vida fuere una insoportable maldición, ya que el arte al igual que un vampiro, aunque malo, es inmortal. Mala cosa ser un borrón olvidado en épocas quijotescas.



Pasáranme los años sin alivio hasta que un bendito historiador encontrárame oculto bajo un montón de documentos de pingüe valor para la memoria. La humanidad evoluciona sin percibir los cambios; mientras vivimos tenemos la falsa percepción de que todo siempre sigue igual. No nos damos cuenta que las pequeñas e inadvertidas variaciones que vamos causando son las grandes diferencias entre los siglos pasados y futuros de nuestra historia. De ese modo mis compañeros de celda y yo éramos la evocación de los modos y costumbres de un momento olvidado; las pruebas incriminatorias de lo que somos y de dónde venimos para bien o para mal. Un atisbo de luz se cernió sobre este humilde y desdibujado servidor.

- Si, con total certeza…a ver, si. Claramente su merced padece “El Dolor del Miserere”. Lamentome, pero va a morir señor figurilla de tres pelos…-Vana era la sentencia de aquella ilustración de médico en un libro antidiluviano de anatomía -.

Aquel dolor del miserere, más conocido como apendicitis, hasta entonces, y muy a pesar mío, no podía matarme; pero los males son menos males en el paraíso. Tras siglos encerrado y pese a que el dolor permanecía, aquel lugar repleto de pergaminos y grabados era un gran parque de atracciones en el que el pasado y el presente se fundían para conformar la historia. Un lugar en el que descubrir que podía ser el monigote que cualquier otro niño hubiese dibujado con la misma facilidad con la que pierdo el acento medieval.





Una vez un señor me robo y me metió en un lugar en el que podía ver todo lo que quisiera y a su vez ser visto. Podía contemplar el pasado y las imperceptibles variaciones que cambian el futuro. Me arrancó de la hoja en la que jugaban un niño y su abuelo como el que arranca los secretos de unos papeles olvidados y doloridos en un vetusto escritorio para abandonarme en otro, pero esta vez con un fondo de cajón infinito.

Rehecho con goma de borrar y pincel gané un pelo y …aquel dolor había desaparecido.


Epílogo.

De bien nacidos es característica singular ser vehementemente agradecido. Si bien no perdonara justificadamente el haberme dibujado sin pene…ojo.

20 de noviembre de 2008

Incubare

Tanto trabajo y tan poco tiempo…

Demasiados dones concedidos desde el Cielo que deben ser corrompidos. Con sumo cuidado he de ir repartiendo trocitos de mi pútrido corazón entre los mortales que han sucumbido a la inefable prueba de la tentación. Siembra demonios menores entre el resto, ocultos, normales. Disfruto inventando los purulentos actos del ayer, de hoy, del mañana. Señalo con un símbolo de sangre a aquellos que no superan la prueba.

Hay tanto trabajo que hacer…

Me encomendé imponer el equilibrio desde el principio de los tiempos, romper el equilibrio entre el bien y el mal no es un trabajo sencillo. El relativamente fácil atraer al humano hasta el pecado, pero, por desgracia el bien se impone al caos. No hay suficientes asesinos y violadores como para inclinar la balanza, ruidosos, pero escasos. Los seres humanos tienen la bendita costumbre de decantarse por el bien…

Los auténticos enfermos no sirven. El que se sabe enfermo lucha y evita dejar florecer el mal en virtud de su dolencia. Solamente valen aquellos que están vacíos, que no tienen alma.

Estoy tan cansado…

Es costoso crear íncubos y súcubos que roben lo más intimo que posee el hombre, su intimidad sexual. Requiere mucho tiempo erigir demonios salidos directamente del averno. No están bien terminados, transpiran la maldad, se les ve llegar, no pueden mezclarse; aprende de tus errores para no volverlos a cometer…no vayas por ahí.

No mires el cuaderno de piel que recoge uno de tus mayores experimentos…mi mayor fracaso. Anotados en sus paginas guardo los detalles de la creación más aterradora. En cada uno de sus renglones el mas temible demonio jamás imaginado. Un ser concebido para robar la inocencia del más preciado tesoro humano, la inocencia infantil, tan perverso, tan oculto, tan normal, tan ligado a los humanos que es imposible diferenciarlos. Un ente que alberga inscrita en su corrompida alma la vejación, el abuso y la esencia misma del mal en la figura de la más vil de las violaciones, la de un niño. El incubare que se jacta de sus victorias ante otros demonios. Un ensayo que se me fue de las manos, la sombra que persigue a su creador.

Demasiado depravado hasta para el mismísimo Diablo…




NO A LA PORNOGRAFIA INFANTIL.


19 de noviembre de 2008

La plaza del Vínculo

Érase que se era una ciudad que en su concepción fue diseñada y construida para que sus ciudadanos y visitantes tuvieran una vida más fácil. Era una ciudad monumental, pero no monumental arquitectónicamente, sino pequeña y nueva, de edificios de reciente construcción y perfectamente catalogada y ordenada, cuya grandeza residía en conformar un lugar que albergara todo el conocimiento conocido. Sus constructores pensaron que conformar un espacio que recogiera lo mejor de cada casa, las excelencias de cada país y la sabiduría de sus más ilustres ciudadanos haría que los habitantes de esta nueva ciudad fueran más cultos, cabales y tolerantes.

En los albores de aquella pequeña gran ciudad los que allí vivían lo hacían felices y en continuo aprendizaje, todo era nuevo y espléndido, un descubrimiento diario, grandes lugares donde acudir. Un buen día sus habitantes se dieron cuenta que ya habían aprendido todo lo que este lugar les podía enseñar y paseaban sin saber qué hacer ni a dónde ir, tener todo el conocimiento del mundo vagando sin un rumbo que seguir ya no resultaba tan atractivo.

Todos los caminos conducían a Roma en aquella ciudad. Al Deambular sin motivación ni dirección se desembocaba en una plaza grande y céntrica, sin árboles, sin monumentos, casi sin construir. La gente se congregaba allí en silencio, no había nada que decir porque lo contado ya había sido vivido por todos los que allí habitaban.

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Paso el tiempo, todo había sido dicho y las opiniones habían sido forjadas. La nueva y flamante ciudad con su plaza sin nombre ya no tenían nada que ofrecer a sus ciudadanos. Éstos empezaron a plantearse abandonar aquel lugar y se fueron marchando, primero de la plaza, y, luego de la ciudad, poco a poco, despacio, como el que se marcha por culpa de un amor desdeñado esperando que lo detengan en el último momento, resignados pero reticentes a abandonar.

De repente alguien gritó y aquellos habitantes hastiados de no ver saciada su necesidad de un conocimiento con consecuencia se giraron para ver lo que pasaba. Vieron como un hombre empezó a hablar a la gente. Subido en una caja de madera todos lo escuchaban atentos, intrigados; alguien se atrevía a expresar su visión sobre la vida, sus opiniones, sus inquietudes. A pocos metros una mujer se alzó en otra caja de madera y también comenzó a hablar. Una extraña excitación envolvió a todos. Algunos era capaz de ofrecer nuevo contenido a aquella ciudad que se encaminaba vertiginosamente a convertirse en el vestigio de una antigua civilización. En lo que parecía la muestra decadente y decrépita de una nueva metrópoli romana de finales del siglo XX, alguien se dio cuenta que podía aportar algo para evitar que aquella prometedora ciudad muriera.

