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30 de octubre de 2008

El Retorno de Tolomeo

Como norma general las trilogías suelen servir para conseguir que una buena película, o un buen libro, pase a formar parte de un conjunto mediocre. Salvo excepciones en las que dichas trilogías son concebidas como tales desde un inicio, las secuelas o precuelas no alcanzan casi nunca el mismo nivel que la idea inicial, consiguiendo incluso desprestigiar a esa obra inicial y se difumina la buena impresión que causó por culpa de un mal producto final.

Este no es el caso, habida cuenta que Tolomeo es un hombre que lo ha alcanzado todo en la vida: una significativa desfachatez y una notable poca vergüenza; además ha conseguido con un sentimiento de superioridad hacia los demás culminar brillantemente su propia gran trilogía de condiciones humanas despreciables, otorgándole meritoriamente el título de personaje VIP -Very Infamous People- para todos los que tenemos la desgracia de convivir con Tolomeo.

Que el ladrón cree que todos son de su condición es un dicho popular con el que tengo ciertas discrepancias. Entendiendo que estos dichos como expresión de la cultura popular a fin de ilustrarnos con ciertas verdades de la vida, al suscribirlos con una serie apellidos o condiciones, contribuirían negativamente a la dispersión de la idea, algo muy contraproducente para los que nos distraemos con facilidad. Pero para este caso concreto incluirle un “y el que no es ladrón, es porque no sabe o no puede” creo que se acercaría a un concepto ligeramente más acertado.

Y es para Tolomeo el mundo está mal concebido; él no se siente obligado a seguir las normas no escritas por las que nos regimos el resto de la humanidad, porque él solo cumple a rajatabla las leyes “oficiales” de los libros que llevan inscritos escudos también oficiales, pero por supuesto solo las que le interesan, para las que no le afectan aplica la desfachatez y la poca vergüenza porque ¿Dónde esta escrito qué en el supermercado hay que pasar por caja una vez llenado el carro de la compra?

Cuando Tolomeo va al supermercado no coge cesta ni carro. El buen señor selecciona dos artículos, los pone en la caja y a continuación se marcha. Durante todo el proceso “artimaña para no esperar mi turno como los demás”, va colocando en la cinta productos de dos en dos, advirtiendo a los que intentan pagar que aquel era su turno, pero como le faltan algunos que se le han olvidado, es magnánimo y los deja pasar. Eso si, los desafortunados a los que les toque pagar y se encuentren con que Tolomeo ha terminado su compra, no se salvan del escarnio público de ser acusados por Tolomeo de colarse o de haberlo intentando de mala fe, ¿acaso no habéis visto que tenía la compra colocada?, porque así, siempre ha sido el turno de Tolomeo.

Tolomeo sonríe avieso cuando guarda su compra en las bolsas, él es listo, el resto idiotas. La idea de que la ética nos impide a los demás realizar este tipo de acciones es un concepto inconcebible y demasiado abstracto para él.

Hazlo tu también, si no lo haces es porque eres tonto… (Palabra de Tolomeo)

¡¡Te despreciamos señor!!

21 de marzo de 2007

Historias del grano de arena. # 10. Tolomeo contraataca

Aunque casi todos tenemos un Tolomeo en nuestra vida, éste es mío, personal e intransferible, por desgracia. Este Tolomeo, celebérrimo por sus reproches a la conducta de sus vecinos y por todo aquello que él considera un agravio o una carencia total de sentimiento comunitario, mí Tolomeo, continúa colgándose, cínica y alegremente, medallas de sus triunfos sobre sus indignados colindantes, que sin salir de nuestro asombro, vemos que con toda la desfachatez del mundo y el “me importa un pimiento choricero”, se ríe de nosotros al son que a él más le calienta.

