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10 de diciembre de 2008

La virtud y el defecto

Érase un individuo que pensaba que la posesión de uno de los mayores defectos de los muchos que posee el ser humano era su principal virtud. Creía que albergar en su corazón el mayor egoísmo avaricioso y la más grande ambición que ha conocido ser humano en este planeta le hacía fuerte. Su egoísmo era comparable al de un niño malcriado que no ceja en su empeño de conseguir aquello de lo que se encapricha con la salvedad de que su comportamiento llevaba implícita la maldad que encubre un pensamiento adulto. En cuanto a su ambición no dudaba en pisotear a quien fuera necesario a fin de conseguir todo aquello que ansiara. Se sentía bien, se sentía omnipotente, porque para bien suyo, y mal del resto, solía conseguir lo que quería.

Un día caminaba por la calle buscando cambio para la máquina de parking cuando observó que había un ciego pidiendo limosna en una esquina. Simulando ser buen samaritano se agachó para echarle una moneda, pero mientras con una mano dejaba una triste moneda de un modo notoriamente sonoro, con la otra cogía el resto del dinero que había en el sombrero. Su padre siempre le decía: - Hijo, no esta bien robar pero has de coger lo que sea necesario para sobrevivir; como buen vástago siempre le hizo caso a su progenitor porque si en realidad somos astillas, éste lo era de tal palo, y ambos, los reyes de la jungla. Sin ningún remordimiento pagó el parking, hizo la gestión pertinente y se fue tranquilamente.

Nunca antes había pasado tanto miedo como cuando vio al ciego al que le había robado el dinero esperando en su sillón favorito a que llegara a casa. Antes de que el hombre egoísta y ambicioso pudiera pronunciar palabra le dijo el indigente:

- No te asustes, no voy a hacerte daño. Solo quería advertirte que lo que has hecho no es correcto. Ya se, ya se, no digas nada. Se que necesitabas el dinero para el aparcamiento. El dinero no es lo importante, lo importante es que lo cogiste sin permiso; si me lo hubieses pedido te lo habría dado. ¿Cómo lo sé? ¿Cómo he llegado hasta tu casa? Quizás fui recompensado con otro don al serme arrebatada la gracia de poder ver. Quizás sea que pude leer en tu corazón viendo sin ver. Quién sabe…

- Pero…-susurró el hombre sin entender nada-

- Te voy a hacer un favor –interrumpió el ciego-. Te voy a conceder la facultad de saciar tu avaricia con la capacidad de poseer lo que nadie ha podido robar jamás, el sentimiento humano…



Despertó exaltado, solo había sido un sueño, un mal sueño. Miró el despertador y se dio cuenta de que se le habían pegado las sábanas. Llegaba tarde a una reunión importante, era extraño, jamás se había quedado dormido y menos si había dinero de por medio. Aún así no llegó demasiado tarde a la reunión con el cliente, éste acababa de llegar y casi se cruzan en la puerta. Aquello le confirmó que más hace el que quiere que el que puede y sus ansias de poder y riqueza lo hacían “querer” demasiado.

Ese fue el primer día que lo sintió. Al saludar al cliente sintió a través de su mano la inquietud e incertidumbre de este hombre y su afán porque llegara a buen puerto la operación. Noto el miedo del hombre a perder su empleo por la importancia que tenía no fracasar en esta reunión. Antes de darle la mano parecía un hombre seguro de si mismo, un buen negociador. Ahora tenía las claves de hacia donde debía de atacar; los propios miedos de aquel hombre lo habían puesto a su merced. Esto es grande, pensó. El ciego, recordó. No había sido un sueño y aquel indigente le había concedido el mejor don que se podía haber otorgado, sobre todo a él. Aunque pensándolo bien leer las mentes de los demás tampoco hubiese estado mal era feliz porque aquella habilidad le daba poder absoluto para manipular las situaciones a su antojo aún más. Si antes ya era bueno en eso, ahora sería invencible.

Por alguna extraña razón el hecho de conocer y sentir la angustia de su rival hizo que éste le diera cierta lástima. Si bien no quería salir perdiendo en la negociación, la misma extraña razón le condujo a llevar dicha reunión a la solución más favorable para los dos. ¿Se habría vuelto débil? Podía haber destrozado a aquel hombre exprimiéndolo por ser conocedor de su necesidad, pero en cambió, tener ese desasosiego tan cercano le hizo compadecerse de su sufrimiento. Sin duda se estaba volviendo débil.

Al principio era divertido. Era capaz de sentir la alegría del ser más feliz y la profunda tristeza del más deprimido. Gracias a esos sentimientos compartidos podía conocer a las personas más de lo que se conocía a él mismo, pero identificarse tanto con ellas le impedía intervenir en su propio beneficio, algo que sin dudar no habría hecho en otras circunstancias.