Se multiplicaron las cajas de madera donde se narraban bonitas historias, mantenían a los demás al tanto de las últimas tendencias, cine, literatura, informaban sobre lo que pasaba en el mundo desde su particular punto de vista, con espíritu independiente, sin coacciones, sin partidismos. Algunos podían estar de acuerdo, otros no, pero todos eran libres. A aquel espacio se le llamó La Plaza del Vínculo. En poco tiempo las voces que allí se elevaban llegaron a todos los rincones de aquella renovada ciudad. Muchos fueron llegando a la Plaza desde todos los rincones y una gran afluencia de espectadores pasivos se congregaba a diario para escapar del punto de vista encorsetado y vetusto al que hasta ahora estaban acostumbrados. Era una ciudad frenética que imponía cambios a velocidades de vértigo, tanto que los pocos meses las cajas de madera fueron sustituidas por pedestales de hormigón y mármol y a los nuevos iconos de la información los denominaron “Generadores Urbanos de la Razón Umana”, humana sin “h”, porque tal era su influencia que hasta cuestionar la importancia de la ortografía era factible. La muchedumbre los seguía y sus nombres fueron relevantes incluso fuera de una ciudad que hasta la fecha era hermética y distante.

Los “Generadores” eran personas como las demás pero con el inestimable don de ser escuchados y tenidos en cuenta por el resto. La condición humana, con “h”, es invariable en cualquier parte del mundo, y, como en cualquier parte, la condición de los “Generadores” no distaba mucho de cualquiera que observa como de un día para otro deja de ser un personaje anónimo y se convierte en una celebridad, en minúscula, pero celebridad en lo que ellos consideraban el nuevo “Orden”; como cualquier político asentado en el poder muchos pensaban que su palabra era ley y verdad irrefutable y sus alocuciones empezaron a dedicarse en exclusiva a ensalzar al “Orden” y a ensalzarse ellos mismos.

Un buen día mientras un “Generador” disertaba sobre la decadencia de la civilización occidental, como casi todos los días, una chica saciada de la clase magistral impartida una y otra vez empezó a hablar con la persona que tenía al lado. Era una conversación sin relevancia especial, podríamos decir que casi hablaban del tiempo. La gente alimentada por el hartazgo que inyecta siempre la misma alegoría comenzó a escuchar lo que aquella chica decía. Casi sin querer unos y otros conversaban con los que estaban próximos a ellos y se generaron pequeños grupos al margen del “Generador”. Día tras día las personas que antes se reunían en la Plaza del Vínculo para ser aleccionados formaban comunidades de mayor o menor tamaño en el que compartían intereses y opiniones, saltaban de una comunidad a otra y, de vez en cuando, se detenían a escuchar lo que el “Generador Urbano de la Razón Umana” tenía que decir aquel día. Esta circunstancia disgustaba sobremanera a la mayoría de los “Generadores” dado que ellos cedían parte de la trascendencia ganada en virtud de la opinión global y temían que aquello era el principio del fin de la Plaza del Vínculo.


metamorfosis.

(Del lat. metamorphōsis, y este del gr. μεταμόρφωσις, transformación).
1. f. Transformación de algo en otra cosa.
2. f. Mudanza que hace alguien o algo de un estado a otro, como de la avaricia a la liberalidad o de la pobreza a la riqueza.
3. f. Zool. Cambio que experimentan muchos animales durante su desarrollo, y que se manifiesta no solo en la variación de forma, sino también en las funciones y en el género de vida.

Real Academia Española © Todos los derechos reservados

La transformación fue óbice para que muchos “Generadores” abandonaran; qué sentido tenía hablar si ya no iban a ser escuchados con la atención con la que la gente lo hacía antes, su ego fue asaltado. Para otros aquello era una buena idea y se unieron y apoyaron aquel nuevo Orden en el que todos creaban y todos participaban.

Sentado en su pedestal un “Generador” se lamentaba de la destrucción de la Plaza, que aquello no era lo que habían creado, que…

- Solo tienes que encontrar dentro de ti algo nuevo que contarnos y te escucharemos –replicó un muchacho que se había detenido a oír sus sollozos-.

- Pero esto ya no es lo que era, todos opinan y tienen un lugar; ya no es lo mismo.

- Claro que es lo mismo, pero aún mejor…

- ¿Seguro? –dudaba el “Generador”-

- No lo sé con certeza y no te creas nada de lo que te diga. Yo no soy más que un simple “cuentacuentos”.

17 de noviembre de 2008

Feliciano_88

Nacido para matar como papá le enseñó, igualito que papi. Tan valiente como para imponer su intolerancia sin discusión en virtud de un nombre de guerra. Que fácil es ser valiente y pendenciero escondido tras un pseudónimo para denigrar a todo lo que huela a “rojo”, Feliciano_88. Nacido para ser un fascista, igualito que papi. El 88 es el número, la insignia, el año de nacimiento; el 88.El 88 es Dios y Patria, hasta que la muerte lo separe de un fanatismo déspota hacia lo que considera el camino desviado; hasta que la muerte le enseñe que no es mejor ni peor que lo demás, todos vivimos y todos morimos, iguales. Dios y Patria a sangre y fuego. Nacido para matar porque su patria pura no caben monos, moros ni maricones. En su falsa patria blanca no ha sitio para sudacas ni amarillos, por eso acosa y ataca.

El racismo no existe. Solo existe el miedo. El desasosiego que aterra a aquellos que piensan que el de fuera viene a quitarles lo que es suyo. A Feliciano_88 le asusta que suban al autobús, que compren en su tienda, que trabajen con él. Le asusta la cotidianidad de todo aquello que considera invertido. Le dá miedo la normalidad, igualito que a papá. Su intolerancia es únicamente un terrible e incomprensible miedo a lo desconocido. Feliciano_88 es un cobarde porque usa la violencia cuando le contradicen, porque ataca lo que no comprende. Feliciano_88 solo cree en una verdad sin sentido, obtusa, y, tiene miedo, mucho miedo…

11 de noviembre de 2008

Historias del grano de arena. # 17. Terrores foráneos

La chica del póster me miraba fijamente a los ojos, parecía sonreír por culpa de la situación y no era para menos. Apoltronado en aquel inefable trono pagaba mi osadía –No abuséis de la Husacina y el Burčiak, no a todos les sienta bien- nuestra antipática guía ya nos lo advirtió; un consejo saltado a la torera, un acto de rebeldía del que tener que saldar cuentas en los servicios de aquel bar.
Para descubrir un país y sus gentes es esencial disfrutar de su gastronomía, y yo, había disfrutado demasiado. En aquella tesitura no dudé entrar en aquel bar lleno de gente. Allí pasaría desapercibido. Tenía que resolver el problema inicial, pero, como un perro en apuros que no duda en tirarse a la carretera si el peligro viene desde la acera, remediar aquel retortijón que amenazaba un desenlace vergonzoso se convirtió en la principal prioridad. Una vez solventada la contrariedad, me percaté de la complejidad que entrañaba disimular la inherente expansión de aquel nauseabundo olor y resolver la ausencia de papel higiénico en aquél servicio de Bratislava. Era un contratiempo de lo más inquietante: -No pasa nada –pensé- usaré mi ropa interior y la dejaré en una esquina. Después le pediré al camarero una bolsa de plástico y asunto solucionado. Por una vez no me habían traicionado los nervios, no sabía como iba a entenderme con él pero el plan de acción estaba claro, y, aunque necesitaba una ducha, aquel remiendo era la mejor y única opción.

