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11 de noviembre de 2008

Historias del grano de arena. # 17. Terrores foráneos

La chica del póster me miraba fijamente a los ojos, parecía sonreír por culpa de la situación y no era para menos. Apoltronado en aquel inefable trono pagaba mi osadía –No abuséis de la Husacina y el Burčiak, no a todos les sienta bien- nuestra antipática guía ya nos lo advirtió; un consejo saltado a la torera, un acto de rebeldía del que tener que saldar cuentas en los servicios de aquel bar.
Para descubrir un país y sus gentes es esencial disfrutar de su gastronomía, y yo, había disfrutado demasiado. En aquella tesitura no dudé entrar en aquel bar lleno de gente. Allí pasaría desapercibido. Tenía que resolver el problema inicial, pero, como un perro en apuros que no duda en tirarse a la carretera si el peligro viene desde la acera, remediar aquel retortijón que amenazaba un desenlace vergonzoso se convirtió en la principal prioridad. Una vez solventada la contrariedad, me percaté de la complejidad que entrañaba disimular la inherente expansión de aquel nauseabundo olor y resolver la ausencia de papel higiénico en aquél servicio de Bratislava. Era un contratiempo de lo más inquietante: -No pasa nada –pensé- usaré mi ropa interior y la dejaré en una esquina. Después le pediré al camarero una bolsa de plástico y asunto solucionado. Por una vez no me habían traicionado los nervios, no sabía como iba a entenderme con él pero el plan de acción estaba claro, y, aunque necesitaba una ducha, aquel remiendo era la mejor y única opción.

La sugestión es traicionera a veces, genera conflictos en la percepción cuando los momentos son difíciles. La chica del póster parecía ahora reírse a carcajadas cuando comprobé que en el inodoro no había agua que resolviera, o al menos aliviara, aquella hecatombe. Si bien queda el consuelo de no ser del todo responsable, ya que no era culpable que por la ausencia de agua aquel w.c. pareciese la entrada del mismísimo infierno, es inevitable sentirse avergonzado por ser el causante directo de aquel desaguisado. Hablando se entiende la gente, “the shit happens” dicen los americanos, seguro que los eslovacos tienen frases similares para estas cosas.
Quizás sea cosa mía, quizás sea esa extraña sensación de sentirte regañado cuando te hablan en ciertos idiomas, quizás que diez personas empiecen a recriminarte al salir del baño, la verdad es que no sentí pasar desapercibido. Coaccionado ante aquel panorama solo pude agachar la cabeza y dirigirme al camarero del bar para intentar explicarle las molestias ocasionadas. Es gratificante ver la luz al final del túnel, en esta ocasión la luz la proporcionaba la arisca guía de gesto agriado que esperaba en la barra del bar. Ella me ayudaría a explicarlo todo, estaba salvado, se arreglaría lo que sin lugar a dudas se convertiría en un desagradable malentendido.

De repente un escalofrío recorrió mi espalda. Con las prisas no me había percatado de un hecho estremecedor; el mobiliario del local era más falso que los libros de una tienda Ikea. Miré a mí alrededor y por fin reparé en las cámaras de cine. Los que creía clientes eran en realidad los miembros del equipo en una producción cinematográfica. Resolví el misterio de la ausencia de agua y de papel higiénico como el investigador que empieza encajar las piezas para dar con el asesino de una película de crímenes, y por algún azar del destino, sobre eso precisamente era de lo que trataba aquella.

La chica del póster se reía con fundamentos. Me había colado en un set de rodaje y había dejado un desagradable “regalo” en un de los decorados.

Sin importar las diferencias culturales y lingüísticas, el gesto realizado a la guía se entendía internacionalmente aunque ella se encogiera de hombros sin comprender que quería decirle. Teníamos que salir de allí inmediatamente. El director de la película le daba paso a la actriz para que entrara en aquel el baño postizo a fin de rodar la próxima escena. La guía no comprendía lo que ocurría cuando la cogí del brazo para escapar del local, nos dirigíamos hacía la puerta mientras ella profería exclamaciones de indignación por mi inexcusable comportamiento. Ellos son comedidos, eso lo empeoraba todo aún más.

Bajo el umbral de la puerta pudimos escuchar el desgarrador alarido de la actriz al contemplar aquel inodoro salido del mismísimo averno. Sin término de dudas, en aquella película de terror…el asesino andaba “suelto”.

2 de octubre de 2008

Historias del grano de arena. # 16. ¡Virus!

Algunos científicos afirman que lo más probable es que al ser humano no le de tiempo de destrozar la Tierra. Apuntan a que tarde o temprano seremos diezmados por alguna enfermedad mortal que acabará con nosotros antes de aprender como curarla. La humanidad tendrá que empezar de nuevo, al más puro estilo de los relatos apocalípticos, y solo los más fuertes se salvarán para emprender la aventura de crear un mundo nuevo.

Mientras tanto convivimos con multitud de epidemias mas o menos graves, en la mayoría de los casos “molesta”, y, de eso trata la historia del grano de arena, de un malicioso virus que trae en jaque a ciertos núcleos con consecuencias realmente desagradables.

Y en esas andaba este humilde cuatropelos. En una obligada visita al médico por una dolencia gastrointestinal, de carácter aparentemente vírico, esperaba mi turno en la sala de espera. La mayoría de los que allí aguardaban sufrían síntomas similares. Entre estas personas, un abuelo y su nieta, esperaban pacientes para que el doctor viera al primero. El pobre señor había amanecido vomitando y con una colitis de relevancia; su nieta de unos doce años, a esas edades cualquier excusa es buena para no ir al colegio, acompañaba a su pobre abuelo dado que consideraba que a sus años no debía ir solo al médico.

El abuelo contaba batallitas mientras la muchacha miraba al techo del consultorio con la mirada dispersa y sin prestar mucha atención:

- Pues mira hija, está todo el mundo igual. Mi amigo Paco dice que es culpa de los inmigrantes, que nos traen sus enfermedades, y yo le digo: ¿tú conoces a algún negro?, no verdad, entonces como te van pegar las “cagaleras”. Vamos, yo creo que es al revés, si alguien tiene que contagiarse son ellos…¿no ves que nosotros somos más? –el abuelo hablaba sin parar mientras la nieta asentía ausente-. Pues mira hija…

- Abuelo…-interrumpió la chica con cara de incredulidad- ¿Se te ha escapado un pedo?

- No hija, no se me ha escapado. Me lo he tirado a conciencia. ¿no ves que en mi estado si me lo aguanto puedo hasta morirme?

- Ya te vale – respondió la nieta medio indignada-

- Pues mira hija –continuaba el abuelo con su alocución- , yo creo que cualquier día de estos nos vamos a ir todos a tomar por saco. Va a venir un virus mortal y va a acabar con todos. ¿cómo se llama eso?...Para...

- Pandemia abuelo, pandemia –corrigió la nieta con la actitud de los jóvenes frente a los mayores cuando piensan que éstos no se enteran de nada-.

- Eso, pandemia. Pues va a venir una pandemia de esas que nos va dar matarile…

- Abuelo…¿Otra vez? Córtate un poquito.

- Lo siento hija, es que no puedo evitarlo ¿sabes? Aguantarlo no es sano en mi situación –justificaba el abuelo-.

Cuando aún no había terminado de disculparse el abuelo, repentinamente levantó ligeramente la nalga derecha y dispuso un gesto de empujar arrugando el entrecejo.

- Este ha sido bueno -dijo el abuelo-, de los prolongados que no suenan pero que alivian una barbaridad

- Abuelo…creo que voy a vomitar –respondió la nieta con cara de repugnancia-.

- ¡Ay hija mía! …pobrecita...ya has cogido el virus.

26 de julio de 2008

Historias del grano de arena. # 15. Conversaciones Terrestriales

Dicen que para gustos colores, pero también sabores, sonidos e incluso estaciones del año. Los hay que disfrutan del Invierno y del Otoño por aquello de acurrucarse calentitos en el sofá cuando frío aprieta. Otros prefieren la Primavera por la explosión de colores y el despunte del buen tiempo sin que “las calores” aprieten demasiado. Pero el periodo del año preferido por la mayoría es sin duda el Verano. Vacaciones, días más largos, noches agradables, sol, playa, piscina; aunque la manta y el sillón en un día lluvioso sea una idea atractiva para el que suscribe, hay que reconocer que el Verano nos proporciona un amplio abanico de posibilidades para el asueto y el entretenimiento.

En esos días de Verano en los que el Sol fuerza nuestra capacidad física para resistir las altas temperaturas con las que castiga algunas latitudes de nuestro planeta, encontrarse un parque ajardinado, sombra por doquier y el césped recién regado es una tentación para el caminante, que como un servidor, no pudo resistir. Reposaba tranquilamente aliviando el calentón de “cascos” y la flojera de piernas bajo un gran árbol y sobre la hierba fresca. Ante relajada escena es casi inevitable impedir que el sopor nos venza, pelea que por lo general y dadas las circunstancias no me apetecía ganar. Cuando los párpados se cierran y te vas durmiendo, una voz que te despierta puede ser harto desagradable, y, sobre todo, si al mirar a tu alrededor no consigues ver a nadie.

- No te preocupes muchacho, no te preocupes, que yo no me preocupo, ¿por qué lo ibas a hacer tú? –dijo una extraña voz que no venía de ninguna parte-

En primera instancia la intención era la huida, pero por motivos desconocidos y el hecho de que en realidad no había nada que pudiera parecer una amenaza decidí no escapar.

- No me llamaban muchacho desde hacía mucho tiempo. –respondí lo primero que se me ocurrió-
- Con mi edad para mí eres un muchacho. Tú eres para mí lo que para ti son las células de tu cuerpo, una parte de ti a la que no prestas atención especialmente.
- ¿Quién eres? –pregunté al misterioso interlocutor-
- Pues quien voy ser…soy La Tierra.


Con la solemnidad que requería la situación y con una actitud que transmitía mi certeza de la incuestionable realidad de los hechos, dije:

- ¡Anda ya! –me parecía que eso de las cámaras ocultas estaba ya muy visto-
- Créeme. Soy tan real como el suelo que pisas, dado que Soy el suelo que pisas. –interrumpió la supuesta “Tierra”-

Extrañamente y contraponiéndome a la incredulidad inicial, empecé a creer, no se por qué, que aquello era real.

- No estoy preocupado, ¿Por qué habría de estarlo? –respondía a su afirmación anterior-
- Porque todos creéis que me muero y que vais a morir todos asimismo.- contestó La Tierra-
- La verdad es que nos estamos cargando el planeta.
- Pues que sepas que eso es incierto, solo lo estáis modificando.
- ¿Cómo modificando? –pregunté intrigado-
- Pues eso modificando. Yo solo soy un trozo de roca flotando en espacio. Eso de que La Tierra es un planeta que posee las condiciones adecuadas para albergar la vida no es real, es un mito creado por el ser humano. –contestó con firmeza-.
- Entonces, ¿Por qué estamos aquí? –cuestioné incrédulo-
- Pues gracias a vosotros mismos, los seres vivos. Yo solo era un planeta como otro cualquiera como muchos que hay con condiciones parecidas, hasta que un día apareció el primer organismo vivo. Poco a poco este ser vivo, junto con otros, empezaron a crear las condiciones adecuadas para que pudieran sobrevivir otros seres vivos, y estos a su vez aportaron otros condicionantes que fueron modificando el entorno, atmósfera, temperatura, etc, con la consecuencia que facilitaban la supervivencia a más vida. La suma de las aportaciones de la vida en todas mis edades crearon el equilibrio en el que ahora habitas junto con los demás seres vivos. Equilibrio en el que yo he tenido poco que ver.
- ¿Qué pretendes decirme? ¿Qué podemos vivir en La Tierra gracias a las formas de vida que consciente o inconscientemente estamos destruyendo o hemos destruido? –para mí era una especie de revelación-.
- Básicamente eso. Pero no te preocupes, vosotros sois en realidad insignificantes, y, lo único que estáis haciendo es modificar el entorno para una vida futura que sí podrá vivir en el.

