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11 de noviembre de 2008

Historias del grano de arena. # 17. Terrores foráneos

La chica del póster me miraba fijamente a los ojos, parecía sonreír por culpa de la situación y no era para menos. Apoltronado en aquel inefable trono pagaba mi osadía –No abuséis de la Husacina y el Burčiak, no a todos les sienta bien- nuestra antipática guía ya nos lo advirtió; un consejo saltado a la torera, un acto de rebeldía del que tener que saldar cuentas en los servicios de aquel bar.
Para descubrir un país y sus gentes es esencial disfrutar de su gastronomía, y yo, había disfrutado demasiado. En aquella tesitura no dudé entrar en aquel bar lleno de gente. Allí pasaría desapercibido. Tenía que resolver el problema inicial, pero, como un perro en apuros que no duda en tirarse a la carretera si el peligro viene desde la acera, remediar aquel retortijón que amenazaba un desenlace vergonzoso se convirtió en la principal prioridad. Una vez solventada la contrariedad, me percaté de la complejidad que entrañaba disimular la inherente expansión de aquel nauseabundo olor y resolver la ausencia de papel higiénico en aquél servicio de Bratislava. Era un contratiempo de lo más inquietante: -No pasa nada –pensé- usaré mi ropa interior y la dejaré en una esquina. Después le pediré al camarero una bolsa de plástico y asunto solucionado. Por una vez no me habían traicionado los nervios, no sabía como iba a entenderme con él pero el plan de acción estaba claro, y, aunque necesitaba una ducha, aquel remiendo era la mejor y única opción.

La sugestión es traicionera a veces, genera conflictos en la percepción cuando los momentos son difíciles. La chica del póster parecía ahora reírse a carcajadas cuando comprobé que en el inodoro no había agua que resolviera, o al menos aliviara, aquella hecatombe. Si bien queda el consuelo de no ser del todo responsable, ya que no era culpable que por la ausencia de agua aquel w.c. pareciese la entrada del mismísimo infierno, es inevitable sentirse avergonzado por ser el causante directo de aquel desaguisado. Hablando se entiende la gente, “the shit happens” dicen los americanos, seguro que los eslovacos tienen frases similares para estas cosas.
Quizás sea cosa mía, quizás sea esa extraña sensación de sentirte regañado cuando te hablan en ciertos idiomas, quizás que diez personas empiecen a recriminarte al salir del baño, la verdad es que no sentí pasar desapercibido. Coaccionado ante aquel panorama solo pude agachar la cabeza y dirigirme al camarero del bar para intentar explicarle las molestias ocasionadas. Es gratificante ver la luz al final del túnel, en esta ocasión la luz la proporcionaba la arisca guía de gesto agriado que esperaba en la barra del bar. Ella me ayudaría a explicarlo todo, estaba salvado, se arreglaría lo que sin lugar a dudas se convertiría en un desagradable malentendido.

De repente un escalofrío recorrió mi espalda. Con las prisas no me había percatado de un hecho estremecedor; el mobiliario del local era más falso que los libros de una tienda Ikea. Miré a mí alrededor y por fin reparé en las cámaras de cine. Los que creía clientes eran en realidad los miembros del equipo en una producción cinematográfica. Resolví el misterio de la ausencia de agua y de papel higiénico como el investigador que empieza encajar las piezas para dar con el asesino de una película de crímenes, y por algún azar del destino, sobre eso precisamente era de lo que trataba aquella.

La chica del póster se reía con fundamentos. Me había colado en un set de rodaje y había dejado un desagradable “regalo” en un de los decorados.

Sin importar las diferencias culturales y lingüísticas, el gesto realizado a la guía se entendía internacionalmente aunque ella se encogiera de hombros sin comprender que quería decirle. Teníamos que salir de allí inmediatamente. El director de la película le daba paso a la actriz para que entrara en aquel el baño postizo a fin de rodar la próxima escena. La guía no comprendía lo que ocurría cuando la cogí del brazo para escapar del local, nos dirigíamos hacía la puerta mientras ella profería exclamaciones de indignación por mi inexcusable comportamiento. Ellos son comedidos, eso lo empeoraba todo aún más.

Bajo el umbral de la puerta pudimos escuchar el desgarrador alarido de la actriz al contemplar aquel inodoro salido del mismísimo averno. Sin término de dudas, en aquella película de terror…el asesino andaba “suelto”.

4 comentarios:

sibenik dijo...

Buffff buenisimo. Gran historia y gran foto!!!!! Un saludo!

Mixha dijo...

Me encantó esta historia una de las mejores que te leído, realmente de ficción un beso



te linkeo para seguirte

Café con Agua dijo...

Jejejeje
cuando esa ficción y esa realidad se mezclan en tu cabeza, salen maravillas eh...

Peaso relato, si señor!

Bss

cuatropelos dijo...

Gracias, gracias :·D

La verdad es que me pasan unas cosas X·D