La sugestión es traicionera a veces, genera conflictos en la percepción cuando los momentos son difíciles. La chica del póster parecía ahora reírse a carcajadas cuando comprobé que en el inodoro no había agua que resolviera, o al menos aliviara, aquella hecatombe. Si bien queda el consuelo de no ser del todo responsable, ya que no era culpable que por la ausencia de agua aquel w.c. pareciese la entrada del mismísimo infierno, es inevitable sentirse avergonzado por ser el causante directo de aquel desaguisado. Hablando se entiende la gente, “the shit happens” dicen los americanos, seguro que los eslovacos tienen frases similares para estas cosas.
Quizás sea cosa mía, quizás sea esa extraña sensación de sentirte regañado cuando te hablan en ciertos idiomas, quizás que diez personas empiecen a recriminarte al salir del baño, la verdad es que no sentí pasar desapercibido. Coaccionado ante aquel panorama solo pude agachar la cabeza y dirigirme al camarero del bar para intentar explicarle las molestias ocasionadas. Es gratificante ver la luz al final del túnel, en esta ocasión la luz la proporcionaba la arisca guía de gesto agriado que esperaba en la barra del bar. Ella me ayudaría a explicarlo todo, estaba salvado, se arreglaría lo que sin lugar a dudas se convertiría en un desagradable malentendido.

De repente un escalofrío recorrió mi espalda. Con las prisas no me había percatado de un hecho estremecedor; el mobiliario del local era más falso que los libros de una tienda Ikea. Miré a mí alrededor y por fin reparé en las cámaras de cine. Los que creía clientes eran en realidad los miembros del equipo en una producción cinematográfica. Resolví el misterio de la ausencia de agua y de papel higiénico como el investigador que empieza encajar las piezas para dar con el asesino de una película de crímenes, y por algún azar del destino, sobre eso precisamente era de lo que trataba aquella.

La chica del póster se reía con fundamentos. Me había colado en un set de rodaje y había dejado un desagradable “regalo” en un de los decorados.

Sin importar las diferencias culturales y lingüísticas, el gesto realizado a la guía se entendía internacionalmente aunque ella se encogiera de hombros sin comprender que quería decirle. Teníamos que salir de allí inmediatamente. El director de la película le daba paso a la actriz para que entrara en aquel el baño postizo a fin de rodar la próxima escena. La guía no comprendía lo que ocurría cuando la cogí del brazo para escapar del local, nos dirigíamos hacía la puerta mientras ella profería exclamaciones de indignación por mi inexcusable comportamiento. Ellos son comedidos, eso lo empeoraba todo aún más.

Bajo el umbral de la puerta pudimos escuchar el desgarrador alarido de la actriz al contemplar aquel inodoro salido del mismísimo averno. Sin término de dudas, en aquella película de terror…el asesino andaba “suelto”.

5 de noviembre de 2008

Grita y llora

Grita muy fuerte, tan fuerte como puedas. Grita con el ímpetu con el que lo hacías ayer. Chilla con la rabia con la que lo hacías al encapricharte de un juguete. Llora como cuando no te otorgábamos la libertad de creerte “grande”. Te hiciste mayor de repente, prematuro, sin merecerlo, sin que hubiese llegado la hora, creciste.

Grita hasta que la voz ya no se oiga y solo se escuche un quejido, agudo, sufrido, prolongado; aún así sigue gritando, más y más, tanto que pienses que te van a explotar los pulmones, tanto que sientas al corazón salir por la boca. Grita y …llora.

Llora y vuelve a empequeñecerte, pero llora. Se ha marchado y lo quieres, como me quieres a mí. Lo sé porque yo lo quise, casi tanto como te quiero a ti. Llora como el niño que eres; ya no necesitas ser mayor porque él ya no está aquí.



No sientas vergüenza. No te creas culpable. Cuando termines serás consciente de que papá ya se ha marchado, que no nos volverá a tocar, que no habrán más golpes. Grita fuerte, como lo hacía papá, tan malo como él; tras el grito y el llanto todo se habrá acabado y en calma, no volveremos a llorar.

Grita y llora mi niño…estaremos bien.

3 de noviembre de 2008

Cosas que nunca cambiarán

AÑO 2068


Desde hace tiempo intentamos cambiar las cosas. Nuestra sociedad, denigrada tantos años, está consiguiendo el respeto que merece de las demás comunidades que conforman este gran planeta que vela por nosotros en un universo tan infinito.

Se nos reconoce nuestra minuciosa organización y ya nadie piensa que está anclada en el pasado; se nos criticó tanto. Una monarquía liderada por una reina es siempre más justa y ecuánime, nosotras somos mucho más compasivas.

Durante todo este tiempo se ha sufrido mucho, a veces los tiempos han sido difíciles, a veces hemos desconfiado de nuestras reinas. No se pueden negar las dudas ante un sacrificio que cuesta muchas vidas cuando el resultado va a ser incierto. En ocasiones no puedes comprender por qué debes morir solamente para llamar la atención. Por desgracia nada es perfecto.

Vosotros jamás nos habéis comprendido, nos habéis visto siempre como una amenaza y siempre habéis pensado que nuestras agresiones eran gratuitas. Creísteis que os hacíamos daño por simple divertimento, nada más lejos de la realidad, cuando te sientes pequeña y frágil hay que ser muy valiente para defenderte aún sabiendo que es a costa de tu vida.

Al fin comprendisteis la complejidad de nuestros sistemas sociales, unos sistemas en los que no hay crisis económicas, en los que se distribuyen los recursos, en los que esos recursos estarán siempre ahí si vosotros los respetáis. Al fin comprendisteis que nosotras solas podemos controlar nuestro destino, que no necesitamos vuestra ayuda, solo vuestro respeto.

Nunca quisisteis ver nuestra riqueza cultural. La fiesta del Sol no es un azote, es solo una fiesta que nos tomamos con humor. Un sentido del humor que jamás creísteis que pudiésemos poseer.

Pero hay cosas que nunca cambiarán.

Para nosotras las abejas ese sentido del humor es uno de nuestros valores más sagrados. Para una sociedad como la nuestra tan dependiente del respeto humano, el humor es la evasión a los problemas, a la sequía, a la ausencia de flores, a la contaminación, a los plaguicidas. Durante miles de años nuestros dramas y nuestras comedias se ha ido sofisticando sobremanera. Pero esa sofisticación se ve mermada por esas cosas que nunca cambiaran. Jamás aprendimos a contar hasta cinco. No se pueden hacer rimas con el cuatro, y, puede que eso, nos lleve hasta la extinción. Cuando alguien dice el cuatro, la pesadumbre de no saber con qué rimar, nos mata, nos mata…nos mata.

30 de octubre de 2008

El Retorno de Tolomeo

Como norma general las trilogías suelen servir para conseguir que una buena película, o un buen libro, pase a formar parte de un conjunto mediocre. Salvo excepciones en las que dichas trilogías son concebidas como tales desde un inicio, las secuelas o precuelas no alcanzan casi nunca el mismo nivel que la idea inicial, consiguiendo incluso desprestigiar a esa obra inicial y se difumina la buena impresión que causó por culpa de un mal producto final.