Descubrir que la vida en La Tierra tal y como la conocemos es gracias a la propia biomasa que habita en nuestro planeta fue en parte esperanzador pero muy inquietante. Un consuelo por saber que si dejamos de emitir CO2 y calentar La Tierra mantendremos el equilibrio, pero conocer de primera mano que la raza humana puede tener el lamentable y descorazonador honor de ser la especie que modificó su hogar para extinguirse y dar paso a nuevas formas de vida adaptadas a la nueva situación me parecía bastante una circunstancia realmente lúgubre.

De repente una voz distinta a la de La Tierra se oía lejana:

- ¿Perdone? ¿Está usted bien?

Un hombre me miraba desconcertado. Me observaba con la cautela de no tener la certeza de estar preguntando a un loco que habla solo o a alguien con problemas.

Todo se volvió oscuro.

Despertar en un hospital con un indescriptible dolor de cabeza y muchas dudas es una circunstancia ingrata. Sobre todo al recordar una conversación con La Tierra como algo tan verdadero como que en realidad estamos destrozando el planeta tal y como ha sido conocido durante millones de años. Y es que a veces una insolación, por culpa del calor veraniego, puede ser muy, pero que muy esclarecedora.

10 de julio de 2008

Historias del grano de arena. # 14. Cabeza de Chorlito.

Como los de su especie, Manolito “siente” más que el resto de los seres humanos. La ira, la tristeza, la alegría, siempre las expresa con un proceder desapaciblemente elevado.

Aprovecha el libertinaje que conceden unos padres trabajando para “tirarse” a la “parienta” en horario escolar. Para él la certeza de que el colegio es una pérdida de tiempo, paradójicamente, le hace considerarse por encima de los demás y una casa entera para ellos toda la mañana es algo que no se puede desaprovechar. En la extraña exaltación del sentimiento que posee, no duda en alardear de las aventuras matinales con su novia como si fuera la única persona en el mundo que tiene relaciones sexuales; y es que algunos individuos tienen la tendencia a pasarlo mejor o peor que el resto de los mortales. Si les contamos que tuvimos una enfermedad, ellos la padecieron pero más grave. Si les contamos que lo pasamos bien en una fiesta, ellos el mismo día disfrutaron mucho más. Si una vez estuvimos a -5ºC, ellos soportaron los -10ºC, si nosotros a 45ºC lo pasamos mal, ellos a 50ºC estuvieron a punto de morir. Manolito es una de estas personas.

Manolito ha dejado embarazada a su novia. Él que es más listo que nadie decidió no usar preservativos. Él que es un “hombre” obligo a su pusilánime y manipulable compañera temporal a responsabilizarse de aquella molestia…¡Que le vamos a hacer! No os preocupéis que yo “doy la cara” como “hombre” que soy.

Manolito ha dejado el instituto. Manolito ha encontrado trabajo en un taller de mecánica de motos. Manolito se ha ido con su novia a un piso alquilado y tiene pensado casarse cuando tengan al niño. Pero Manolito sigue emborrachándose todos los días en el parquecillo, sigue dando vueltas y haciendo malabarismo con la moto trucada que ama más que a su novia. Manolito continúa siendo un irresponsable al que su pareja espera noche tras noche con la esperanza de que no se haya gastado todo el dinero en cerveza y hachís. Se desespera temiendo que la llamen comunicándole que el hombre de su vida ha muerto en un accidente de tráfico por culpa de una cabriola, porque aunque le pese, ella sí está enamorada.

La familia malvive con un sueldo precario y con el persistente miedo al fin de mes agravado por el comportamiento de Manolito. Ya son cuatro. Al nacer su primer hijo no pudo resistir acostarse con su novia tras salir de la maternidad. Él es un hombre con unas necesidades que no frenan el post-parto ni los puntos de sutura. Ella volvió a quedarse embaraza en la cuarentena.

Ella vive con su madre y los dos niños. Él tiene una orden de alejamiento por maltrato y se ha atrincherado en su paupérrimo piso alquilado que no sufraga porque no tiene empleo.

Manolito ha muerto. Su compañero de celda lo ha apuñado tras una discusión causada por una de las bravuconadas de Manolito. Ingresó en prisión por tráfico de estupefacientes y jamás verá crecer a sus hijos por haber sido siempre un cabeza de chorlito.

19 de junio de 2007

Historias del grano de arena. # 13. Aceras quebradas

Todo había cambiado. La ciudad se había transformado despacio, calle a calle, edificio a edificio, vecino a vecino. Al poco tiempo se había olvidado de como era antes. A veces tenemos que esforzarnos en recordar los tiempos en los que los caminos no tenían aceras, cuando apenas circulaban coches en aquellas las calzadas de tierra sin asfaltar mientras los niños jugaban al fútbol en ellas ajenos a un peligro que por aquel entonces era inexistente. Para Don Manuel los recuerdos de otro barrio, de otra gente y a la vez la misma, la memoria de todo lo vivido le hacía sentirse aún más viejo.

Para un pobre anciano era más fácil practicar su paseo matinal en la ciudad moderna, pero a él ya no le agradaba tanto. Aunque no tenía que preocuparse por los agujeros de la acera sin baldosas, para él ahora solo eran los márgenes de un río de vehículos de todo tipo y sus caminatas, la incesante búsqueda del puente que le brindaban los semáforos para así poder cruzar a la otra orilla de aquél torrente desbordado.

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Ni siquiera las personas eran las mismas. El barrio en el que siempre había vivido estaba poblado de caras desconocidas; incluso las conocidas se habían convertido en extrañas a fuerza de no devolver los saludos. Los amigos de siempre, en el barrio de siempre, estaban muertos o ya no podían salir de casa. Don Manuel paseaba solo entre los fantasmas de mirada perdida en aquella ciudad repleta.

Recordaba como si fuera ayer el día que instalaron aquellos bancos de hierro fundido en los que solía disfrutar de un descanso. Recordaba aquellas mañanas de verano en las que los jóvenes se citaban en ellos para divertirse en vacaciones. Los chicos que ahora los ocupan tienen distintos peinados, distinta ropa. Los jóvenes que ahora los ocupan no invitan a Don Manuel a sentarse un rato con ellos y así hacer un respiro en su paseo. No le preguntan por la salud de su esposa sin saber que al poco tiempo moriría. Entonces la medicina no era como la de ahora. Ahora se habría salvado y no habría importado si nadie se interesaba por su enfermedad.

Estos chavales despreocupados por el futuro se jactan de Don Manuel, le gritan: ¡Ahí va el leopardo veloz! En ocasiones alguno se levanta e imita los enmarañados movimientos de Don Manuel para complacencia de sus amigos. Estos jóvenes se ríen de la torpeza y de la lentitud fruto de la edad sin darse cuenta de que ellos algún día también serán viejos. A Don Manuel no le molesta que se rían de él, pero no puede evitar que le embargue una terrible tristeza.

Ahora Don Manuel yace en mitad de la carretera. Su ajado bastón reposa junto al bordillo tan quebrado como sus huesos. El puente no ha aguantado el tiempo suficiente y la corriente se lo ha llevado. Está consciente y permanece inmóvil, boca arriba, tal y como le ha indicado el servicio sanitario, de todos modos sabe que no podría hacerlo aunque quisiera. Atiende con obediencia a todo lo que le señalan mientras el estruendo de las bocinas ahoga el tronar de la sirena de una ambulancia que interrumpe el incesante tráfico. El taxista que lo ha atropellado murmura decenas de maldiciones por su mala suerte y los chicos del banco de acero fundido se mofan del conductor sin ni tan siquiera levantarse de su asiento mientras le señalan que va a pagar por el viejo como si fuera nuevo.

Está asustado, pero tranquilo. Tiene los ojos abiertos, casi no pestañea. Puede escuchar como unos se lamentan por su estado, como otros reprochan en voz alta que se permita que un anciano así camine sin compañía por la calle. En un instante el silencio lo inunda todo y Don Manuel mira el trocito de cielo que se escurre entre los edificios de nueva construcción. De repente se da cuenta de que el cielo sigue siendo tan azul como cuando era pequeño. Repara en la nube que lo atraviesa y recuerda que las nubes de su niñez eran del mismo algodón que brotaba en aquel prado en el que jugaba todas las primaveras y en el que ahora sólo hay para “brindarle nuestro mejor servicio” un gran centro comercial.

Respira placidamente y cierra los ojos. Mientras la camilla lo conduce a la ambulancia Don Manuel se marcha con el recuerdo de su familia, de sus amigos y con el consuelo de que ese cielo azul y sus nubes de algodón no han cambiado, que permanecen inalterables en aquel y suyo viejo barrio, mientras, la gente se dispersa, aquí ya no hay nada que ver en aquellas aceras, que aunque nuevas, poco a poco se van desquebrajando con el paso del tiempo.

10 de mayo de 2007

Historias del grano de arena. # 12. Tijeras y espectros

trauma.

(Del gr. τραῦμα, herida).


1. m. Lesión duradera producida por un agente mecánico, generalmente externo.
2. m. Choque emocional que produce un daño duradero en el inconsciente.
3. m. Emoción o impresión negativa, fuerte y duradera.




Que tiempos pasados fueron mejores y la sensación de que nuestra vida ha sido aburrida son apreciaciones en cierto modo equivalentes y, en mi humilde opinión, totalmente falsas. Si nos paramos a pensar un rato y hacer balance de nuestras vivencias, nos damos cuenta que en el tiempo que llevamos trascurridos por este extraño mundo nos han pasado muchas cosas y que aunque “pasadas” no tienen porque ser mejores. Algunas marcan más, otras menos, pero los acontecimientos importantes son numerosos y todos nos dejan algo, Alguno Incluso llega a traumatizarnos de por vida, en este caso es un nombre, un nombre espeluznante.

