Érase una vez un hombre que tenía una familia normal, un trabajo normal, unos amigos normales y básicamente lo que solemos denominar una vida normal. Como contrapunto a esa existencia sin lugar a dudas corriente, este hombre siempre llevaba una mascara. Nadie sabía por qué la llevaba ni el verdadero aspecto del que la portaba. Lo único que aquella careta de agradable sonrisa permitía mostrar eran unos grandes y tristes ojos azules.
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Por carácter afable y su afán en evitar cualquier tipo de conflicto con su familia normal, en su trabajo normal, con sus amigos normales y básicamente en cualquier aspecto de lo que denominamos su vida normal, no tardaron en apodar a ese hombre el señor sonrisa, dado que daba por zanjado cualquier asunto y sin discusión, mostrándoles a todos el amable gesto de aquella máscara acompañado con una ligera reverencia.
La gente se aprovechaba de su carente combatividad. No importaba si era una discusión sin trascendencia o era amonestado injustamente, él siempre ponía la otra mejilla en el gesto sonriente de su disfraz y así fue durante varios años. Años de cafés fríos y trabajos extra sin sublevación.
A sabiendas de la certeza de una guerra ganada, un mal día un jefecillo malicioso se aprovechaba de tal circunstancia para abusar y humillar sin contemplaciones del señor sonrisa. Este como tantas y tantas veces, mostró su sonrisa en reverencia y de ésta cayó al suelo, y, no se levantó. Había muerto.
muerte.
(Del lat. mors, mortis).
1. f. Cesación o término de la vida.
2. f. En el pensamiento tradicional, separación del cuerpo y el alma.
3. f. muerte que se causa con violencia. Lo condenaron por la muerte de un vecino.
4. f. Figura del esqueleto humano como símbolo de la muerte. Suele llevar una guadaña.
5. f. Destrucción, aniquilamiento, ruina. La muerte de un imperio.
6. f. desus. Afecto o pasión violenta e irreprimible. Muerte de risa, de amor.
Diccionario de la Real Academia Española
Se puede morir de diferentes maneras, pero en esta ocasión era una de esas muertes, que según los rumores, la gente calificaba, como en los noticieros, en extrañas circunstancias. Su familia normal, sus compañeros de trabajo normales, sus amigos normales lloraban a lo que básicamente denominamos un cadáver normal, pero con sus exámenes rutinarios los forenses no podían precisar la causa de la defunción y decidieron mirar en su interior. Quedaron perplejos al comprobar que sus entrañas estaban terriblemente marcadas con cientos de cicatrices. En su corazón se podían observar decenas de llagas abiertas, una grande que casi lo partía en dos fue la que le mató según los forenses.
Durante días estuvieron investigando sin éxito las posibles causas que podrían haber producido tales heridas. Su muerte era tan misteriosa como el motivo por el cual llevaba aquella máscara y sin encontrar un motivo aparentemente razonable de por qué había muerto, cerraron el expediente y lo procedieron a su inhumación.
La sepultura era presidía por desventurada lápida en la que únicamente rezaba un escueto “señor sonrisa” con una réplica de la máscara grabada en la gran piedra de granito. Todos acudieron al enterramiento, su familia normal, sus compañeros de trabajo normales, sus amigos normales, cuando antes de terminar el acto de entre el gentío apareció un niño que con un pequeño martillo y un pequeño cincel se acercó a la desolada e incompleta lápida y empezó a golpear. Si fue dura e insólita la pérdida de aquel hombre normal que básicamente siempre tuvo un gesto amable en cualquier circunstancia, más desconcertante era la inscripción que aquel niño plasmó en la fría roca: Aquí yace un hombre que prefirió mil veces verde, que una rojo. Entonces todo empezó a cobrar sentido, con su máscara había decidido ocultar a todos sus sentimientos y opiniones. Con ella ahogaba una discusión desagradable o un mal gesto, pero con su actitud, el veneno acumulado durante años por no permitir liberarse, ni tan siquiera con un simple grito de rabia, lo había matado.
Un asfixiante sentimiento de culpa asoló a los que allí se hallaban por no haberse dado cuenta antes de las autenticas intenciones del señor sonrisa. Sentían que lo habían estado apuñalando inconscientemente durante tanto tiempo sin reparar que lo asesinaban poco a poco. Decidieron que en su honor todos llevarían una máscara con una enorme sonrisa. Su familia normal, sus compañeros de trabajo normales, sus amigos normales y básicamente lo que denominamos un entorno normal, determinó que con este disfraz se acabarían los malos modos, que todos serían felices. De repente el niño que había tallado aquel epitafio a golpe de martillo, destacó sobre los gritos de euforia de los asistentes un llanto amargo:
- ¿Acaso aún no os habéis dado cuenta que son las máscaras las que nos envenenan hasta matarnos?