Este no es el caso, habida cuenta que Tolomeo es un hombre que lo ha alcanzado todo en la vida: una significativa desfachatez y una notable poca vergüenza; además ha conseguido con un sentimiento de superioridad hacia los demás culminar brillantemente su propia gran trilogía de condiciones humanas despreciables, otorgándole meritoriamente el título de personaje VIP -Very Infamous People- para todos los que tenemos la desgracia de convivir con Tolomeo.

Que el ladrón cree que todos son de su condición es un dicho popular con el que tengo ciertas discrepancias. Entendiendo que estos dichos como expresión de la cultura popular a fin de ilustrarnos con ciertas verdades de la vida, al suscribirlos con una serie apellidos o condiciones, contribuirían negativamente a la dispersión de la idea, algo muy contraproducente para los que nos distraemos con facilidad. Pero para este caso concreto incluirle un “y el que no es ladrón, es porque no sabe o no puede” creo que se acercaría a un concepto ligeramente más acertado.

Y es para Tolomeo el mundo está mal concebido; él no se siente obligado a seguir las normas no escritas por las que nos regimos el resto de la humanidad, porque él solo cumple a rajatabla las leyes “oficiales” de los libros que llevan inscritos escudos también oficiales, pero por supuesto solo las que le interesan, para las que no le afectan aplica la desfachatez y la poca vergüenza porque ¿Dónde esta escrito qué en el supermercado hay que pasar por caja una vez llenado el carro de la compra?

Cuando Tolomeo va al supermercado no coge cesta ni carro. El buen señor selecciona dos artículos, los pone en la caja y a continuación se marcha. Durante todo el proceso “artimaña para no esperar mi turno como los demás”, va colocando en la cinta productos de dos en dos, advirtiendo a los que intentan pagar que aquel era su turno, pero como le faltan algunos que se le han olvidado, es magnánimo y los deja pasar. Eso si, los desafortunados a los que les toque pagar y se encuentren con que Tolomeo ha terminado su compra, no se salvan del escarnio público de ser acusados por Tolomeo de colarse o de haberlo intentando de mala fe, ¿acaso no habéis visto que tenía la compra colocada?, porque así, siempre ha sido el turno de Tolomeo.

Tolomeo sonríe avieso cuando guarda su compra en las bolsas, él es listo, el resto idiotas. La idea de que la ética nos impide a los demás realizar este tipo de acciones es un concepto inconcebible y demasiado abstracto para él.

Hazlo tu también, si no lo haces es porque eres tonto… (Palabra de Tolomeo)

¡¡Te despreciamos señor!!

27 de octubre de 2008

Cementerio de Elefantes

El primer día es el más importante. Todo aquel que había estado aquí me lo advertía; todo aquel que había vuelto de aquí lo hacía siendo menos él. Demasiado vital, tú no vales para este sitio. Los compañeros se empeñaban en convencerme para que no viniera, para mí, lo que no tenía sentido era quedarme en la sede de la organización cruzado de brazos sin ofrecer una ayuda real a aquellos a los que solo conocía sentado en una cómoda silla de oficina a través de un triste ordenador. Demasiado testarudo.

Era cuanto menos desmoralizante comprobar que todo el esfuerzo que se hacía desde la sede de la ONG no tuviera constancia en aquel campo de refugiados, porque salvo nuestra presencia aquí, los suministros brillaban por su ausencia y precariedad. Cientos de miles de refugiados huyendo de la guerra y la hambruna se hacinaban en aquel lugar sin nombre y sin esperanza. Los muertos por hambre o enfermedad se contaban por centenares diariamente, a excepción de aquellos días en los que llegaban partidas de medicamentos y harina, que hasta que se agotaban, permitía que algunos prorrogaran su inevitable muerte unos pocos días.

El primer día es el más importante, porque, el primer día aquí cambió mi vida. Hasta un submundo inconcebible puede albergar un inframundo aún más inhumano. A aquella zona del campamento, apartada y ajada por el sol la llamaban el cementerio de elefantes. Consumidos por el hambre y la enfermedad muchos se dirigían a aquella explanada a esperar el final. Seres humanos escuálidos y enfermos tumbados en el suelo y que ni tan siquiera luchaban por encontrar algo sombra; simplemente permanecían allí esperando una muerte segura.

En aquel espacio estéril llamaba la atención la figura de un anciano, que sujetando un cayado, parecía vigilar una amenaza invisible que le inquietaba aún más que la propia desolación que le rodeaba. En aquella representación del mismísimo infierno, tan famélico y enfermo como los demás, se levantaba de forma intermitentemente inquieta e intentaba a la carrera espantar a unos fantasmas que aparentemente únicamente habitaban en su imaginación.

Cayó al suelo inevitablemente, agotado, hambriento. No eran condiciones para hacer aspavientos a vara alzada. Al principio no entiendes porque un compañero intenta evitar que prestes ayuda; no te impliques demasiado. No tiene nada que ver implicarse con levantar a un ser humano del suelo. Sin fuerzas para poder incorporarse por si mismo, murmuraba lamentos en su dialecto tribal. Asintió agradeciendo el auxilio y de forma incomprensible intentaba volver a su roca para seguir protegiendo a aquella gente de una supuesta amenaza producto de la sed y la fiebre. Cuando alguien te mira a los ojos con la expresión de aquel al que pretenden expulsar del lugar al que pertenece comprendes que no necesita tu ayuda, que no quiere un poco de agua, que no quiere un trozo de pan; comprendes que debes respetar su deseo de permanecer allí, con su báculo, en su roca.

Por segunda vez me miró a los ojos señalando un matorral lejano. Los arbustos se movían inquietos si poder apreciarse claramente que era lo que los agitaba. Por un momento pude ver la cabeza de un buitre que a ratos controlaba casi racionalmente el estado de aquel espacio de muerte. Aquel hombre dijo algo que no podía comprender, era mi primer día.

Un buen compañero debe intentar evitar un sufrimiento innecesario; mientras nos marchábamos le pedía insistentemente que me tradujera lo que aquel hombre me había dicho. No merece la pena que sepas. Si merezco saber.

- Si estoy vivo no. Si estoy vivo nadie volverá a alimentarse de los míos. Si estoy vivo no.

Aquel hombre no velaba un peligro imaginario. Aquel hombre prometió que hasta su muerte evitaría que los carroñeros se alimentasen de su gente, de sus niños. Un hombre que se sabía alimento de los buitres una vez caído, pero que mientras pudiese mantenerse en pié cuidaría de los que como él esperaba la muerte en aquel cementerio de elefantes. El primer día es el más importante, aquel día deje de ser un poco menos yo.






Ahora vuelvo a casa. Tan vital, tan testarudo. Por rechazar un tratamiento que no me pertenece. Por desistir a tomar un medicamento que corresponde a la gente que dejo atrás; vuelvo a casa tan enfermo y cansado como los que fui a salvar.

Retorno a mí cómoda civilización sin la certeza de volver a tiempo, con la incertidumbre de que sea demasiado tarde para un humilde cooperante que solo quiso ayudar. La ironía de saber que las enfermedades que se curan en una cómoda cama de hospital en una semana pero que mata a miles de seres humanos en sucias tiendas de campaña ha vencido al idealismo.