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Allá por el segundo lustro de aquellos maravillosos años ochenta, maravillosos por lo imberbe del que suscribe, porque por los cánones estéticos eran de autentica pena. Tiempo de experimentar: las primeras chicas, los primeros coqueteos con el alcohol y lo primero de casi todo. Y aunque parezca una moda más o menos reciente, las leyendas urbanas existían, pero no se llamaban leyendas urbanas, simplemente eran historias y a una edad en la que se es fácilmente impresionable, las historias de fantasmas o espíritus eran las que gozaban de mayor interés por el público en general.
La chica de la curva, espectros en los espejos y un sinfín de seres de ultratumba eran intérpretes de aquellas historias tenebrosas que generalmente se contaban cuando había chicas delante. Pero una de estas leyendas urbanas era especialmente aterradora, porque además de ser sensiblemente truculenta, lo más inquietante era el hecho de que su protagonista tenía nombre propio, Verónica.
De las diferentes versiones de este relato nuestra Verónica se asemejaba a la leyenda mexicana de “La Llorona”, en la que por culpa de un mal de amores, una mujer asesina a sus hijos y después se suicida, quedando su alma penando en el mundo de los vivos para pagar por su crimen. La historia era similar, pero en este caso la singularidad residía en que dichos crímenes y posterior suicidio fueron ejecutados con unas tijeras, algo que hacía que el relato fuera más melodramático y lúgubre. Se decía que si introducías unas tijeras en un libro “místico”, generalmente la Biblia, y lo atabas con un lazo negro formando una especie de péndulo, se conseguía invocar el espíritu de Verónica. Pero había que tener cuidado, una pregunta incorrecta y las tijeras saldrían volando del libro para clavarse en tu cuello. La otra variante de la “maldición” era que si después de realizar una invocación al espectro de Verónica a la mañana siguiente aparecían unas tijeras colocadas misteriosamente mientras dormíamos bajo la almohada, era una señal inequívoca de que íbamos a morir en breve en extrañas circunstancias. Otro modo de invocar a este fantasma era situarnos frente a un espejo a la luz de una vela y llamarla tres veces. Se supone que aparecía detrás de ti a través del espejo tijeras en mano. Las consecuencias catastróficas de llamar a Verónica solían coincidir, muerte violenta con tijeras de por medio.

La inconsciencia, alentada por la juventud, y la sugerente idea de que unas niñas asustadas acudiendo dócilmente a los brazos de unos valientes muchachos, idea alentada por un recuento desbordante de hormonas, propició, ilusos, la preparación de una sesión de ouija casera para así lograr nuestros perversos planes.
Estuvimos recortando cuadraditos de papel casi toda la tarde, en cada uno de ellos escribimos una letra del abecedario, números del cero al nueve y en dos un “si” y un “no”. El sitio elegido era el rellano de un edificio donde vivía un amigo. Entre la quinta y la sexta planta encontramos el escenario perfecto para nuestros fines.
Una particularidad de dicho edificio era que a plena luz del día sus pasillos eran especialmente oscuros, al caer la tarde solía ser tenebroso, y, en concreto aquel “descasillo” en el que la bombilla, que normalmente ofrecía una luz tenue, estaba fundida lo hacía el lugar ideal. Dispusimos los cuadrados de papel en el suelo formando un círculo, y el elemento a usar para establecer contacto era una moneda de veinticinco de las antiguas pesetas, las grandes, las que no tenían agujero.
Es extraño que siempre que se juega a hacer espiritismo, el médium sea el más escéptico, supongo que al actuar con más lirismo, la sobreactuación le aporta más credibilidad al papel; el que cree de verdad en los fantasmas se muestra temeroso y entrecortado. Pusimos la yema del dedo en la moneda y empezamos la sesión paranormal.

- Verónica, ¿estás ahí? Al principio no ocurría nada, la moneda permanecía inmóvil.
- ¡Hay que concentrarse!¡Dejad la mente en blanco! –dijo el improvisado médium, demasiadas películas de terror-.

En el simulacro de concentración era inevitable que se escaparan algunas risitas por lo ridículo de la situación, después de varias regañinas mutuas decidimos volver a intentarlo en serio.

- Verónica, ¿estás ahí?

De repente la moneda se dirigió vertiginosamente hacía el “si”.

- ¡Has sido tú!
- ¡De eso nada! ¡Has sido tú!

Durante unos minutos no cesaron las acusaciones mutuas a fin de encontrar al culpable de mover la moneda, pero tras los solemnes juramentos de inocencia empezamos a asustarnos de verdad. Decidimos recogerlo todo y dar por finalizada la sesión cuando tres fuertes golpes resonaron en la pared. Se suponía que tras aquel muro no había ninguna vivienda, teóricamente esa pared daba al exterior, pero los golpes indudablemente provenían de allí. Nos mirábamos paralizados por el miedo, aquello no era posible, permanecimos allí varios segundos. Las chicas estaban aterrorizadas, habíamos conseguido el objetivo, pero los chicos también, eso era algo que no estaba previsto.

Los seres humanos poseemos una misteriosa e inexplicable cualidad que es similar a ese sexto sentido que le atribuimos a los animales, y porque somos animales, aunque desarrollados en mayor o menor medida, compartimos atributos con el resto de mamíferos; aunque atrofiado, la sensación de una presencia en una casa vacía o sentir que estamos siendo observados forma parte de ese sexto sentido que nos esforzamos en negar.
En la planta superior había alguien, todos lo notamos. Se suponía que allí no debía haber nadie. La planta sexta estaba desabitada y nadie subía allí. Sentíamos como una presencia bajaba por las escaleras. Presas del pánico corrimos bajando los escalones de dos en dos sin mirar atrás. Una vez en la calle nos despedimos rápidamente y nos fuimos a casa asustados.
Fueron varios los días en los que al despertar levantaba la almohada con la esperanza de que no hubiese unas tijeras que determinaran mi siniestro destino. Muchos días temeroso de sufrir un accidente inesperado.

Aquel amigo residente en el edificio que nos prestó su rellano para aquel juego espiritista, nos reunió una tarde a todos los que participamos para narrarnos una historia que nos iba a dejar anonadados. Aquel día de verano en la que decidimos reírnos del más allá, unos obreros estaban arreglando una conducción de evacuación de aguas pluviales (lluvia) del edificio. Los golpes en aquella pared eran el eco de los golpes que esos operarios le daban a la tubería, que coincidentemente, recorría oculta por aquel mismo muro de ladrillo. La presencia, el mismo obrero que fue a quejarse a los padres de mi amigo de unos niños que huyeron mientras jugaban escondidos en el rellano entre la planta quinta y sexta.
El misterio estaba resuelto, los fenómenos paranormales eran muy terrenales, pero la sugestión hizo un gran trabajo en unos chavales que jugaban con los espíritus.
Aún conociendo la verdad, todavía no puedo evitar un pequeño escalofrío al escuchar el nombre de Verónica. Al oírlo rememoro historias de fantasmas y almas en pena. No puedo evitar cerrar unas tijeras que reposan abiertas en lo alto de una mesa.

Aunque físicamente inofensiva, una ouija puede ser un arma terrible en subconsciente colectivo de los que la practican. Al igual que un hipocondríaco termina enfermando de las dolencias que realmente no padece, en la mente de unos muchachos la sugestión sobre algo que creen real puede se más fuerte que la propia realidad en si misma, llevándolos a sufrir aquel inexistente y fatal desenlace que tanto temen; tan sobrenatural como su propia paranoia.

Cuando nos reunimos los antiguos amigos a veces solemos comentar aquel incidente entre risas, pero hay algo que jamás hemos averiguado después de tanto tiempo. El desconocimiento de no saber que fue lo que movió realmente a aquella misteriosa moneda de veinticinco pesetas.

18 de abril de 2007

Historias del grano de arena. # 11. Pistolas y rosas

Es curioso como el tiempo difumina nuestros recuerdos y que hechos recientes los vuelvan a sacar a flote. La primera vez que me apuntaron con una pistola tenía diez años; un acontecimiento que pudo acabar con un final trágico, -cualquier infortunio es más aciago cuando hay niños de por medio- acaba convirtiéndose al cabo de los años en una simple anécdota que se cuenta con una sonrisa en los labios.

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En mis tiempos, con diez años eras sumamente inocente, tanto como el mundo en el que vivía. Ahora, la sobre-información que continuamente nos bombardea minimiza la inocencia a lo que para el consumo es sustanciosamente rentable. No importa si nuestros niños conocen perfectamente qué es la muerte y el sexo, pero interesa que sigan creyendo en los reyes magos, que mickey mouse es un sujeto real o en cualquier personaje que para su disfrute demande de los padres abonar su ambicionado beneficio económico. Cuando yo era pequeño los malos solo habitaban en las películas del oeste y eran los únicos que llevaban revolver. Contemplar como un perturbado armado te exige a punta de pistola que vuelvas a casa no es una experiencia grata para un niño de diez años.

Los críos son una caja de sorpresas. Si en vez de entrar en aquel bar y escondernos bajo una mesa hubiésemos advertido a los adultos de aquel hombre de la pistola, quizás ahora no sería una simple experiencia. Quizás con ese silencio evitamos que alguien saliese herido o incluso muerto por la tan tristemente célebre herida de bala. Actos inconscientes que en apariencia son equivocados pero que resultan ser la opción más correcta.

Preferiría acordarme de lo que comí ayer antes que recordar vivencias desagradables, pero no funciona así. Irremediablemente estoy condenado a recordar de por vida con total exactitud en ambas ocasiones, es ese pellizco en el estómago que dificulta la respiración y la sensación de cómo un sudor frío recorre todo el cuerpo producto de la adrenalina. El terror y el desamparo que se siente al comprobar que impotente estás sujeto a los caprichos de un loco. Pudo ser una noche de pistolas y rosas, la pistola que mata y las tristes rosas de duelo. Todo se convierte en una anécdota cuando no sucede nada irremediable.

¿Ambas ocasiones?

La memoria es misteriosa. A veces hechos relativamente recientes se recuerdan con menor detalle que los que ocurren en nuestra niñez. No puedo asegurar con exactitud si tenía dieciocho o diecinueve, quizás incluso veinte años la segunda vez que me apuntaron con una pistola…pero eso ya es otra historia.

21 de marzo de 2007

Historias del grano de arena. # 10. Tolomeo contraataca

Aunque casi todos tenemos un Tolomeo en nuestra vida, éste es mío, personal e intransferible, por desgracia. Este Tolomeo, celebérrimo por sus reproches a la conducta de sus vecinos y por todo aquello que él considera un agravio o una carencia total de sentimiento comunitario, mí Tolomeo, continúa colgándose, cínica y alegremente, medallas de sus triunfos sobre sus indignados colindantes, que sin salir de nuestro asombro, vemos que con toda la desfachatez del mundo y el “me importa un pimiento choricero”, se ríe de nosotros al son que a él más le calienta.

Si ya le narramos anteriormente los tristes y escatológicos acontecimientos del perrito, inocente él, que nos regalaba un maravilloso ramillete de fragancias y texturas excrementicias, Tolomeo se explaya aún en la más grata solidaridad vecinal. Y es que Tolomeo es un hombre ocupado, ocupado en fastidiar a los demás porque el señor se aburre, y que mejor forma de evitar este hastío que permitirnos a los demás evadirnos de la monótona rutina de una comunidad de propietarios cualesquiera.


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Tolomeo vive en una urbanización privada en la que existen viales rodados internos porque en los inicios de dicha urbanización las calles eran de uso público para todo aquel que quisiese transitar por allí. Los promotores, que a veces son unos linces, determinaron que para unas ciento cuarenta viviendas, cuarenta y tantos aparcamientos privados eran suficientes. Demostrando un sentido lógico fuera de lo común, también decidieron que esos aparcamientos privados se sortearan, pero no entre los propietarios, sino entre toda la población mundial que así lo deseara, por lo que el “asuntillo” del aparcamiento empezó con mal pié dado que una vez cerrada la urbanización, tampoco habían suficientes plazas exteriores para que pudieran estacionar los propietarios sin aparcamiento, que eran la gran mayoría.