Si ya le narramos anteriormente los tristes y escatológicos acontecimientos del perrito, inocente él, que nos regalaba un maravilloso ramillete de fragancias y texturas excrementicias, Tolomeo se explaya aún en la más grata solidaridad vecinal. Y es que Tolomeo es un hombre ocupado, ocupado en fastidiar a los demás porque el señor se aburre, y que mejor forma de evitar este hastío que permitirnos a los demás evadirnos de la monótona rutina de una comunidad de propietarios cualesquiera.


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Tolomeo vive en una urbanización privada en la que existen viales rodados internos porque en los inicios de dicha urbanización las calles eran de uso público para todo aquel que quisiese transitar por allí. Los promotores, que a veces son unos linces, determinaron que para unas ciento cuarenta viviendas, cuarenta y tantos aparcamientos privados eran suficientes. Demostrando un sentido lógico fuera de lo común, también decidieron que esos aparcamientos privados se sortearan, pero no entre los propietarios, sino entre toda la población mundial que así lo deseara, por lo que el “asuntillo” del aparcamiento empezó con mal pié dado que una vez cerrada la urbanización, tampoco habían suficientes plazas exteriores para que pudieran estacionar los propietarios sin aparcamiento, que eran la gran mayoría.

El mucho tiempo libre de que disponía permitió que Tolomeo durante el mes previo al sorteo, más bien subasta, y el mes posterior a éste, permaneciera perenne el las oficinas de los promotores presionando por la concesión de un aparcamiento. Su constancia obtuvo premio, misteriosamente le fue adjudicado a Tolomeo uno de los aparcamientos más grandes y mejor situados. Desde el día en el que se hicieron entrega los aparcamientos empezaron los problemas.

Si no eres propietario de uno de estos aparcamientos siempre es más seguro y cómodo dejar el vehículo estacionado dentro del recito cerrado que en la calle, pero a partir de ciertas horas aparcar es un acontecimiento que entraña ciertas dificultades. Los dueños de los aparcamientos “sorteados” comenzaron a especular con ellos y empezaron a alquilárselos a terceros y, por supuesto, continuar aparcando en el recinto cerrado, residieran o no allí. Abrieron la caja de los truenos porque incluso estos terceros realquilaban a unos cuartos haciendo duplicados de los mandos a distancia de la entrada a la urbanización ya así seguir aparcando dentro del recinto. Podrán imaginar como se puede sentir alguien que llega a las nueve de la noche y tiene que aparcar a medio kilómetro porque en tu propia casa no puedes hacerlo al estar los aparcamientos ocupados por coches de la calle, que entrando alegremente con sus mandos, copan un espacio privado que hemos pagado los que allí vivimos. Desesperanzador.

Para no ser menos, Tolomeo fue uno de esos propietarios que alquiló su aparcamiento. Alquilar, curiosa palabra, se usa tanto para el arrendador, que “alquila” su propiedad, como por el arrendatario que también la “alquila”, curiosa.

Pero Tolomeo, solidario y democrático, como presidente de la comunidad, saltándose los protocolos, o sea, las juntas de propietarios, y, alegando que por su edad y su ¿minusvalía? no podía permitirse aparcar fuera de la urbanización, se auto-otorgó una de las plazas exteriores del recinto en calidad de aparcamiento reservado para minusválidos, privada, en la puerta de su casa. Cuando boquiabiertos el resto de propietarios protestaron enérgicamente por esta escandalosa circunstancia, el administrador, amigo íntimo de Tolomeo, se limito a mostrar el acta de reunión en la que se aprobó, de soslayo y de buena voluntad, una norma interna en la que se permitía reservar aparcamientos puntualmente en el caso de que algún vecino lo precisara por algún tipo de incapacidad que hiciera comprensible esta reserva. Espectacular las caras de tonto tras la noticia.

Demos un giro de tuerca más a la historia. Un Tolomeo altivo y en racha, para jactarse aún más de la necedad de sus convecinos, ha alquilado esta plaza reservada y privada a alguien externo a la comunidad y continúa aparcando sus coches, porque tiene tres, en los aparcamientos externos del recinto cerrado…sin palabras.