El viaje es lento, tan lento. En la camilla veo como el viejo buitre espera paciente mi caída dentro de la ambulancia. Pero he hecho un trato con él y ha accedido; me ha prometido esperar hasta que logre llegar a mi particular cementerio de elefantes…


22 de octubre de 2008

Pornografía infantil NO


NUNCA


No existe la más mínima justificación bajo ninguna circunstancia. Preservemos a la infancia ante esta lacra.



PORNOGRAFÍA INFANTIL NO.


Únete, más información en La Huella Digital y Vagón-bar.

Problemas tenemos todos

Rasgo inequívoco del ser humano es que no importa lo afortunados que seamos en esta triste vida, todos y cada uno de nosotros no podemos evitar tener algún quebranto. Hay ciertas leyes místicas no escritas que rigen sobre la máxima: salud, dinero y amor. Dichas leyes dictan que el aumento de uno de estos pilares implica intrínsecamente en detrimento de los demás, lo que implica, que el éxito en una de estas facetas de la vida nos ocasiona carencias en el resto que afectan directamente en nuestro nivel de satisfacción. Quizás podamos interpretar, no sin ciertas dudas, que en el equilibrio se haya la felicidad, un equilibrio harto complejo de conseguir.

Mentiría si no reconociera que tiene sus ventajas ser un muñeco imaginario bidimensional. Cuando paseas por la calle los niños te señalan con una sonrisa. Supongo que resulta grato encontrarte de frente con la fantasía; la irrealidad nos devuelve a la infancia y seguramente no es lo mismo para el personal de un banco atender a un señor con traje que a otro vestido de payaso, siempre y cuando la pistola que le apunte sea de agua, algo que no suele ser lo habitual. Sentirte querido por la gente y comprobar que el clásico funcionario de carácter agriado te trata con simpatía, no tiene precio.



Al hilo de lo anteriormente mencionado también he de decir que cuando hace viento puedo estar horas agarrado a una farola como si fuera una bandera. También puede que un gracioso te tire al suelo, te coloque una piedra encima y no te puedas levantar. Aviso: ¡No es gracioso!; y menos si la gente encima se ríe de ti porque piensa que estas haciendo una actuación cómica. En fin, avatares que tiene la vida.

Lo que me compensa un ámbito de la vida, desequilibra mi balanza en otras cuestiones no menos importantes. A veces me siento como un Nexus-6 justo antes de morir, porque aunque ficticio e irreal, como todo ser consciente, uno tiene su corazoncito, y, no hay motivos para no reconocerlo, también ciertos impulsos. Que a una chica le parezcas pintoresco, simpático e incluso “mono” a veces no es suficiente para alcanzar el éxito en el amor…sexo, para que nos vamos a engañar; por eso aprovecho esta ocasión para dar las gracias a aquel al que le debo la vida, mi creador, y formularle una pregunta que alivie una de mis grandes dudas existenciales:

¿Por qué no me dibujaste con pene?

Aunque solo fuese uno pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos…como Platero.

20 de octubre de 2008

Yo soy “Peio”

“Peio” tiene solo media lengua pero sabe pedir lo que quiere. El milagro de la vida consigue que algo tan pequeño esté tan presente. Demasiado pequeño para ser tan cabezota y ordenado.

Cuando “Peio” quiere algo no ceja en su empeño; cuando “Peio” quiere algo lo consigue. Cuando “Peio” te ve triste te abraza y te acaricia el pelo, es todo corazón. Demasiado pequeño para saber como sacarte una sonrisa.

Para “Peio” la comida es sagrada y su único empeño es ser como tú y como yo. “Peio” no quiere ser especial por ser casi un bebe. Demasiado pequeño para estar tan vivo.

Me llamo “Peio” y voy a cumplir dos.



17 de octubre de 2008

La cortesía y el descortés

Ambos esperaban en el sombrío portal. El ascensor se estaba demorando lo necesario para provocar uno de esos silencios incómodos posteriores al saludo inicial. Ser un artefacto lo suficientemente antiguo como para no poseer indicador de planta no colaboraba mucho en aliviar dicha circunstancia.

Él miraba el techo de un modo tan forzado, que junto a las muletas que le ayudaban a caminar dado que había ejercido su derecho a lesionarse por practicar cierto tipo de deportes a determinada edad, le otorgaban un aspecto extrañamente castrense. Ella observaba el suelo detenidamente y, aunque rondaba la treintena, el peso de las bolsas de la compra disponía una caída de hombros más propio de una anciana.

Tarde o temprano todo llega:

- Pase usted primero.
- No por Dios, pase usted primero, que va con muletas.
- Pero usted va cargada de bolsas. Pase, pase.

Ninguno de los dos quería entrar primero en el ascensor, en tanto en cuanto él creía que como caballero debía dejar pasar a una dama que además iba cargada, a la mujer no le parecía ético que ella entrara en primer lugar dado que el hombre además de “andar” cojo se apeaba en un piso superior, lo que le supondría tener que salir del ascensor para que ella pudiera bajarse.

Mientras acontecía la cortés discusión, de entre las sombra una ágil figura sorteó a tan educados vecinos para entrar en el ascensor. Sin atisbo de culpabilidad pulso el botón del piso a donde iba y se marchó dejando a éstos plantados en la puerta del elevador.

- ¡Que poca vergüenza tiene el niño del tercero! –exclamó la mujer-. El hombre se lamentaba negando con la cabeza y gesto de indignación.

De nuevo estaban los contendientes de las buenas formas aguardando la llegada del ascensor, pero en esta ocasión ella miraba al techo y él al suelo. En esta ocasión tardó algo menos, pero la impaciencia por llegar a casa aumentaba la sensación de espera. De nuevo comenzaron las gentiles invitaciones pero esta vez con cierto “toque” de desesperación:

- Pase por favor.
- Que no, pase usted.
- Por favor.

De repente los dos intentaron entrar en el ascensor. Rendidos a las continuas invitaciones, ambos decidieron pasar primero coincidiendo que lo hacían a la vez.

La natural inestabilidad del hombre con muletas y el temor a que soltar las bolsas para no romper alguna que otra botella de cristal culminó con que el choque de hombros acabó con una significativa y aparatosa caída. Con ellos en el suelo, otro vecino desde alguna planta llamó al ascensor, volvían a quedarse tirados.

De repente comenzaron a reír desaforadamente, la situación era para llorar, el bendito buen humor había ganado.

Por tercera vez se abrieron las puertas del ascensor en la planta baja; una señora mayor salía con su bastón y se les quedo mirando por encima de sus minúsculas gafas de pasta.

- ¡Que poca vergüenza! Tan mayores y tirados en el suelo haciendo el ganso. Está visto que ya no existe la educación.

Y rieron aún más…



Moraleja: Pensar siempre en los demás a veces conlleva la decepción de no ser correspondidos tal y como nosotros lo hacemos. Solo nos queda el consuelo de alegrarnos de que nos reímos tanto…que hasta vomitamos.

Como dijo Don José Luís Rodríguez: Numerao, numerao, viva la numeración ¡¡Yeah!!

14 de octubre de 2008

Que se mueran los viejos. (Parte Tercera)

Viene de la 2ª Parte.

- ¡Mañana cuando vuelva a ser joven os voy dar una paliza!

Los dos agentes que lo conducían al vehiculo policial ya habían sido advertidos de los arrebatos violentos de aquel señor. Habían sido previamente informados de que llevarlo de vuelta a casa podría no ser una tarea tan sencilla como podría preverse.