Una mañana se cruzó en el portal de su casa con una vecina que volvía del médico con su hija pequeña. La niña padecía una inofensiva pero molesta gripe y aunque por lo general no le importaba ni exhibía el menor interés por el bienestar de los demás, aquel día dio muestras de una cortesía inusitada acariciando la mejilla de su pequeña vecina como muestra de afecto:
- ¿Estás malita? Pobrecita tan pequeña –le dijo a la niña condescendientemente-.
Repentinamente empezó a encontrase mal, muy mal. El roce con la chiquilla le había transmitido el sufrimiento que padecía producto de la enfermedad. Sumado al malestar había que unirle una gran pesadumbre que inundó su alma. Una extraña mezcla de pena e indignación le perturbaba. Era injusto que una personita tan pequeña e inocente tuviese que sufrir. En aquel momento le parecía que aquella niña no tenía por qué aguantar aquello y sin dudarlo cogió sus manos con fuerza y le arrebató todo el sufrimiento para apropiárselo. Era el mismo egoísmo tornado en compasión. Solo quería que la niña se sintiese mejor.

Casi sin pensarlo empezó a visitar el centro de salud de su barrio. No podía eludir la necesidad de ir hurtándole los síntomas a todo aquel que consideraba que estaba sufriendo más de la cuenta aún a costa de soportar aquel malestar. Por suerte en ocasiones se apoyaba en colaboradores involuntarios. En una ocasión le “regaló” a un caradura que quería estafar a la seguridad social simulando una enfermedad una “bonita” lumbalgia proveniente de su convecino de sala de espera. Era el tipo de sacrificio que realizaba gustosamente a fin de poder sobrellevar tan ingrata misión.

Ya no le importaba ganar dinero; tenía el suficiente como para no tener que ir a trabajar dado que sus incursiones al centro de salud le obligaban a pasar casi todo el día en cama. No sentía la imperiosa necesidad de pisotear a la gente; sin duda alguna hubiese sido un esfuerzo inútil, ya que, seguramente, no podría evitar absorber las consecuencias del daño ocasionado. Paradójicamente era feliz por sentirse tan mal y llegó aún más lejos dando un pasito más al comenzar a aliviar de su dolor a los moribundos en los días previos a su defunción. Pensaba que ya tenían bastante con morir como para tener que soportar el sufrimiento, sobre todo estando él ahí para poder evitarlo.

Incluso los actos más nobles no están exentos de la probabilidad de cometer el más terrible de los errores. El primer día que fue al hospital pediátrico fue el último. La curiosidad lo llevó a la planta de oncología y allí a una habitación llena de gente.

- ¿Por qué lloran todos si el chico es muy feliz y está tan repleto de vida? –preguntó a la enfermera-
- Hoy es su cumpleaños…su último cumpleaños. Está muy enfermo, su cáncer es incurable y le queda poco tiempo de vida. Entre todos intentamos hacerle feliz…odio este trabajo –contestó resignada la enfermera-

Sin dudarlo ni un momento entró en la habitación y posó su mano sobre la frente del niño. No solo se apropió del sufrimiento sino que le arrebató la propia enfermedad consciente de que aquello conllevaría su propia muerte. No importaba el sacrificio, había hecho tanto daño anteriormente que salvar la vida de ese niño era un justo castigo para reparar los errores del pasado.

Tal y como le dijo la enfermera. En menos de un mes aguardaba de un momento a otro su final en la cama de un hospital. Los médicos no entendían como podía haber desarrollado la enfermedad tan rápido. Sus familiares creían que quizás todas aquellas enfermedades que padecía de forma continuada de un tiempo a esta parte tuviesen la explicación, que por alguna razón eran simples síntomas de una dolencia terrible y mortal. El hombre simplemente sonreía. No consideraba que hubiese sido un grandísimo error apropiarse de tan fulminante mal, era su responsabilidad y lo que le dio sentido a aquel grandísimo don era el no haber dudado de que su destino era el de salvar aquel niño. Sin perder la sonrisa ni un momento, simplemente, se apagó.

Quién sabe si las virtudes y los pecados provienen de los mismos impulsos que se tornan en antagonistas en función del objetivo a buscar. Quizás sean igual la ira que mueve al violento que la pasión del que lucha por la justicia. Puede que nuestros defectos alberguen las mismas facultades de lo que pudiera ser nuestra mayor virtud, solo que la sustancia que sacia nuestra inquietud sea la que inclina inevitablemente la balanza del subjetivo punto de vista. Como dijo el ciego, quién sabe…

3 comentarios:

Café con Agua dijo...

Después de leerte esto, a tus pies me postro. Uffff...
Joder, me emocioné al leerlo!

Mixha dijo...

Buen texto cautropelos super reflexivo y con mucha fuerza, un beso

me dejaste pensando en miles de cosas

sibenik dijo...

Has vuelto y yo sin enterarme!! Y encima con este pedazo de texto, intimista y estremecedor!!! Un saludo. Me alegra volver a leerte