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10 de mayo de 2007

Historias del grano de arena. # 12. Tijeras y espectros

trauma.

(Del gr. τραῦμα, herida).


1. m. Lesión duradera producida por un agente mecánico, generalmente externo.
2. m. Choque emocional que produce un daño duradero en el inconsciente.
3. m. Emoción o impresión negativa, fuerte y duradera.




Que tiempos pasados fueron mejores y la sensación de que nuestra vida ha sido aburrida son apreciaciones en cierto modo equivalentes y, en mi humilde opinión, totalmente falsas. Si nos paramos a pensar un rato y hacer balance de nuestras vivencias, nos damos cuenta que en el tiempo que llevamos trascurridos por este extraño mundo nos han pasado muchas cosas y que aunque “pasadas” no tienen porque ser mejores. Algunas marcan más, otras menos, pero los acontecimientos importantes son numerosos y todos nos dejan algo, Alguno Incluso llega a traumatizarnos de por vida, en este caso es un nombre, un nombre espeluznante.

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Allá por el segundo lustro de aquellos maravillosos años ochenta, maravillosos por lo imberbe del que suscribe, porque por los cánones estéticos eran de autentica pena. Tiempo de experimentar: las primeras chicas, los primeros coqueteos con el alcohol y lo primero de casi todo. Y aunque parezca una moda más o menos reciente, las leyendas urbanas existían, pero no se llamaban leyendas urbanas, simplemente eran historias y a una edad en la que se es fácilmente impresionable, las historias de fantasmas o espíritus eran las que gozaban de mayor interés por el público en general.
La chica de la curva, espectros en los espejos y un sinfín de seres de ultratumba eran intérpretes de aquellas historias tenebrosas que generalmente se contaban cuando había chicas delante. Pero una de estas leyendas urbanas era especialmente aterradora, porque además de ser sensiblemente truculenta, lo más inquietante era el hecho de que su protagonista tenía nombre propio, Verónica.
De las diferentes versiones de este relato nuestra Verónica se asemejaba a la leyenda mexicana de “La Llorona”, en la que por culpa de un mal de amores, una mujer asesina a sus hijos y después se suicida, quedando su alma penando en el mundo de los vivos para pagar por su crimen. La historia era similar, pero en este caso la singularidad residía en que dichos crímenes y posterior suicidio fueron ejecutados con unas tijeras, algo que hacía que el relato fuera más melodramático y lúgubre. Se decía que si introducías unas tijeras en un libro “místico”, generalmente la Biblia, y lo atabas con un lazo negro formando una especie de péndulo, se conseguía invocar el espíritu de Verónica. Pero había que tener cuidado, una pregunta incorrecta y las tijeras saldrían volando del libro para clavarse en tu cuello. La otra variante de la “maldición” era que si después de realizar una invocación al espectro de Verónica a la mañana siguiente aparecían unas tijeras colocadas misteriosamente mientras dormíamos bajo la almohada, era una señal inequívoca de que íbamos a morir en breve en extrañas circunstancias. Otro modo de invocar a este fantasma era situarnos frente a un espejo a la luz de una vela y llamarla tres veces. Se supone que aparecía detrás de ti a través del espejo tijeras en mano. Las consecuencias catastróficas de llamar a Verónica solían coincidir, muerte violenta con tijeras de por medio.

La inconsciencia, alentada por la juventud, y la sugerente idea de que unas niñas asustadas acudiendo dócilmente a los brazos de unos valientes muchachos, idea alentada por un recuento desbordante de hormonas, propició, ilusos, la preparación de una sesión de ouija casera para así lograr nuestros perversos planes.
Estuvimos recortando cuadraditos de papel casi toda la tarde, en cada uno de ellos escribimos una letra del abecedario, números del cero al nueve y en dos un “si” y un “no”. El sitio elegido era el rellano de un edificio donde vivía un amigo. Entre la quinta y la sexta planta encontramos el escenario perfecto para nuestros fines.
Una particularidad de dicho edificio era que a plena luz del día sus pasillos eran especialmente oscuros, al caer la tarde solía ser tenebroso, y, en concreto aquel “descasillo” en el que la bombilla, que normalmente ofrecía una luz tenue, estaba fundida lo hacía el lugar ideal. Dispusimos los cuadrados de papel en el suelo formando un círculo, y el elemento a usar para establecer contacto era una moneda de veinticinco de las antiguas pesetas, las grandes, las que no tenían agujero.
Es extraño que siempre que se juega a hacer espiritismo, el médium sea el más escéptico, supongo que al actuar con más lirismo, la sobreactuación le aporta más credibilidad al papel; el que cree de verdad en los fantasmas se muestra temeroso y entrecortado. Pusimos la yema del dedo en la moneda y empezamos la sesión paranormal.

- Verónica, ¿estás ahí? Al principio no ocurría nada, la moneda permanecía inmóvil.
- ¡Hay que concentrarse!¡Dejad la mente en blanco! –dijo el improvisado médium, demasiadas películas de terror-.