- ¡Que energía tiene el señor! ¡Estése quieto! –increpaba la policía intentando hacer entender al pobre hombre que su insistente resistencia no tenía ningún sentido-

Aquel estaba siendo el peor día de su vida. Mucho peor que cuando sus padres lo cazaron falsificando las notas. Más aciago que el día en el que se topó con un individuo que no se dejó avasallar y le dio una lección ante la mirada de sus súbditos pandilleros. Cerró los ojos en el coche patrulla en un intento desesperado por volver a dormir. Despertar de aquella pesadilla que ya estaba durando demasiado era su única y, quizás, mejor opción.

- Por favor, no lo metáis en el calabozo. No es un delincuente, solo está enfermo. –suplicaba la hija que ya esperaba en la comisaría-
- Es por su seguridad señora. Sabe que si no lo hacemos intentará escapar –explicaba el comisario-. No se preocupe, mientras viene el doctor estará solo en la sala de interrogatorios y pondremos a un agente en prácticas vigilando que no se haga daño.

Le resultaba irónico contemplarse repente en comisaría con aquellos viejos y desvencijados huesos, simplemente por andar por la calle, cuando antes jamás había sido detenido por todas aquellas gamberradas que practicaba a diario. Verse en aquella circunstancia, parecía casi divertido.

- Buenas tardes, ¿otra vez lo ha hecho? –se presentó el psiquiatra visiblemente molesto por la interrupción-
- Si, doctor. Ha vuelto a escaparse. –respondió la avergonzada hija-

El chico atrapado en aquel octogenario problema observaba detenidamente al que denominaban doctor, a aquella que decía ser su hija y al señor comisario; papel el de éste último más conseguido de aquella sala de interrogatorios. Según su apreciación aquella alucinación no escatimaba en presupuesto.

- Esto no puede continuar –increpaba el comisario-. No podemos poner en jaque a toda la policía por culpa de un viejo loco. Ingrésenlo en una institución.
- Yo no puedo ingresar a mi padre. En ningún lugar estará mejor que en su casa, ¿Verdad doctor?- justificaba la mujer-.
- Antes era así. Pero esto va a peor. Ya sabíamos que empeoraría, esta enfermedad es así, sin solución y sin esperanza de mejora. Creo que el Sr. Comisario tiene razón, su padre debería ser ingresado –explicó el doctor con actitud condescendiente-.
- Pero usted me dijo…
- ¡Yo no he hecho nada! –interrumpió el pobre viejo-. Esta señora tiene razón, tengo que irme a casa para volverme otra vez joven. Lo mío solo se cura durmiendo.
- ¿Qué no has hecho nada? ¡Has estado doce horas perdido! –gritó la hija al borde de un ataque de ansiedad-
- No estaba perdido, estaba paseando, quizás huyendo, pero no sabía a donde ir –indicó el señor jugueteando con un cinismo provocador-.

El doctor empezó a explicar que en su estado senil era normal retrotraerse a una etapa feliz. La no aceptación de su enfermedad podría llevarlo incluso a un pasado imaginario en el que la vejez era el enemigo como era en este caso. Y en este caso la huida era propiciada por una vuelta a la realidad, una realidad en la que recuperado su verdadero aspecto anciano, sus maltrechas neuronas se empeñan en negar.

De repente empieza a recordar. Como por arte de magia se acuerda de su difunta María, aquella que tanto lo cuidó al principio de su enfermedad y cuya muerte lo encaminó hacía la negación total. Reconoció a la mujer, aquella que lo abandonó todo para atenderlo con el celo que solo puede entregar una hija amante. Los recuerdos empezaron a ordenarse en su memoria como papeles tirados en el suelo y alguien se ha empeñado en colocarlos en su lugar. De repente empieza a llorar…

- Lo siento, lo siento mucho. No sabía, no comprendía. Lo lamento hija –a veces recuperar la consciencia es más duro que el propio mal-.
- No te preocupes papa. Vamos a casa.

Desde la ventanilla del coche ve pasar la ciudad. Ha crecido tanto que casi no la conoce; no hace falta estar enfermo para perderse en esta colmena.

- Hija, ¿Sabes que han construido en el viejo campo de fútbol? Ya no se construye como antes. La pintura está tan deteriorada que pareciera que tienen cincuenta años.
- Papa, es que tienen cincuenta años. Duerme y descansa mi niño grande…

13 de octubre de 2008

Reflexiones (quizás) más que irrelevantes.

Érase un blog que comenzó por la inevitable necesidad del autor de decir algo. Se dio cuenta de que si no colaboraba en una “comunidad” jamás tendría repercusión. Dicho blog, que era honesto consigo mismo empezó a aglutinar una comunidad alrededor, pero no una comunidad de comentadores cualquiera, juntó a grandes blogs que formaban parte de éste como él formaba parte de los demás.

Pero el mundo blog es ingrato…

A veces nuestro tiempo como bloggers no es tan grande como miembro de esa comunidad. Y, lo más importante es publicar.

La comunidad desapareció a excepción de algunos miembros fieles. Grandes bloggers que aunque con su propio mundo, nunca olvidó que antes hubo un espacio, que aunque humilde, siempre se acordaba de lo suyos. Y este aunque este blog no fuese capaz de descolgar el teléfono, nunca olvidaba y nunca dejaba pasar por alto la lectura de éstos a los que considera sus camaradas.

Lo triste es que muchos han desparecido por eso. Sin saber que en las sombras eran seguidos, decidieron abandonar.

Y pido como humilde blog, que nunca desaparezcan blogs porque se crean olvidados, aunque la rutina haga sentir a sus dueños como olvidados sin serlo.

Si veis que un blog se apaga, gritadle que no lo haga. Que estáis ahí para leerlo porque en el fondo, todos necesitamos saber que hay alguien al que le interesa lo que contamos. Si en algo no sabéis que contestar, decid solamente hola.

No permitáis que mueran blogs que no lo merecen. Hacedlos sentir, vivir, contar, transmitir… siempre, siempre, todos saldremos ganando.

Dedicado a unforgettable solitude, guia y ejemplo de honestidad blog y de cuyo autor pude leer uno de los post, en mi humilde opinión, más grandes que ha dado la blogosfera hispana.

8 de octubre de 2008

A Juan le gustan los huevos fritos

A Juan le gustan los huevos fritos. Le gustan en su punto, ni muy hechos ni muy crudos. Le encanta romper la yema y apurarla al máximo sin escatimar trocitos de pan. A Juan no le gusta cuando la yema se queda demasiado cuajada.

Juan es un generador de emociones. Invita a la risa, la ira, el miedo, la ternura, la imaginación, la impotencia y, sobre todo, a la alegría y a la felicidad. Juan excava en los jardines en busca del centro de la tierra, salta con fuerza para tocar las estrellas con la mano o dibuja mundos imaginarios en los que él puede realizar cualquier proeza.

Es amigo de sus amigos, fiel, sincero y ha aprendido a ignorar a todos aquellos que no lo respetan o no le hacen caso. Es persona, antes eso le hacía daño.

A Juan le gustan los huevos fritos, si es con patatas fritas, mucho mejor.


2 de octubre de 2008

Historias del grano de arena. # 16. ¡Virus!

Algunos científicos afirman que lo más probable es que al ser humano no le de tiempo de destrozar la Tierra. Apuntan a que tarde o temprano seremos diezmados por alguna enfermedad mortal que acabará con nosotros antes de aprender como curarla. La humanidad tendrá que empezar de nuevo, al más puro estilo de los relatos apocalípticos, y solo los más fuertes se salvarán para emprender la aventura de crear un mundo nuevo.