El mucho tiempo libre de que disponía permitió que Tolomeo durante el mes previo al sorteo, más bien subasta, y el mes posterior a éste, permaneciera perenne el las oficinas de los promotores presionando por la concesión de un aparcamiento. Su constancia obtuvo premio, misteriosamente le fue adjudicado a Tolomeo uno de los aparcamientos más grandes y mejor situados. Desde el día en el que se hicieron entrega los aparcamientos empezaron los problemas.

Si no eres propietario de uno de estos aparcamientos siempre es más seguro y cómodo dejar el vehículo estacionado dentro del recito cerrado que en la calle, pero a partir de ciertas horas aparcar es un acontecimiento que entraña ciertas dificultades. Los dueños de los aparcamientos “sorteados” comenzaron a especular con ellos y empezaron a alquilárselos a terceros y, por supuesto, continuar aparcando en el recinto cerrado, residieran o no allí. Abrieron la caja de los truenos porque incluso estos terceros realquilaban a unos cuartos haciendo duplicados de los mandos a distancia de la entrada a la urbanización ya así seguir aparcando dentro del recinto. Podrán imaginar como se puede sentir alguien que llega a las nueve de la noche y tiene que aparcar a medio kilómetro porque en tu propia casa no puedes hacerlo al estar los aparcamientos ocupados por coches de la calle, que entrando alegremente con sus mandos, copan un espacio privado que hemos pagado los que allí vivimos. Desesperanzador.

Para no ser menos, Tolomeo fue uno de esos propietarios que alquiló su aparcamiento. Alquilar, curiosa palabra, se usa tanto para el arrendador, que “alquila” su propiedad, como por el arrendatario que también la “alquila”, curiosa.

Pero Tolomeo, solidario y democrático, como presidente de la comunidad, saltándose los protocolos, o sea, las juntas de propietarios, y, alegando que por su edad y su ¿minusvalía? no podía permitirse aparcar fuera de la urbanización, se auto-otorgó una de las plazas exteriores del recinto en calidad de aparcamiento reservado para minusválidos, privada, en la puerta de su casa. Cuando boquiabiertos el resto de propietarios protestaron enérgicamente por esta escandalosa circunstancia, el administrador, amigo íntimo de Tolomeo, se limito a mostrar el acta de reunión en la que se aprobó, de soslayo y de buena voluntad, una norma interna en la que se permitía reservar aparcamientos puntualmente en el caso de que algún vecino lo precisara por algún tipo de incapacidad que hiciera comprensible esta reserva. Espectacular las caras de tonto tras la noticia.

Demos un giro de tuerca más a la historia. Un Tolomeo altivo y en racha, para jactarse aún más de la necedad de sus convecinos, ha alquilado esta plaza reservada y privada a alguien externo a la comunidad y continúa aparcando sus coches, porque tiene tres, en los aparcamientos externos del recinto cerrado…sin palabras.

Probablemente no se pueda hacer nada, Tolomeo tiene amigos y muy poca vergüenza. Tendremos que acostumbrarnos a convivir con él y sus argucias, pero ojo, mucha precaución con hacer una pequeña reforma o dejar que los niños jueguen a la pelota en la plaza de la urbanización, porque entonces Tolomeo nos lo hará pagar con todo el peso de la ley en la mano, horizontal, pero ley al fin y al cabo. Eso sí, con su ejemplar de las normas que es el que vale; el resto de ejemplares del mundo no tienen la mitad de las páginas perfecta y convenientemente arrancadas.

4 de febrero de 2007

Historias del grano de arena. # 9. Una cuestión de honor

En numerosas ocasiones, realizamos actos, que aunque habituales, hacen que nos veamos expuestos a que nos pase algún suceso inesperado. Acciones en las que no podemos dejar de sentirnos como el gusanito en el anzuelo, que permanece en su patíbulo sabiendo que si por allí pasara un predador, sería devorado de forma inevitable.
Una de estas circunstancias en las que nos revelamos como una frágil presa bien puede ser algo tan simple como sacar dinero en un cajero automático de una zona comprometida. A una hora en la que los lugares que durante el día desprenden vida, el ocaso convierte este mismo lugar en un territorio, que cuanto menos, podríamos señalar como inhóspito.

De eso trata esta historia; sobre lugares desapacibles, víctimas involuntarias, verdugos que al final no lo son tanto, y sobre todo trata, de una cuestión de honor.

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Una fría noche de invierno -aparentemente se presupone que frío e invierno ya van unidos de por sí, pero dado que tal y como esta de alocado el clima últimamente, es un hecho que quizás sea tema de discusión. Pero que sea de noche a las ocho de tarde es algo que afortunadamente aún no ha cambiado-. Pues en una fría noche de invierno, deambulaba en busca de un comercio, en el que según me había comentado algún que otro conocido, cierto artículo que necesitaba adquirir, era sustancialmente más barato que en la zona de la ciudad en la que resido. Una vez hallado dicho establecimiento, para mi desgracia, no aceptaban tarjeta de crédito y aunque disponía de algún dinero en efectivo, resultó que no era suficiente para comprar el citado artículo.
El dueño del establecimiento me sugirió que si tenía la posibilidad, me acercara a un cajero automático próximo, si no era inconveniente, y aunque para mí sí lo era, sería difícil desplazarme hasta allí otro día. Eso sin contar la urgencia de hacer uso de aquel producto que había ido a buscar.

Ciertamente el cajero automático estaba cerca, pero aquel barrio no tenía fama de seguro, así que el simple hecho de sacar dinero se me mostraba como una opción que no me agradaba en absoluto.
Una vez en el banco, y con la consiguiente inquietud que supone el saber a ciencia cierta que si por un casual un atracador pasara por el lugar, podría robarme todo el dinero con total impunidad. Encerrado en aquella habitación que cobija al cajero y el pasador de seguridad roto, aquella situación se presentaba como un ineludible “momento cebo” que conlleva a tanta incertidumbre.
En virtud de las sagradas leyes de Murphy, el cajero no disponía de billetes de veinte euros y, aunque necesitaba bastante menos que esa cantidad, solo quedaba la viabilidad de auto despojarme de la módica cantidad de cincuenta euros. No es santo de mi devoción llevar encima más dinero del que suelo necesitar, siempre se encuentra algo frivolo en lo que gastarlo, pero en esta ocasión no había remedio.

Si un antiguo alquimista hubiese logrado sortear las barreras del espacio tiempo con algunas de sus formulas, verían sorprendidos como el gran desafío de la alquimia se ha superado en el futuro. La conversión del plomo en oro, solo que el plomo, en nuestro caso, es un trozo de plástico que introducimos en una ranura, pulsamos unas teclas, y, por otra ranura sale el oro, o más bien dinero, que para el caso es equivalente. Algo mágico, quizás una formula mejorada, porque si bien ellos pretendían una transformación pura, en nuestro caso la tarjeta nos es devuelta; por fortuna.

Pues bien, el cajero ya me había congraciado con el lustroso billete y esperaba impaciente esos interminables segundos que tarda en editar el resguardo, cuando de repente, una voz rompía el monótono sonido de la pequeña impresora del cajero:

- Esto es un atraco.

Vivimos innumerables situaciones en las que nos solemos sentimos incómodos, cuando nos ocurre el percance parece que es en esta ocasión cuando la “mala espina” se hacía más patente.

- Lo sabía –pensé-.

Asustado y casi paralizado por el miedo me giré despacio con los brazos ligeramente levantados, tal y como se presupone que se debe actuar en estas circunstancias. Para mi sorpresa, el atracador era un anciano enjuto, que aunque vestido de un modo bastante correcto, las arrugas de su traje y su canosa barba de varios días le brindaban ese desaliño que hacía patente de que se trataba de un indigente.

-¿Disculpe? –dije como si no me hubiese percatado de sus intenciones-.
- Que esto es un atraco –contestó con naturalidad-
- No tengo dinero, solo estaba mirando el saldo –intenté evitar el robo, aunque sabía que no resultaría convincente-.
- Perdone caballero, pero acabo de ver como ha sacado del cajero cincuenta euros.
- Pero, ¿no me va a amenazar con una navaja o una pistola? –le expresé con cierta incredulidad-
- No.
- ¿Ni un palo siquiera?
- Lo lamento, no tengo un palo.
- Entonces, ¿Cómo pretende intimidarme para que le dé el dinero?

Esperaba que el anciano se diera cuenta que sin argumentos convincentes no iba a ceder fácilmente a sus amenazas, pero con una tranquilidad pasmosa dijo:

- Mire, soy un caballero. Como caballero me agrada que los demás se comporten como yo, y aunque carezco de armas intimidatorias, apelo al honor entre caballeros, así que de usted espero se porte como tal y que por su honor se dé usted por atracado y me entregue su dinero.

No escapaba de mi asombro, y tras un lapso de tiempo sin saber que contestarle a aquel señor, le pregunté casi sin pensar:

- ¿Tiene usted hambre?
- Muchísima –dijo sin variar ni un ápice su rictus serio-
- Le invito a cenar, ¿le apetece?
- Si es tan amable.

Nos encaminamos a un bar cercano para que, al menos, el inusual atracador no se fuera a la cama con el estómago vació esa ingrata noche de invierno.

El caballero pidió una simple tapa y un refresco. Le insistí que podía pedir algo más abundante y apetitoso, pero él contestó, sin peder esa seriedad tan apabullante, que siempre había sido hombre de poco cenar y que a su edad no iba a cambiar sus hábitos.

- ¿Qué hace usted en la calle en una noche tan fría? ¿no estaría mejor en su casa con su mujer? –le pregunté en un intento de entablar conversación-.
- ¡Ay! Ya quisiera, ya quisiera. Mi esposa está ingresada en el hospital. Esta enferma ¿sabe?, pero pronto se pondrá bien y podremos volver a nuestra casa en el pueblo…pronto.

Una duda me asaltó. Cómo un hombre de campo, con tantos principios, y que acompañaba a su mujer en una estancia hospitalaria, se dedicaba a atracar a los viandantes. Parecía algo incomprensible.

Cuando hubo terminado su bocadillo y con exquisita educación me dijo:

- Caballero, muchas gracias por la cena. Ahora he de marcharme, pero recuerde que me debe un atraco. No se olvide, por su honor de caballero.
- Por supuesto –le contesté siguiéndole la corriente-.

Apenas había abandonado el local cuando, desde el fondo de aquel bar, otra voz intempestiva exclamó:

- Pobre hombre.
- Pobre hombre ¿por qué? –le pregunté a dos operarios de ambulancia que tomaban un refrigerio en su reglamentario descanso-.

Aquellos señores me contaron la verdadera historia del anciano. Ciertamente la señora del improvisado atracador había enfermado. En el pueblo en el que residían no podían prestarle las atenciones médicas necesarias, por lo que se desplazaron al hospital de la ciudad donde el equipamiento era el adecuado para su dolencia. Tras los numerosos meses de ingreso, circunstancia que suponía un gran esfuerzo económico para la pareja de ancianos, el caballero, sin consultárselo a su esposa, vendió todas sus propiedades para así conseguir el dinero necesario y seguir acompañando a su amada compañera. De saberlo, ella jamás lo habría dejado obligándolo a volver solo al pueblo.