Probablemente no se pueda hacer nada, Tolomeo tiene amigos y muy poca vergüenza. Tendremos que acostumbrarnos a convivir con él y sus argucias, pero ojo, mucha precaución con hacer una pequeña reforma o dejar que los niños jueguen a la pelota en la plaza de la urbanización, porque entonces Tolomeo nos lo hará pagar con todo el peso de la ley en la mano, horizontal, pero ley al fin y al cabo. Eso sí, con su ejemplar de las normas que es el que vale; el resto de ejemplares del mundo no tienen la mitad de las páginas perfecta y convenientemente arrancadas.

11 de septiembre de 2006

La Batalla de Tolomeo

Tolomeo es un hombre fiel a las tradiciones, amante de la rectitud y la disciplina. Es un señor comprometido y diligente, fue el hombre más feliz del mundo cuando el voto unánime de sus vecinos lo nombró presidente de la comunidad.

Tolomeo no pasa por alto bajo ningún concepto el cumplimiento de sus costumbres, aunque ya se jubiló, hace cuarenta años que se levanta a las seis de la mañana, se viste y saca al perro a pasear, toma café en el bar de abajo y entre sorbo y sorbo discute con el camarero las noticias del periódico según corresponda ya sea deportes, política o sociedad, siempre hay algo de provoca el malestar de Tolomeo.

En la improvisada reunión diaria de la entrada del portal, Tolomeo le expone sus desazones a sus convecinos sobre el cuanto me indigna esto y sobre el que nadie hace nada por remediar aquello, mientras tanto sus contertulios no dejan aseveran con gesto de aprobación; pero si hay algo que no le gusta a Tolomeo es que en “su” edificio haya oficinas, ¡en las oficinas solo hay extraños que hacen que vengan a mi casa más extraños!, farfulla siempre que puede. Atento a la conversación Tolomeo no deja de vigilar a su graciosa mascota que juega abstraída con otros perritos en la acera y en el jardín que se haya frente a la entrada.

Tolomeo no duda en preguntar dónde se dirige a todo el que entra en el edificio y en ocasiones los acompaña para comprobar si es cierto. Tolomeo roba los ceniceros que los usuarios colocan para evitar ensuciar pero no duda en increpar a cualquiera que este fumándose un pitillo en la puerta mientras su simpático chucho hace sus deposiciones en esa misma acera, le insta a que no se le ocurra tirar el cigarrillo en su suelo, señala enérgicamente que su hogar no es ningún fumadero y su perrito blanco levanta la patita y hace pis en el escalón de la entrada al portal. Ante la incredulidad del reprendido, Tolomeo se marcha frotándose las manos como señal de una labor bien realizada, se retira diligente con la placidez del deber cumplido, dejando allí las necesidades de su querido blanquito.


Tolomeo escribe cartas en los periódicos locales quejándose de que la gente tira papeles y colillas, se lamenta de que nadie arregle esa baldosa suelta o el bordillo de aquel alcorque donde su blanquito “to” lo meo y “to” lo cago. Se subleva porque los demás no llevamos como emblema la integridad de la que él hace gala, pero no se le ocurre recoger de la acera esas caquitas que todos pisamos alguna vez cuando su chucho evacua, ni de evitar que orine en las farolas, en las ruedas de los coches que terminan oxidándose y estropeándose. No repara en lo desagradable que puede llegar a ser quitarle el candado a una motocicleta y mancharse las manos de orina de perro.

A Tolomeo le molesta que ensucien su calle pero disimula y agacha la cabeza cuando su chucho hace sus necesidades.

En verano, después de regar el jardín de su edificio y remojar la gran cantidad de excrementos que allí se acumulan, el sol que nos alumbra, multiplica el olor a descomposición de los desperdicios de blanquito y sus amigos, también vecinos, pero a ellos eso no les fastidia y el resto tenemos que aguantar los aires de grandeza de su comunidad, sin olvidar los desaires y arengas de Tolomeo. ¡Os queréis ir a la mierda!...pero eso sí, a la de vuestro perro que ya se vé que estáis acostumbrados.