En el simulacro de concentración era inevitable que se escaparan algunas risitas por lo ridículo de la situación, después de varias regañinas mutuas decidimos volver a intentarlo en serio.

- Verónica, ¿estás ahí?

De repente la moneda se dirigió vertiginosamente hacía el “si”.

- ¡Has sido tú!
- ¡De eso nada! ¡Has sido tú!

Durante unos minutos no cesaron las acusaciones mutuas a fin de encontrar al culpable de mover la moneda, pero tras los solemnes juramentos de inocencia empezamos a asustarnos de verdad. Decidimos recogerlo todo y dar por finalizada la sesión cuando tres fuertes golpes resonaron en la pared. Se suponía que tras aquel muro no había ninguna vivienda, teóricamente esa pared daba al exterior, pero los golpes indudablemente provenían de allí. Nos mirábamos paralizados por el miedo, aquello no era posible, permanecimos allí varios segundos. Las chicas estaban aterrorizadas, habíamos conseguido el objetivo, pero los chicos también, eso era algo que no estaba previsto.

Los seres humanos poseemos una misteriosa e inexplicable cualidad que es similar a ese sexto sentido que le atribuimos a los animales, y porque somos animales, aunque desarrollados en mayor o menor medida, compartimos atributos con el resto de mamíferos; aunque atrofiado, la sensación de una presencia en una casa vacía o sentir que estamos siendo observados forma parte de ese sexto sentido que nos esforzamos en negar.
En la planta superior había alguien, todos lo notamos. Se suponía que allí no debía haber nadie. La planta sexta estaba desabitada y nadie subía allí. Sentíamos como una presencia bajaba por las escaleras. Presas del pánico corrimos bajando los escalones de dos en dos sin mirar atrás. Una vez en la calle nos despedimos rápidamente y nos fuimos a casa asustados.
Fueron varios los días en los que al despertar levantaba la almohada con la esperanza de que no hubiese unas tijeras que determinaran mi siniestro destino. Muchos días temeroso de sufrir un accidente inesperado.

Aquel amigo residente en el edificio que nos prestó su rellano para aquel juego espiritista, nos reunió una tarde a todos los que participamos para narrarnos una historia que nos iba a dejar anonadados. Aquel día de verano en la que decidimos reírnos del más allá, unos obreros estaban arreglando una conducción de evacuación de aguas pluviales (lluvia) del edificio. Los golpes en aquella pared eran el eco de los golpes que esos operarios le daban a la tubería, que coincidentemente, recorría oculta por aquel mismo muro de ladrillo. La presencia, el mismo obrero que fue a quejarse a los padres de mi amigo de unos niños que huyeron mientras jugaban escondidos en el rellano entre la planta quinta y sexta.
El misterio estaba resuelto, los fenómenos paranormales eran muy terrenales, pero la sugestión hizo un gran trabajo en unos chavales que jugaban con los espíritus.
Aún conociendo la verdad, todavía no puedo evitar un pequeño escalofrío al escuchar el nombre de Verónica. Al oírlo rememoro historias de fantasmas y almas en pena. No puedo evitar cerrar unas tijeras que reposan abiertas en lo alto de una mesa.

Aunque físicamente inofensiva, una ouija puede ser un arma terrible en subconsciente colectivo de los que la practican. Al igual que un hipocondríaco termina enfermando de las dolencias que realmente no padece, en la mente de unos muchachos la sugestión sobre algo que creen real puede se más fuerte que la propia realidad en si misma, llevándolos a sufrir aquel inexistente y fatal desenlace que tanto temen; tan sobrenatural como su propia paranoia.

Cuando nos reunimos los antiguos amigos a veces solemos comentar aquel incidente entre risas, pero hay algo que jamás hemos averiguado después de tanto tiempo. El desconocimiento de no saber que fue lo que movió realmente a aquella misteriosa moneda de veinticinco pesetas.

5 comentarios:

Mond dijo...

Curiosamente te leo y junto a mi ordenador hay unas tijeras azules, más no están abiertas, sólo están.
Somos esclavos de nuestros miedos siempre y cuando lo permitamos. Es difícil vencerlos; sin embargo, estoy convencida de que se logra.

kutxi dijo...

Tengo una amiga que tuvo algún tipo de experiencia "veroniquil". No sé qué exactamente porque se niega a hablar de ello... pero es que hasta se le pone mala cara si le preguntas. Y lo más seguro es que fuera una bobada, pero para ella fue real y parece que sigue siéndolo.

Gran post, Cuatropelos.

Saludos.

Ambigramas Alberto Portacio dijo...

Hola

Te invito a visitar mi blog: http://www.ambigramania.blogspot.com/
Aquí me dedico a realizar un tipo de arte no muy conocido, los "ambigramas". Espero tu comentario.

Cordialmente,

Alberto Portacio Apicella

susana dijo...

no siempre es fácil hablar de los traumas...besitos pocos pelos, su

Norma dijo...

Pues a mi la Verónica, o mejor, la media Verónica, siempre me recuerda a Calamaro ;)

Besos