Al cabo de un tiempo, la mujer murió. La enfermedad que la llevó al hospital, acabo con ella sin remedio en aquella fría habitación. Para él fue la mayor desgracia que jamás había imaginado. Nunca perdió la esperanza, pensaba que sanaría y saldría adelante, que tarde o temprano volverían al pueblo, tan lozana y sana como siempre había sido. Pero aquel fue un duro golpe.
Pagó el entierro con el poco dinero que le quedaba de la venta de sus tierras. Tras el sepelio permaneció sentado en un banco frente a aquel maldito hospital durante siete días con sus siete noches; durante esos días no comió, no bebió y no durmió. Simplemente se quedó allí sentado con la mirada perdida sin que nadie pudiera imaginar el dolor que aquel hombre sentía. Había perdido lo que más quería, lo único que amaba, y para mayor desgracia, solo le quedaban los harapos que lo vestían y un triste banco que ni siquiera le pertenecía.

Cuentan que al octavo día se levantó de aquel lugar que le había servido de obligada cripta moral y entró diligente al hospital. Durante la estancia en el centro, los modales y el tratamiento del caballero para con el grupo de profesionales que velaban por la salud de su esposa había sido excepcionalmente considerado, tanto, que los había reverenciado casi como a deidades. El trato tan entrañable que durante tanto tiempo mostró a los que allí desempeñaban su labor, junto a la agradable caballerosidad de la tan orgulloso se sentía y que echaba de menos por parte de los demás en estos tiempos modernos, consiguió el hacerse respetar por el personal de aquella inefable planta sexta. Aquel respeto era un inevitable premio a su saber estar, a su comprensión y a su bondad; conseguir ser tratados tanto él y su esposa como personas y no como anónimos pacientes a los que hay que curar era un premio merecido.
Cuando alcanzó la fatídica planta sexta en la que la mujer de su vida había expirado hacía ya una semana, el personal médico le preguntó si necesitaba algo.

- Claro, necesito ver a mi esposa.
- Pero…su esposa –el enfermero se vio sorprendido y no comprendía lo que pasaba-.
- Si hombre, mi esposa, habitación 625. Tiene que saber quién es, llevamos tiempo aquí.

El anciano había perdido la razón.

El cerebro es un órgano tan complejo como traicionero. Es capaz de embaucarnos y hacer que creamos lo que necesitemos oportuno. Tan terriblemente eficiente que nos evita más sufrimiento haciéndonos olvidar el dolor y en ocasiones borrándolo totalmente de nuestra memoria.
Hacía ya casi dos años que el pobre anciano visitaba a diario el hospital para interesarse por el estado de su esposa. Esperaba fervientemente la tan anhelada alta y la compasión del personal sanitario solo alcanzaba a comunicarle para congratulación del anciano, que aunque no podía ver a su mujer, ella mejoraba considerablemente día a día. Era tanto el afecto para con aquel hombre, que no se atrevían a volver a revelarle una realidad que lo había llevado a la locura.

Me sentí miserable por no haberme dejado atracar, por no haber insistido en que comiera algo más reparador. Miserable por que con su demencia, ese anciano representaba la nobleza más admirable. Era tan extraordinario, que su resistencia dependía de la esperanza por la curación de su esposa que se fundamentaba en el amor más puro.
Me marché de aquel barrio sin el objeto que había ido a buscar, pero al cabo de unos días volví a realizar la compra que había quedado pendiente. Preparé un gran bocadillo y un refresco con la intención de encontrar al anciano y al menos procurarle otra cena.
Después una hora intentando hallar sin fruto a aquel hombre, volví al bar para preguntar si ellos lo habían visto por allí. Y allí me contaron que en aquel banco frente al hospital donde el anciano esperaba paciente a su mujer para poder volver a casa, en ese banco, habían encontrado al anciano muerto el día anterior.
Los celadores del hospital, como todas las mañanas, fueron a llevarle un café y una tostada; él nunca aceptó dormir en la sala de espera. Intentaron reanimarlo pero ya era demasiado tarde.
Justo cuando se cumplían dos años del fallecimiento de su esposa, la noche más gélida desde que se tenían registros había acabado con su vida. Para muchos es solo un indigente muerto, para otros es un símbolo de honestidad y perseverancia. Para mí, además de esto último es el hombre al que le debo un atraco.

Si existe una eternidad no duden en que iré a cumplir mi deuda con él, es una simple cuestión de honor. Pero, probablemente a él ya no le importe, porque la única deuda a abonar que el anciano ansiaba, ya se ha pagado. El inimaginable gozo del encuentro con su amada esposa en la puerta de aquel triste hospital.


12 de enero de 2007

Historias del grano de arena. # 8. La propuesta Lienchtens…¿berg?

Resulta interesante que la gente tenga inquietudes. Mentes en constante meditación que simplemente pretenden ofrecernos algo nuevo; y no me refiero a la recurrente idea tan típicamente española de colocarle un palo a algo que ya está inventado (véase la fregona y el chupa-chups), sino a un nuevo concepto o un maravilloso ingenio. Algo que mejore nuestra angustiada vida y nos aporte algo que en este estresante siglo tanto ansiamos, un poco más de tiempo que poder compartir con los nuestros y porque no decirlo dedicarnos más periodos de asueto para el disfrute personal.

La tesitura de ser el primero en atender a la idea que nos iba a solucionar este problema a todos puede llegar a ser, como decirlo, desalentadora.

Pasear en una jornada soleada de invierno es una experiencia muy aconsejable. Hay días que el sol calienta lo suficiente como para reducir el frío considerablemente, pero no tanto como para llegar a acalorarnos. De ese modo, un fantástico domingo de noviembre, deambulando e intentando pasar un rato agradable, me encontré con un amigo que estaba tomando un refresco en la terraza de un bar. Me quedé parado delante suya mientras él parecía muy atareado escribiendo unos números y unas anotaciones en una servilleta de papel. Al cabo de un momento y tras darme cuenta de su profunda abstracción, si no le decía nada nunca repararía en mí presencia, le dije bruscamente con pretensión de darle un pequeño susto:

- ¡Buenos Días!

Tras el lógico sobresalto, se me quedó un rato mirandome fijamente sin decir nada y con cara de sorpresa, cuando de repente contesta:

- ¡Eureka!
- ¿Cómo que eureka?, así es como se dan ahora los buenos días.

Volvió a quedarse pensando un momento hasta que volvió a hablar:

- No…eureka es porque acabo de desarrollar una propuesta que va a cambiar al mundo.
- ¡No fastidies! ¿Y cómo es eso?, le pregunté desconcertado.
- Pues eso, es que acabo de inventar una propuesta, la propuesta Lienchtensberg.
- ¿Lienchten… qué?
- Lienchten…berg, Lienchtenberg, si así es, me contestó con determinación.
- ¿Y quién es ese señor?
- No, no es nadie. Es inventado. Lo que ocurre es que propuesta Linchtenberg suena mejor que propuesta Rodríguez, me dijo con gesto resolutivo.
- Pues también es verdad, me mostré de acuerdo con él para seguirle la corriente.
- ¿Y en qué consiste?, he de reconocer que había despertado mí interés.
- Mira, te explico. Tú sabes que el día tradicionalmente se divide en tres bloques de ocho horas. Ocho horas de trabajo, ocho de ocio y ocho de sueño, con independencia de cómo los distribuya cada cual. Pues he desarrollado una propuesta para aumentar el tiempo. Veinticuatro horas me parecen insuficientes y necesitamos subdividir el día aún más, y las ocho horas de cada bloque se subdividen realmente mal…no lo neguemos.

Yo atendía con avidez.

- Pues mí idea consiste en que los días duren veintisiete horas.
- ¿Veintisiete horas?, le pregunté con los ojos como platos.
- Si, veintisiete. Mira, veintisiete horas se dividen fácilmente en tres bloques de nueve horas y además, nueve horas se dividen en tres bloques de tres. Es fantástico, se puede distribuir la jornada con más facilidad y disfrutar de más tiempo. Piensa en ello.

Me quedé un rato pensando sin saber que decirle, seguramente llevaba toda la mañana trabajando en tal insensatez, así que no quise ser demasiado brusco y acometí con delicadeza.


- No se, no se…no lo veo, creo que tu teoría está cogida un poco…con alfileres. ¿No has pensado en los relojes? Sobre todo los de esfera. Habría que tirarlos todos, además, ¿no quedaría un poco raro un reloj con trece horas y media?... ¿La medianoche y el mediodía sería a las trece treinta?

- La verdad que no había reparado en ese detalle…pero no pasa nada, se pueden reajustar los segundos en cada minuto hasta conseguir trece horas y media englobadas en doce, me dijo pensado mientras miraba al infinito e hizo ademán de ponerse a calcular.

Le quise interrumpir: - pero entonces el ajuste pierde todo el senti…me callé.

- No mira, la cuenta es sencilla, me dijo cavilando.
- Pero…escucha. ¿Tu no te has parado ha pensar en el movimiento de rotación de la tierra?
- ¿Cómo? Repíteme eso de lo de la rotación que no te he entendido bien.
- Pues mira, hice una pausa pensando como se lo iba a decir. Pues es que el día dura veinticuatro horas porque es lo que tarda este planeta en dar una vuelta sobre sí mismo. Eso sin contar lo que debe durar un año.
- Vamos a ver, ¿Qué quieres decirme que lo de las veinticuatro horas no esta puesto por poner?, preguntó incrédulo.
- Lamentándolo mucho tengo que responder que no está puesto por placer, le dije con cara de pena.
- Ufff, vaya palo me has dado, con lo contento que estaba por la idea.

Empecé a explicarle lo extraño que sería que al cabo de una semana tuviéramos que almorzar a las nueve de la noche y cenar a las cuatro de la madrugada. Que todos los días tendríamos que hacer nuestras tareas cotidianas a horas distintas, que podríamos pegarnos un madrugón por levantarnos a las siete de la tarde Todo ello a causa de que el tiempo, amaneceres y ocasos junto con demás “pequeñeces” seguirían abarcando veinticuatro horas diarias, eso sin contar lo singular de una navidad en mayo o un verano en octubre.

- ¿Estas seguro que eso no se puede modificar?¿Qué dicen los científicos al respecto?, dijo abatido.
- Lo siento, pero no, creo que eso no se puede cambiar. ¿Te imaginas convertirte en mayor de edad a los veintitantos?, ¿aparentar setenta años con solo cincuenta y poco por culpa de tu calendario?
- Creo que tienes razón, pensaba que era una buena ocurrencia, recapacitó con tristeza y permaneció en silencio un buen rato.

Su cara de desilusión era tan afligida como la de un niño al que le acaban de revelar que los Reyes Magos no existen. Me sentía culpable por destrozar su ilusión. Él pensaba que había descubierto el viejo sueño de la alquimia de convertir el plomo en oro y yo había venido solo para desbaratar su invención.

- ¿Sabes lo que te digo?, rompió el silencio. Que le den morcilla a Lienchtenberg.
- Eso, eso, que se fastidie, le dije con intención de alentarlo.
- ¡Tío!, ¿y porqué no secamos el Mediterráneo?...
- ¡Vamos hombre!, por Dios.