Mientras tanto convivimos con multitud de epidemias mas o menos graves, en la mayoría de los casos “molesta”, y, de eso trata la historia del grano de arena, de un malicioso virus que trae en jaque a ciertos núcleos con consecuencias realmente desagradables.

Y en esas andaba este humilde cuatropelos. En una obligada visita al médico por una dolencia gastrointestinal, de carácter aparentemente vírico, esperaba mi turno en la sala de espera. La mayoría de los que allí aguardaban sufrían síntomas similares. Entre estas personas, un abuelo y su nieta, esperaban pacientes para que el doctor viera al primero. El pobre señor había amanecido vomitando y con una colitis de relevancia; su nieta de unos doce años, a esas edades cualquier excusa es buena para no ir al colegio, acompañaba a su pobre abuelo dado que consideraba que a sus años no debía ir solo al médico.

El abuelo contaba batallitas mientras la muchacha miraba al techo del consultorio con la mirada dispersa y sin prestar mucha atención:

- Pues mira hija, está todo el mundo igual. Mi amigo Paco dice que es culpa de los inmigrantes, que nos traen sus enfermedades, y yo le digo: ¿tú conoces a algún negro?, no verdad, entonces como te van pegar las “cagaleras”. Vamos, yo creo que es al revés, si alguien tiene que contagiarse son ellos…¿no ves que nosotros somos más? –el abuelo hablaba sin parar mientras la nieta asentía ausente-. Pues mira hija…

- Abuelo…-interrumpió la chica con cara de incredulidad- ¿Se te ha escapado un pedo?

- No hija, no se me ha escapado. Me lo he tirado a conciencia. ¿no ves que en mi estado si me lo aguanto puedo hasta morirme?

- Ya te vale – respondió la nieta medio indignada-

- Pues mira hija –continuaba el abuelo con su alocución- , yo creo que cualquier día de estos nos vamos a ir todos a tomar por saco. Va a venir un virus mortal y va a acabar con todos. ¿cómo se llama eso?...Para...

- Pandemia abuelo, pandemia –corrigió la nieta con la actitud de los jóvenes frente a los mayores cuando piensan que éstos no se enteran de nada-.

- Eso, pandemia. Pues va a venir una pandemia de esas que nos va dar matarile…

- Abuelo…¿Otra vez? Córtate un poquito.

- Lo siento hija, es que no puedo evitarlo ¿sabes? Aguantarlo no es sano en mi situación –justificaba el abuelo-.

Cuando aún no había terminado de disculparse el abuelo, repentinamente levantó ligeramente la nalga derecha y dispuso un gesto de empujar arrugando el entrecejo.

- Este ha sido bueno -dijo el abuelo-, de los prolongados que no suenan pero que alivian una barbaridad

- Abuelo…creo que voy a vomitar –respondió la nieta con cara de repugnancia-.

- ¡Ay hija mía! …pobrecita...ya has cogido el virus.

29 de septiembre de 2008

Porque yo lo valgo

Cuando ella le insistió en que le explicara como debía ser una mujer según su criterio, el contesto que “la mujer deber ser una señora en la calle y una puta en la cama”. En ese momento terminó la cita.

Tenía más o menos asimilado que la respuesta a sus fracasos residía en el cúmulo de discursos malinterpretados y el infortunio de hilvanar brillantes e inofensivas reflexiones con posterioridad al acto, y, aunque consciente de este hecho, se empeñaba tenazmente en culpar a la mala suerte por una vida que si bien no era del todo desesperada, tampoco, en su opinión, era la que él siempre había soñado.

En sus divagues juveniles se veía dirigiendo una gran empresa con significativos dividendos y que al llegar a casa le esperara una esposa a la que amar y que le hiciese sentir querido. El humilde comercio de componentes electrónicos y el desangelado estudio, perfectamente acomodado para potenciar la soledad y el hastío, era lo que le aguardaba al llegar al hogar.

Inconsciente al hecho que para los demás era un cretino de carácter prepotente, él asimismo se veía un tipo simpático y responsable que no entendía porque siempre le faltó una mano que le otorgara la confianza que necesitó alguna vez. La ausente ayuda de los que creyó amigos, sin darse cuenta que para ellos, él, era mala gente, de esa mala gente de la que no te puedes fiar.

Un día, casi sin prestarle atención, comenzó a tocar fondo. Se vio abrumado por una pesadumbre que coaccionaba a los comentarios de mal gusto y las eternas bravuconadas que como seña de identidad conseguía ahuyentar a su entorno. La tristeza que le embargaba le obligaba sin darse cuenta a ser amable; no necesitaba impresionar a nadie y abandonó su peculiar simpatía que no hacía más que intimidar a los demás. Por alguna razón que no comprendía las cosas empezaron a irle mejor. Cuando desaparecieron las ansiosas ambiciones los que en otro momento le abandonaron, volvieron a su lado prestándole su ayuda si era necesario.

En aquel preciso momento empezó a aceptar la vida tal y como llegara. Sin salir de su asombro desapareció la angustia que otrora siempre le acompaño, y, repentinamente, aquella vecina que siempre le había atraído y que nunca le habló, un día le preguntó:

-¿Quiere usted venir a cenar conmigo esta noche?

25 de septiembre de 2008

Pluralidad laboral

Érase una vez un desempleado a jornada completa que percibía un subsidio de jornada reducida. El malestar que supone un "de ocho a doce" como horario de tan desacomodado quehacer, lo suplía aliviándose del martirio del mullido colchón de su alcoba a las doce y cuarto del mediodía. Disfrutaba de un merecido descanso hasta las cuatro de la tarde, momento en el que tras copioso ágape, se arrastraba hacía el sofá con la pereza implícita que impone la obligación de la labor después de la comida.

Supone un gran alborozo el fin de la jornada laboral. Fin de la siesta y comienzo de las festividades. Con la premura de un tiempo limitado, se obvia la higiene para estar a tiempo en el bar. Siempre es justificada la evasión para disipar al fantasma del estrés. Nunca hay suficiente cerveza fría que alivie su ansiedad. La vida es dura y aún lo es más cuando cierra el bar.

La noche es más breve si el trabajo nos aguarda en la mañana. Pero hoy es un día distinto. Solicita reglamentariamente y por convenio sindical uno de los “días de asuntos propios” que el derecho le asiste. Debe acudir con premura a la oficina de empleo.

La perpetuamente enfurruñada funcionaria le comunica sin ninguna pesadumbre que es tarde, tres días tarde. Hay que personarse en fecha y hora indicada; usted no lo ha hecho. Fin del subsidio.

Se acabó su pesadilla diaria. Se finiquitó el malestar lumbar provocado por aquel maldito muelle del colchón. Empezaba una vida nueva. Pero aún así, persistía la decepción y la inquietud por una labor truncada de forma involuntaria y prematura. Y es que la maldad demoniaca nos aguarda en cualquier instancia. La perversidad de un empleado del estado que no quiso atender las insistentes suplicas. No quiso comprender, demostrando que, aunque recóndito, tenía corazoncito, y olvidar que no pudo presentarse a tiempo porque que tenía tantas cosas por hacer…y tan poco tiempo.

Que injusta es la existencia de los inocentes.