13 de diciembre de 2006

Historias del grano de arena # 7. Fashion victims

La conducta humana es a veces sumamente insólita. Si lo analizamos de forma objetiva el hecho de utilizar determinado tipo de vestimenta según requiera la ocasión se podría considerar un comportamiento bastante abstracto, ello por no decir en cierto modo absurdo.
En teoría la ropa se concibió como un elemento puramente funcional, básicamente para protegernos del frío; pero es una constante desde los albores de la civilización la costumbre de adornarnos y embellecernos según los criterios estéticos de cada época y cada cultura. Poseemos indumentarias para hacer deporte o estar cómodos, atavíos para usos cotidianos, uniformes que determinen la pertenencia a un colectivo o empresa e incluso prendas especialmente diseñadas para dormir, porque debemos ir elegantes hasta en el lecho y si es acorde con las últimas tendencias aún mejor.
En la cúspide de nuestro afán por engalanarnos nos enfrentamos a grandes retos, acontecimientos en los que nuestra estética habitual es inapropiada. Actos en los que los presentes debemos seguir unos cánones estéticos determinados por una esencia que va más allá de todas las modas, algo denominado etiqueta. En esta categoría el máximo exponente, el evento de los eventos, son las bodas.
En las bodas no solo debemos cuidar al detalle nuestro vestuario, sino que es fundamental un peinado apropiado y en el caso de las mujeres un maquillaje acorde con la solemnidad del acto. En el supuesto de un personaje ficticio, como es mi caso, el hecho de ser invitado a un enlace puede suponer un grave problema. En primer lugar qué atuendo ponerme, dado que siempre voy desnudo, y en segundo lugar, pero no menos espinoso, qué hacer con el peinado, dado que solo tengo cuatro pelos.
Pues en esa tesitura me vi envuelto en cierta ocasión, la invitación a una boda, un boleto premiado para más de un dolor de cabeza. Porque no crean que es fácil encontrar una indumentaria que convine con alguien más bien cabezón y de color azul, pero al final fue el menor de los problemas. Aunque me decanté en un principio por un insigne traje negro la señora de la tienda me recomendó todo lo contrario. Decidimos que mejor el blanco puesto que, según ella, acentuaba el color de mis ojos y me hacía resultar más aparente dado que soy un tanto delgaducho. Una corbata rosa completaba el conjunto por aquello de dar un toque informal.
El asunto del traje estaba resuelto, ahora quedaba el cabello, un tema peliagudo. Afortunadamente una amiga mía es propietaria de una peluquería y hacia allí me dirigí.

- ¿Qué hacemos con estos cuatro pelos, ídem?, me preguntó un poco apurada.
- Pues no sé si es apropiado, pero había pensado en un recogido, le dije con ciertas dudas.
- ¿Un recogido?...bueno, veremos lo que podemos hacer, me contestó resignada y comenzó con la tarea.

La peluquera estaba haciendo todos los malabares capilares que sabía para poder sacar algo en claro cuando sentí un ligero tirón.

- ¡Ay cuatropelos!, que sin querer te he arrancado uno, me exclamó angustiada.
- ¡Rayos y centellas! ¿Cómo ha podido ocurrir?, le grité en un arrebato. Ella me miraba avergonzada.
- No te preocupes mujer, demasiado. Es muy complicado trabajar con estos pelos, le dije sin darle mayor importancia al asunto, en el fondo ella no tenía la culpa de que yo tuviera cuatro pelos.
- Bueno, ¿y ahora que hacemos con estos tres cabellos?, me preguntó suspirando.
- Podrías hacerme una trenza, la ocurrencia me pareció brillante.
- Podemos intentarlo, comenzó decidida con la tarea.

Con cara de concentración y una paciencia infinita, incluso bizqueaba, cogía los pelos con la punta de los dedos y los trenzaba con cuidado. Casi había terminado cuando de nuevo me arrancó otro pelo sin querer.

- ¡Hala!, otro pelo, me dijo en voz baja por si me enfadada.
- Ya me he dado cuenta, le manifesté sin alterarme, ya crecerá, que le vamos a hacer.
- ¿Y ahora qué? Solo te quedan dos pelos.
- Hazme dos colas, le contesté con seguridad.

Y se puso manos a la obra, pero en esta ocasión a las primeras de cambio se quedó con otro pelo entre sus manos.

- Cuatropelos, ¿Qué hacemos?, su cara era de circunstancia.
- Hmmm, no te preocupes, iré a la boda con el pelo suelto. Le di las gracias y me marché resignado pero feliz.

Me presenté en la boda perfectamente trajeado y perfumado, con mi “pelo” limpio y recién peinado, pero para mi sorpresa resultó ser una boda por el rito Zulú, porque si no lo sabían es de lo más “cool”. Todos iban casi desnudos con taparrabos de leopardo y sombreros con plumas. Cuando algún invitado me veía, se paraba a mirarme y parecía pensar…ya está el típico impresentable que le gusta llamar la atención…me pase toda la celebración disimulando que no me daba cuenta.

Aquella tarde me confirmó lo subjetivo que es ir bien vestido. Después de todos los esfuerzos que había realizado por ir de acuerdo con los cánones establecidos, incluyendo las bajas de los tres pelos caídos en combate, al final el resultado fue que no iba del modo apropiado y criticado por ir excesivamente distinguido; ciertamente resulto ser una revelación bastante extravagante e inquietante, un error por presentarme correctamente vestido.
Si quieren que les diga la verdad, no me importó lo más mínimo. Al mirarme al espejo veía que con el traje blanco y el “pelo” al viento me percibía muy elegante y favorecido que en el fondo es lo más importante, sentirnos bien sin vernos obligados a ser borregos al amparo de las dictaduras estéticas. Y es que el que no se consuela es porque no quiere.

30 de noviembre de 2006

Historias del grano de arena # 6. Fender Stratocaster

La adquisición de pecados de saldo lleva consigo en la mayoría de los casos un asesoramiento insuficiente y la omisión de una información tan vital como una advertencia tácita como es el significar que para el aprovechamiento adecuado de ciertas “faltas” hay estar dotado de facultades muy concretas. En consecuencia, la ira deberá ir acompañada de una fuerza física específica o un amplio conocimiento a nivel de defensa personal, así como con la gula es aconsejable no tener una especial predisposición a padecer dolencias cardiovasculares a consecuencia de los altos niveles de colesterol a los que nos podemos ver expuestos a causa de este hábito, tan perjudicial en ocasiones, pero tan placentero como es comer bien y en grandes cantidades.

En ocasiones un bar es un buen lugar para el análisis de la práctica de uno de estos pecados sin la posesión de las habilidades adecuadas y de eso precisamente trata la siguiente narración.

El Ingenioso Hidalgo Don Mendigo de la Costa

Un día como otro cualquiera me encaminé a disfrutar de un reparador café a media mañana en una cafetería a la que suelo acudir frecuentemente. Al entrar me pude percatar que solo había dos clientes, y es que a partir de cierta hora la mayoría de los bares disfrutan de una apacible calma después de la tempestad; un periodo de asueto tras la avalancha de trabajadores de la zona que acuden a desayunar todos al mismo tiempo.

Éstos estaban acomodados en la barra y como no me parecía apropiado ocupar una mesa para cuatro cuando iba a tomarme un simple café me encaminé a acomodarme en la citada barra siguiendo la norma no escrita de dejar, si es posible, al menos un asiento vacío con respecto a la persona más cercana.

Uno de ellos era un cliente habitual del negocio, el típico señor de mediana edad jubilado anticipadamente que se tomaba su aperitivo previo a la comida, tras su rutinario paseo mañanero y un reloj biológico que le impedía dormir más allá de las siete de la mañana, hora a la que se despertaba religiosamente cuando trabajaba, resultó que después de treinta años era una práctica imposible de modificar. El otro era un hombre de unos treinta años que por su apariencia, traje azul oscuro de firma más o menos reconocida y teléfono móvil de última generación, se suponía ejecutivo de alguna gran empresa que realizaba algún tipo de gestión por aquel lugar.

Tras los buenos días de rigor y sin dejar la típica discusión futbolística que mantenía con los dos clientes, el camarero y dueño del bar me sirvió la consumición mientras me preguntaba cual era mi opinión sobre si fue en posición de fuera de juego uno de los goles del partido del día anterior. El buen hombre buscaba un aliado puesto que él opinaba que sí mientras los otros dos señores mantenían que no fue en fuera de juego. Como no me apetecía entrar en polémicas absurdas le contesté que no había visto el encuentro y de ese modo me desmarcaba de la discusión. Seguían enfrascados en la disputa cuando de repente se oyó una tímida voz con acento anglosajón:

- ¿Podría tocar?

Detenido en la puerta del local, un mendigo guitarra eléctrica en mano le preguntaba al dueño del bar si podía tocar dicha guitarra con la intención de conseguir alguna limosna; éste le invitó delicadamente a que no lo hiciera aduciendo que no merecía la pena, que solo había tres clientes y que no era necesario el esfuerzo, pero que si quería, le invitaba desayunar. Por su aspecto parecía el viejo hippie errante que se busca la vida en lugares eminentemente turísticos y generalmente costeros para conseguir los medios económicos necesarios para seguir viajando de ciudad en ciudad. Por sus ropas ajadas parecía que lo llevara haciendo muchos años.

Una aparente vergüenza hizo que el hippie en un principio declinara la invitación, pero la insistencia sincera del dueño del bar consiguió que éste aceptara. Como portaba una mochila de considerables dimensiones y la mencionada guitarra eléctrica, educadamente solicitó acomodarse en una de las mesas considerando que en la barra esos bultos podrían estorbar al resto de clientes, a lo que el dueño no puso ninguna objeción. El hombre parecía buena persona, un rictus bobalicón producido seguramente por los excesos le otorgaba un aspecto de indefensión que incitaba a la compasión. Si le añadimos las evidentes dificultades con el idioma que evidenciaba cuando se le preguntaba algo y el hecho de no dejar de hacer reverencias para agradecer la invitación, consiguió que nos cayera simpático a todos los presentes, al menos en apariencia. Ya con el bocadillo y un humeante café en la mesa, el mendigo se levantó y se dirigió al baño no si antes solicitar un permiso que por supuesto le fue concedido.

- Este va a drogarse, advirtió al dueño del bar el cliente más mayor.
- ¿Por qué iba a drogarse, hombre?, tendrá que evacuar la criatura, a saber desde cuando no puede usar un inodoro, le replicó en tono más bien jocoso.
- Pues tu veras lo que haces, se dijo el cliente en tono de advertencia.

El hippie Llevaba un par minutos en el baño cuando de repente el cliente más joven mirando fijamente la guitarra ladea la cabeza hacia la izquierda, después hacia la derecha y exclama:

- ¡Eso es una Fender Stratocaster de 1965!, a ver, si señor, es una Fender Stratocaster del 65. ¡Es increíble!
- ¿Y qué es eso?, preguntó el dueño del bar.
- Es una guitarra mítica, espera un momento, tiene las cuerdas montadas al revés, es una guitarra de zurdo y aunque esté casi borrado tiene un autógrafo, ¡
Jimi Hendrix! ¡Es un autografo de Jimi Hendrix! ¡Vaya reliquia tiene el hippie!
- ¿Y vale mucho?, le picaba la curiosidad al dueño.
- Por una como esta pagaron hace poco
150.000 € en una subasta.
- ¡Caramba!, exclamamos todos.
- Lo que es la vida, el tipo lleva encima una fortuna y mira como vive, dijo el camarero sin comprenderlo.
- Es que si yo tuviera una como estas, creo que tampoco la vendería oiga, contestó el cliente trajeado.
- ¿Está usted seguro de lo que dice? Preguntó el hombre más mayor.
- Y tan seguro, soy un autentico fanático de la música, de hecho me dedico a ello, pero no tengo el dinero necesario para hacerme con una como esa.
- Porque no sabes…, le faltó decirle tonto al muchacho, verás ahora.


En ese momento salía el hippie del baño y el bar quedó en silencio. Volvió a la mesa y continuó comiendo. Con un gran sorbo de café dio por finalizado el desayuno y empezó a recoger los bártulos. Agradeciendo de nuevo el gesto que habían tenido con él de proporcionarle un bocado gratis se dirigió hacía la puerta con ánimo de abandonar el local, pero antes de que pudiera salir del bar el cliente mayor lo detuvo:

- Mira, tengo una hija que quiere aprender a tocar la guitarra y como no me quiero gastar el dinero en una guitarra nueva te compro la tuya.
- No, no, sino no tener para ganar euros, le dijo el mendigo con dificultad.
- Que sí hombre, mira, te doy 300 €.
- No por favor no poder aceptar dinero por guitarra, tengo mucho amor a ella, volvió a indicarle que no tenía interés en venderla.
- Escucha, te doy 500 €, ya no es solo por la guitarra, sé que vale menos, pero quiero ayudarte.
- No, por favor.
- 1.000 € y es mi última oferta.

Para alguien que vive en la miseria mil euros ya empezaba a ser un capital muy jugoso. Con esa cantidad podría comprarse otra guitarra y aún quedarle bastante dinero para poder comer durante al menos tres meses. Se lo estuvo pensando alrededor de un minuto.

- Trato hecho, le dijo el mendigo aceptando la oferta.
- Pues espera un momento que voy al banco a sacar el dinero. Como comprenderás no suelo ir habitualmente por la calle con 1.000 € en el bolsillo, le instó el señor a que aguardara.
- No problema, asintió el hippie.

El hombre salía a toda prisa del local con el propósito de rubricar la transacción lo más raudamente posible cuando al pasar frente a mí me guiñó un ojo con aires de haber conseguido embaucar al mendigo. Era deleznable expresión de un triunfo indigno por estar a un paso de hacerse con la guitarra de los 150.000 €

Daba lástima ver como miraba el hippie a la guitarra en su despedida, la acariciaba suavemente mientras parecía pedirle perdón por deshacerse de ella. En su idioma natal le daba las gracias por los servicios prestados durante los últimos años y casi no podía reprimir las lágrimas. Cuando llegó el comprador se secó las lágrimas y con gesto firme le hizo entrega de su adquisición; no en vano eran 1.000 € y nadie necesitaba ese dinero como él. El señor le entregó el importe convenido y sellaron la venta con un apretón de manos. El comprador volvió a sentarse en su taburete apoyando la guitarra en la barra mientras el mendigo contaba el dinero con avidez. Observaba apesadumbrado el regocijo con que examinaba el mendigo los billetes. Estaba indignado por haber sido testigo de como había sido engañado un pobre hombre por un tipo sin escrúpulos.

Cuando estaba resuelto a intervenir el mendigo me miró sin abandonar el cálculo, y para mi sorpresa por unos momentos había desaparecido esa expresión cándida; esbozando una sonrisa pícara me insinuó que no tenía que preocuparme y se marchó.

El señor maduro se jactaba ante los demás de su adquisición, con sus comentarios de carácter condescendiente nos otorgaba la condición de pánfilos a los demás por no saber aprovechar esa oportunidad. Siempre cree el ladrón que todos son de su condición y piensan que el que no la hace es porque no sabe y no porque no quiere. Cansado de escuchar como se vanagloriaba me marché un poco ofuscado.

Al día siguiente volví como todas las mañanas a hacer una reglamentaría pausa en la labor, y aunque era más temprano que cuando bajé en la jornada anterior, el señor que había comprado la guitarra estaba allí sentado junto al instrumento en la barra del bar. La cara de pocos amigos inducía a pensar que el negocio no había sido tan fructífero como él pensaba. Según contaba, tras cargar casi todo el día con ella a cuestas, llevó la guitarra a un amigo tasador que tenía contactos en el mundillo de las subastas de antigüedades. Tras un breve análisis dicho amigo le preguntó con extrañeza el motivo de su interés en un instrumento viejo que no valía más de 60 €. Casi se desmaya de la impresión. Me resultó casi imposible contener la sonrisa escuchando al caballero lamentar, dándoselas de pobre inocente, el haber sido víctima de una vil estafa; por lo visto llevaba buscando al hippie por la ciudad desde el día anterior y aún no se daba cuenta que el cliente del traje caro era el cómplice del mendigo.

Que la avaricia rompe el saco es un dicho popular tan sabio como viejo y en esta ocasión el burlador había sido burlado. Dicen que el ladrón que roba a otro ladrón tiene cien años de perdón y el hecho de usar por parte de los timadores como vehículo el ansia de sus presas de beneficiarse a costa del desfavorecido, consiguen que este tipo de estafa albergue cierto grado de nobleza.
El timado optó por no denunciar, la evidencia de ser víctima cuando su intención era la de ser verdugo le hizo declinar esa opción y aunque ya ha pasado el tiempo algún que otro conocido le pregunta en tono jocoso por “su” guitarra con el consiguiente enfado de éste.

Podemos percatarnos que una cualidad fundamental para la práctica de un pecado tan especializado como la codicia es la inteligencia. Una carencia significativa de ésta y una acusada arrogancia fueron los factores del fracaso de éste avaricioso sujeto. Por cierto, si alguna vez os cruzáis con un hippie ataviado con una vieja Fender preguntadle que hizo con los 1.000 € de la guitarra de Jimi Hendrix, seguramente en esta ocasión él os invitará a desayunar y os contará esta historia, pero tengan cuidado, no se crean ni una palabra de lo que les diga.

8 de noviembre de 2006

Historias del grano de arena # 5. ¿Por qué no nacimos en 1.992?

En compañía de un buen amigo de mi generación, ya hemos superado ambos los veintidiez, conversábamos en referencia a una entrada de esta bitácora de hace un días. Él me comentaba que le parecía un poco excesiva la afirmación de que el sexo ya no es ningún misterio para los adolescentes, y opinaba que la visión de éstos con respecto al erotismo debía ser más o menos la que teníamos nosotros a su edad.

Por gracia y efecto de un mecanismo neuronal tan curioso como es la asociación de ideas, recordé algo que me aconteció en una ocasión y le narré este esclarecedor documento:



NOTA: Esta historia es verídica y aunque contiene palabras y expresiones malsonantes impropias del autor, se transmite tal y como ocurrió. Se advierte que contiene un lenguaje soez no apropiado para menores; aunque en vista de las circunstancias quién sabe…


El cuento de los niños que ruborizaron al adulto que creía que lo había visto todo

Cuando viajo en autobús urbano me aplico dos normas. La primera es la de no sentarme nunca, por aquello de dejar los asientos libres para aquel que lo necesite más que yo; y la segunda es situarme al final de éste en la medida de lo posible. En una lluviosa tarde-noche de invierno y siguiendo estas dos premisas básicas, subí al bus me dirigí a esa zona al fondo del bus donde está la puerta de salida y las personas esperan para apearse cuando está próxima su parada.

En la parte trasera de estos vehículos, como norma general, los viajeros van sentados en sentido contrario a la marcha, y, en esta ocasión, un chico y una chica, aparentemente pareja, viajaban perfectamente acomodados en estos asientos. Aunque no soy cotilla por naturaleza, a veces es inevitable escuchar conversaciones ajenas, sobre todo a un metro de distancia y en un autobús casi vacío y relativamente silencioso.

Los adolescentes iban hablando de temas veniales, ella que si su amiga Jenny era una cabrona y él que si le iba a partir la boca a aquel compañero de clase que no lo había dejado copiar en un examen, cuando después de un lapso de tiempo de aparente meditación del muchacho, le pregunta a la chica:

- ¿Cuál crees que es tamaño ideal de la polla?

Yo hasta ese momento no prestaba atención a lo que hablaban, pero la cuestión que éste le había planteado a la chavala despertó mi interés. La muchacha tras permanecer pensativa durante unos segundos respondió.

- Así, dijo indicando con los dedos índices de ambas manos aproximadamente unos veinte centímetros.
- Pero ¿eso cuanto es?, insistió el chaval.
- Pues dieciocho centímetros, si, dieciocho centímetros es el tamaño perfecto, aseveró con rotundidad.
- ¿Y por qué dieciocho centímetros?, le cuestionó el chaval.
- Porque a mí me gustan las pollas grandes, pero si lo es demasiado puede hacer daño y a mi me gusta follar cómodamente.

¡Joder con la niña!, pensé yo.

Después de un momento, el chico, supongo que dándose cuenta que no cubría las expectativas, tras lo que parecía una especie de cálculo mental le dice:

- Vamos a ver, el mes que viene cumplo quince, pero todavía me tiene crecer, al menos hasta los veintiún años, yo creo que llego, afirmó. La novia lo miró con gesto de “…si tú lo dices”.

Durante un rato permanecieron callados, mientras, el muchacho jugueteaba cariñosamente con los labios de ella con el dedo índice, cuando de repente la chica se lo introduce entero en la boca con claras connotaciones sexuales, a lo que el novio le vuelve a preguntar:

- ¿Cuánto te cabe?
- ¿Cómo?
- ¿Qué de que tamaño te cabe en la boca?, le concreto la pregunta.
- Como la tuya me caben dos, contestó.
- ¿Dos?
- Si, ¡dos!, le dijo un poco molesta. Como la del “mulo” solo me cabe una, pero como tu polla me entran en la boca dos.

Este humilde servidor que estaba anonadado por la actitud que mostraban con respecto al sexo estos dos adolescentes, sobre todo ella, suponía que el “mulo” era un amigo común, y dado el cariz de la conversación, el apodo no le venía otorgado por su fortaleza física sino más bien era una cuestión de tamaño.

- Pero ¿eso es importante?, preguntó el chico.
- ¿A que te refieres?¿Si prefiero comerme un pollón enorme o comerme a la vez dos cipotes más pequeños?
- No, mujer, me refería mas bien qué como no tengo una polla como las que a ti te gustan…, dejó la pregunta en el aire.
- No te preocupes, no pasa nada, no todo el mundo puede tener un nabo gigante. La muchacha tranquilizó al novio.
- Acuérdate lo que te acabo de contar de los veintiuno, le volvió a recordar el chaval que aún le tenía que crecer.

En ese momento había llegado a mi parada y debía bajarme, dejando a los tortolitos hablando “románticamente”. Yo que pensaba que ya sabía todo lo que tenía que saber acerca del sexo, seguramente si no hubiese llegado a mi destino, la chavala me habría aleccionado sobre un par de cositas referentes al coito anal. Que cosas.

Mi amigo, tras el relato que les acabo de transmitir durante un momento quedo absorto; tras un minuto de razonamiento profundo me puso la mano en el hombro y me dijo apesadumbrado:

- Tío, ¿nosotros por qué no nacimos en el año 1.992?

25 de octubre de 2006

Historias del grano de arena # 4. El puzzle

Tengo un puzzle. No tiene un tamaño definido ni una imagen concreta y desconozco el número de piezas que lo forma. La edad recomendada para poder completarlo va de cero a noventa y ha de ir realizándose las veinticuatro horas del día, los trescientos sesenta y cinco días del año.