21 de septiembre de 2008

Que se mueran los viejos. (Parte Segunda)

Viene de la 1ª parte.

Aunque no daba crédito a sus ojos, en su devenir de experiencias aparentemente extrañas, casi no le dio repercusión al asunto. Con anterioridad, su afición al sagrado elixir que el denominaba cerveza, junto a cierto tipo de pastillas usadas por la camarilla que componía la pandilla de los auto-denominados “Sin Control”, ya le había ocasionado algún que otro mal despertar. Pero aquel vencía por fuera de combate a los demás. Oír colores o sentir como tiembla nuestra sagrada tierra no podía compararse a despertar y ser una aberración octogenaria que casi no podía mantenerse en pié.

Otra vez, apoltronado en el mullido colchón de su cama, observó, ya inquieto, la imposibilidad de reengancharse a un plácido sueño que le devolviera a su realidad. Hastiado de contar ovejas, inventar malignidades o planear como ocultar el suculento botín obtenido en virtud de extorsionar a los inocentes chavales de cursos inferiores, decidió volver a levantarse. Aunque el ajado despertador indicaba la que para él eran las ignominiosas siete de la mañana, achacó su desvelo a la intransigente y muy molesta luz del sol.

Se levantó con dificultad. Había olvidado aquella vez que le intervinieron de apendicitis, pero la impotencia de no poder alzarse a causa de unos huesos ajados por la edad, le remontó al día en el que decidió que nunca jamás tendría que depender de alguien para sobrevivir. Obvió aquél bastón en una esquina de la habitación, que siempre había sido la suya, pero ya no era la misma y se dirigió al infinito pasillo del hogar paternal, que aunque también distinto, le devolvía a una percepción de la realidad que lo había abandonado de forma provisional.

Ya cerca de la cocina, que era su particular santuario familiar, denotó que la presencia que en ella se desenvolvía con absoluta normalidad no era la que acostumbra a reverenciar cada mañana. Si la figura y la pose eran similares, aquella mujer que preparaba café y tostaba rebanadas de pan de molde en un viejo tostador no era su madre.

- ¿Ya te has levantado, papa?

Un escalofrío recorrió la espada de nuestro protagonista, ¿Quién era aquella mujer que se movía con total soltura por la cocina de su casa, su cocina? ¿Quién era ella para llamarme papá?
Se sentó en silencio en una silla inédita para sus posaderas, en una cocina insólita. Aquella circunstancia le recordó las visitas a casas de sus infames vecinos. El mismo piso, mobiliario distinto. Tal era el desconcierto, que se sentó medio desnudo en una de las sillas desconocidas y comió un rico desayuno a base de tostadas con mantequilla y mermelada, que siempre habían sido de su mayor agrado, y un gran tazón de café descafeinado, que tal y como se estaban desarrollando los acontecimientos, agradeció la ausencia de estimulantes como nunca agradece un borracho que le nieguen la última copa.

- ¿Nos vestimos para ir al médico? –Le indicó la misteriosa mujer-

En silencio se dirigió a la habitación para, con consternación, descubrir que su guardarropa consistía en prendas de “viejo” desvencijadas, que desprendían un fuerte olor a naftalina y alter shave. Se vistió todo lo apresuradamente que su condición física le permitía y cogiendo aquella despreciable muleta de la esquina, que abominaba, pero que para solventar aquél mal cuelgue podría servirle de soporte, salió a la calle, solo. En busca de un estimulo que lo resucitara a la realidad, una realidad que fuese la suya. La de un chaval de diecisiete años que siempre había aborrecido crecer…

16 de septiembre de 2008

Insurgencias

Entre grandes montañas se ubicaba un pueblecito de casas humildes y gentes tranquilas. Esta pequeña población la regentaba el representante de un malvado dictador que imponía las normas que a su antojo disponía, y, trasladaba a todos los rincones de su tiranizado país por medio de delegados como el que habitaba dicho pueblecito.

Vivía allí un pastor de ovejas que a duras penas podía mantener a su familia. Con el sustento de lo que el ganado generaba y el poco dinero que conseguía de la venta de quesos y carne de oveja era suficiente para vivir, pero los impuestos que les exigía su omnipotente tirano les obligaba a una subsistencia penosa. Aún así se consideraba afortunado por tener un lecho en el que descansar y una esposa y unos hijos a los que amaba y le hacían sentirse amado.

Un buen día, mientras volvía tras dos semanas de pastoreo y con la alegría e inquietud por llegar a casa, vio desde lo alto de una colina como su pueblo ardía en llamas. Se habían oído rumores de que un ejército salvador les iba a liberar del tirano, pero en lugar de libertad, se encontró con que aquel ejército que había despertado entre los lugareños la confidente esperanza de un futuro mejor había bombardeado y asesinado a fuego y cuchillo a todo aquel que se encontró en su camino. Contempló horrorizado los cadáveres de sus vecinos en las calles y las casas destruidas.



El mayor dolor que pueda sufrir un ser humano lo halló junto a los restos de lo que antes era su hogar. Bajo los escombros yacía su familia sepultada El precio de la ansiada libertad fue la muerte de gente inocente y la más absoluta destrucción. Así la libertad no compensa.

Durante tres días y tres noches permaneció el pastor junto a la tumba de su familia. Lloraba sin consuelo y sus lamentos resollaban toda la noche los restos de lo que había sido su pueblo. Sin comer, sin beber, solo esperaba morir allí junto a los suyos y encontrarse con ellos en el paraíso. El cuarto día se le acercó un hombre y le preguntó:

- ¿Quieres morir?
- Con todo mi corazón –respondió el pastor-
- ¿Te gustaría que los que te han hecho esto compartieran contigo parte de tu dolor?
- Eso no es posible.
- Si estás dispuesto a morir, acompáñame y los culpables sentirán en sus carnes lo que tú estás sintiendo.

Aquel hombre lo llevó a un lugar remoto en el que se encontró con hombres y mujeres, que como él, lo habían perdido todo gracias al ejército liberador. En sus caras se podía ver el sufrimiento. Algunos vagaban ausentes, otros se lamentaban y una parte de ellos gritaban consignas de venganza.

Varios días después y ras un largo viaje en coche junto a otros dos hombres, llegó el pastor a una gran ciudad en la que nunca había estado. Le pusieron un chaleco con explosivos y le explicaron que dentro del gran edificio que tenía frente a él, estaban los responsables de su tragedia. Le dijeron que era el momento de que los culpables pagaran y que cuando pulsara el botón volvería a encontrarse con la familia que tanto amaba. Aquél hombre entró en el edificio y con la gratificante sensación de que no tenía nada que perder y mucho que ganar apretó el pulsador.



Un sargento y un capitán del ejército liberador examinaban los desperfectos producidos por la explosión. El sargento estaba indignado y sin comprender el por qué de aquella destrucción gritó enfadado:

- No sé lo que quiere esta gente. Venimos a salvarlos del dictador y nos lo pagan con bombas. Nunca acabará esta guerra por culpa de los malditos insurgentes.

El capitán respondió:

- Pobre e inocente sargento. ¿Acaso no te das cuenta que mientras seguimos arrasando pueblos y asesinando inocentes en busca de supuestos “insurgentes” conseguimos fabricar más “insurgentes” que justifique nuestra permanencia aquí y así seguir expoliando y robando sus recursos?

...Pobre e inocente sargento.