Lo divertido de este puzzle es que no disponemos de todos los fragmentos. Hay trozos que están de nuestra mano colocarlos correctamente, otros dependen de los que nos rodean e incluso algunos son fruto del mismísimo destino; estos últimos suelen ser los más importantes.

Este tipo de rompecabezas es tan peculiar que muchos de sus pedazos forman también parte de los puzzles de otras personas, interconectándose unos con otros y formando uno de proporciones gigantescas resultado de esta unión. Cuando la gente no comparte sus piezas obtiene como resultado un puzzle aburrido, tan vacío, que tras su consumación los demás terminan borrándolo de su memoria al poco tiempo y en mi opinión no hay nada más triste que el olvido.

El veinte de octubre de dos mil seis recibí una de las piezas más importantes de mi puzzle. Esta es una de esas compartidas, muy compartida, y esperadas, muy esperada. Tras nueve meses de espera por fin la tengo y por supuesto ya está colocada donde merece. Es pequeña, solo pesó tres kilos y setecientos noventa gramos, tan solo cincuenta y dos centímetros de altura, pero ya está aquí con nosotros.

Que sepas que serás tan querido y deseado como tu hermano. Nos encargaremos de cuidarte, y nos esforzaremos en educarte, en señalarte lo que está bien y lo que está mal y que lo que hace grande al hombre es su corazón y no sus posesiones o capacidades. Velaremos por ti e intentaremos marcarte el camino del ser y del existir, solo esperamos que seas una buena persona, esa es nuestra única pretensión. Todo hombre o mujer debe completar su propio rompecabezas, y tú ya has colocado tu primera ficha.

Que seas bienvenido pequeñito.


25 de septiembre de 2006

Historias del grano de arena. # 3. Rebajas de septiembre

En esta época del año, y a cualquier hora del día, cientos de personas se aglutinan en los centros comerciales, que como autómatas, reclaman apresuradamente la prenda o complemento de la temporada otoño-invierno que los asemeje a los patrones de chico o chica de portada que los haga algo distintos, sin darse cuenta que cuando todos son diferentes, ya nadie lo es.

El otro día, en la desesperada búsqueda de un regalo para un amigo, siempre es desesperado cuando se deja todo para el último día, cometí la imprudencia de adentrarme en uno de estos atestados centros comerciales. Sin dejarme contagiar por el bullicio, escudriñaba con firmeza los coloristas escaparates en un intento de orientarme en el obsequio a realizar pero sin dejarme hipnotizar con el ruido estridente que proviene de los locales comerciales. Tengo la certeza que ese continuo murmullo, en combinación con los ritmos repetitivos de la música disco, nublan la mente abandonado tus sentidos al mas puro instinto consumista.

Agotado y aburrido del deambular por estos extravagantes pasadizos que conforman las sedes de la oferta y la demanda, no pude dejar de percatarme, que entre una tienda con elegantes maniquís de postura relajada y otra con sus involuntarios títeres vestidos de ropas chillonas y poses que desafían las leyes de la física anatómica, un pequeño local exhibía con grandes letras negras, OFERTAS DE SEPTIEMBRE.

Me acerqué al escaparate y pude observar que tras los cristales no había ropa ni ningún otro artículo, de hecho el interior también parecía vacío.
- ¿Puedo ayudarle?, me preguntó repentinamente una señorita uniformada de la cual no me había dado cuenta que estaba junto a la puerta.
- ¿Pe..Perdón?, le contesté sin poder evitar una reacción de sorpresa.
- ¿Qué si puedo ayudarle?, reiteró la pregunta inclinándose ligeramente hacia mí.
- ¿Y que es lo que venden?, dije con expresión de incredulidad.
Se aproximó, y acercándose la mano derecha al lateral de su boca a modo de que su respuesta fuera más discreta, casi con un susurro me contestó, - Aquí vendemos pecados capitales.
- ¿Pecados?, volví a contestar aún con mas desconfianza.
- Si señor, pecados, ¿le interesa?, respondió con aire de suficiencia.
- No…no lo se, ¿podría interesarme?, ya me había vencido la curiosidad.
- Acompáñeme por favor, instándome a pasar al interior con gesto reverente.

La chica vestía un traje ejecutivo de color rojo y camisa blanca, del mismo color que el vestido, lucía un sombrero similar al que usan las azafatas de vuelo del que sobresalía una espesa melena rubia. El atuendo, lejos de disimular los encantos de la fémina, como suelen hacer la mayoría de los uniformes, le otorgaba un toque de elegancia y realzaba su belleza.
- Siéntese si es usted tan amable, solicitó señalándome una silla.
Con el suelo revestido de tarima de roble y las paredes pintadas en color vainilla, en el local no había nada a excepción de una mesa con algún que otro material de oficina y dos sillas.
- ¿En que estaba usted pensando exactamente?, empezó a hablar rompiendo el sórdido silencio de la estancia.
- No se, es que no entiendo exactamente qué es lo que venden.
- Caballero, como ya le he dicho antes nosotros vendemos pecados capitales, pronuncio ofendida.
- Lo siento, no sabía que los pecados se pudieran comprar y vender, por cierto, ¿cómo que están en rebajas?, son los únicos con ofertas en el centro comercial, le pregunté intrigado.
- Pues mire, en otoño, como también ocurre a principios de año, la gente tiene buenos propósitos, con el final de las vacaciones se ponen a régimen, dejan de fumar e intentan ser mejores personas, con lo cual las ventas caen, para evitar el impacto que provocan estas pérdidas hacemos descuentos de hasta el 50%.
- Muy bien, muy bien, buena iniciativa, le contesté en tono de aprobación, bueno, pues enséñeme su catálogo, le solicité interesado.
De un cajón sacó una especie de cuadernillo que bien podía pasar por el menú de un restaurante, las tapas de cartón satinado eran del mismo tono rojo que el vestido de la joven.
- Bien, como le decía antes, ¿tiene algo en mente?
- Que tal si empezamos por algún que otro pecadillo menor, le dije invitándola a que me explicara el contenido de su listado de productos.
- Podríamos empezar por los considerados menores, comentó ojeando el catálogo, ¿qué tal le parece la gula?
- Uf, creo que de gula estoy servido, presumo que un poco más me puede causar problemas.
- Ya veo, observo que usted no se suele privar, por lo que vamos a descartar también la pereza. La gula con ciertos toques de pereza suelen provocar afecciones cardiovasculares y ser causa de obesidad. No queremos que nuestros clientes enfermen por culpa de nuestros productos, expresó de forma divertida.
- Veamos que le puede venir bien…
- Quisiera preguntarle una cosa si no le importa, le interrumpí amablemente.
- Dígame, soy todo oídos, contestó con cara de prestar atención.
- ¿No sería más ético y rentable vender valores? No se, ofrecer a la gente paciencia, compresión, vamos, ese tipo de cosas.
- Ya lo intentamos, ya, pero no funcionó, todo el mundo cree que es buena persona. En un año solo conseguimos vender un poco de constancia a unos estudiantes y algo de ambición a un empresario novel, me explico con gesto de resignación. Ah, un político compró una vez sabiduría.
- ¿Un político compró sabiduría? ¿Cuál es para votarlo en las próximas elecciones?, pregunté intrigado.
- Lo siento mucho, una vez adquirida, vio la luz y…se retiró de la política, apuntó la mujer en tono jocoso sin poder evitar una enorme sonrisa.
- En realidad lo que nos proporciona éxito y bienestar es completar nuestras carencias y aunque no lo parezca, ser depositarios de alguna que otra capacidad de pecar puede ayudarnos a alcanzarlo…
- Si, ¿Cómo?, volví a interrumpirle, esta vez menos amablemente.
- ¿Podemos continuar? Preguntó con tono solemne, no se apure, si me deja podré contárselo.
- Si, por favor, contesté visiblemente indignado.
- Mire, usted parece apocado, indicó con condescendencia, creo que usted lo que necesita es un poco de ira. Con la ira podrá recriminar a los funcionarios que quieran marearlo con esos aburridos trámites burocráticos, por fin podrá reprender a ese individuo que siempre se le cuela en la cola del médico, quién sabe, incluso podría poner en su sitio a ese compañero de trabajo abusón, ¿y a su jefe?.
- Visto de ese modo…, le dije valorando su apreciación.
- Usado correctamente, una pizca de envidia con ciertos toques de avaricia ayudan mucho a la hora de conseguir esos bienes materiales que usted cree tan alejados. El hecho de ver que otros tienen más cosas que usted y ese afán de tener más que nadie es un impulso importante para poder adquirir ese coche que tanto le gusta, o esa casa tan inalcanzable. ¿Ve usted?

Parecía increíble, pero le estaba encontrado sentido a las explicaciones de esa extraña mujer.
- ¿Y la lujuria?, ¿que me dice usted de la lujuria?, le pregunté.
- Pues verá, la lujuria es uno de los pecados más demandados, ¿por qué?, porque gracias a la lujuria algunas personas alcanzan esa seguridad en si mismos que de otro modo tendrían que conseguir por otros medios, se detuvo haciendo un gesto con la mano como si bebiera de una botella a la vez que ponía una mueca bobalicona en su rostro. Pero usted ya sabe, esos medios pueden ser contraproducentes en las relaciones con los demás, sobre todo con el sexo opuesto. La lujuria nos da ese empujón que necesitamos, sobre todo si la unimos a la soberbia, esa es la clave de la satisfacción sexual. ¿Lo ve?
- Pues puede que usted tenga razón, dije desconcertado.
- ¿Y el precio?, Pregunté.
- Como ya le comenté antes, este mes tenemos descuentos del 50%, aunque se me ha olvidado mencionarle que tenemos packs que incluyen tres pecados al precio de dos, me explicaba diligentemente.
- ¿Y cuales me recomienda?
- Estos últimos años se está llevando mucho el lote ira, avaricia y lujuria, pero los pecados se pueden combinar a gusto del cliente, aunque debo advertirle que hay pecados que no armonizan muy bien. Por ejemplo ira y soberbia en un mismo lote puede provocar situaciones violentas cuando alguien pone en duda nuestras cualidades. La mezcla hay que pensársela bien.
- Bueno, ¿se ha decidido?, preguntó a sabiendas de que había realizado correctamente su tarea.
- No se, no se, ¿me lo puedo pensar?, dije casi con temor.
- Claro caballero, pero recuerde que tiene hasta final de mes para decidirse…si quiere aprovechar el descuento claro.
- Y si no estoy satisfecho, ¿me devuelven el dinero?, repliqué buscando una aclaración.
- Lo lamento, los pecados capitales no son un artículo que pueda devolverse, una vez adquiridos son para siempre. Cuando también vendíamos valores humanos, junto con el pack tres por dos, regalábamos una muestra de conciencia, lastima que lo hayamos retirado del mercado.
- Pues me lo voy a pensar y otro día vuelvo, ¿vale?
- No hay ningún problema señor, estamos aquí para servirle y esperamos que vuelva a visitarnos, me despidió marcialmente con muestras de que tenía el discurso bien aprendido.

Me marche desorientado y la sensación de haber vivido una experiencia psicodélica sin haber tomado nada. Tengo mi folleto explicativo sin tener idea que hacer.

¿Qué harían ustedes? ¿Probarían primero a probar solamente un pecado? ¿O por el contrario me arriesgo y compro el lote tres por dos?...

...¿Y si se lo regalo a mi amigo?...