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28 de febrero de 2007

Dos amigos. 1ª parte

Dicen por ahí que no hay criatura más egoísta e interesada que un gato. De comportamiento peculiar y siempre buscando su bienestar, al contrario que la mayoría de los que nos denominamos mamíferos superiores para los que la luz del sol suele ser sinónimo de vida, éstos comienzan esta vida justamente al caer la noche. Dormitan durante el día esperando a que el astro sol se despida de los que nos movemos normalmente durante su reinado. Mientras el resto yacemos bajo el influjo de Morfeo, estos seres noctámbulos se desperezan y, cómplices de las tinieblas, emprenden su deambular de serenata haciendo alarde de esa libertad de la que tanto se jactan.
Esta es la historia de dos amigos, dos gatos que se conocieron al amparo de la luna llena y de oscuros callejones que los protegían de sus propias travesuras.

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Uno de ellos era un hermoso gato siamés de grandes ojos azules. El resto de felinos de la zona le reprochaban constantemente su condición de doméstico, pero él alardeaba de ser más listo que ningún otro gato del lugar. Se alababa así por ser tan inteligente, dado que siempre tenía un plato de comida en la cocina y un enorme y mullido cojín en el que poder dormir la siesta. El otro era un simple gato callejero de lo más común, tan negro como el azabache y considerablemente enclenque. Al contrario que su amigo el doméstico, que era bastante bocazas, éste era más bien tímido y participaba de guardarse muy mucho sus opiniones.

Ambos se conocieron en una calurosa noche de verano, junto a un contenedor de basura. El gato doméstico se reivindicaba libre e iba en busca de realizar alguna trastada. El otro simplemente buscaba algo que echarse a la boca. A partir de ese día coincidieron durante varias noches en aquel lugar y terminaron convirtiéndose en amigos inseparables; uno que no paraba de hablar y el otro que escuchaba paciente, la pareja perfecta.

Durante algún tiempo estuvieron noche tras noche deambulando de aquí para allá, haciendo más de una travesura, hasta que un buen día, o una buena noche, se encontraron con unas mimosas gatitas cerca de donde los gatos más viejos hacían sus debates diarios. Discutían asuntos de interés felino. Los temas a tratar eran quejas sobre el tamaño de las ratas, que cada vez eran más grandes y se defendían, o asuntos como la mala educación de los gatos aún cachorros, que según ellos, habían perdido todo respeto por los mayores y no como ellos, que fueron unos gatitos muy educados.

Intentando impresionar a las gatitas zalameras, el gallardo siamés se explayaba en su angustiosa pedantería. Pasado un buen rato agotadas de tanta verborrea, las chicas empezaron a acercarse al flacucho gato negro que hasta ese momento permanecía callado en un rincón observando a su amigo. El gato callejero, de manera sorprendente, empezó a hablar con las gatas que se mostraban interesadas en lo que contaba, porque al contrario que el engreído siamés que solo se refería a sus virtudes y a su excelente pedigrí, él narraba con todo lujo de detalles las simpáticas batallitas y las muchas travesuras que perpetraba junto a su amigo.

De vuelta a casa, el gato siamés muy enfadado arrinconó a su compañero de aventuras contra una pared. Empezó a reprocharle el haberle robado el protagonismo. Le dijo que no quería volver a verlo y que ya no eran amigos. Le invitó a que bajo ningún concepto se acercarse al callejón de las gatas y mucho menos quería verlo rondando por la casa en la que residía. Un triste y abatido gato negro se marchó entre la penumbra con lágrimas en los ojos sin tan siquiera atreverse a mirar atrás.

El siamés doméstico se convirtió en efecto en el centro de atención de las féminas gatunas. La incomparecencia del gato callejero, que ya duraba varias semanas, le había allanado el camino y sin más remedio, las gatitas tuvieron que conformándose con él. Pero un oscuro día, hartos de las andazas nocturnas de su mascota, los presuntos amos del gato siamés lo llevaron al veterinario y lo castraron sin piedad.

Continuará…

23 de febrero de 2007

La cárcel de la rutina

El motivo de las ausencias es sencillo, he estado encarcelado. De hecho sigo encarcelado y esto no es más que un “vis a vis”. Los guardias de esta cárcel de la rutina no me permiten hacer visitas, ni siquiera me dejan atender a los que me visitan.

Aquí son encerrados todos aquellos que han cometido el delito de tomar responsabilidades. Y aunque no tenemos derecho a quejarnos, y en el fondo tampoco queremos, estamos avocados a ser presos de nuestras elecciones. A veces nos gustaría poder disfrutar de un patio en el que estirar las piernas y mirar al exterior, pero en la cárcel de la rutina no hay patio, solo hay rejas y paredes de hormigón.

A riesgo de ser pillado, a veces me escapo por un agujero tras el espejo de mi celda. En esos escasos momentos encuentro furtivo la libertad de al menos librarme unos instantes de la atenazante asfixia de una mordaza invisible que, únicamente cede, cuando huyo agazapado entre las sombras mientras los carceleros no miran.

Así oculto, miro el mundo por una pequeña ventana de un pasillo recóndito. Desde esta ventana puedo observar en silencio a la gente. Caminan de un lado otro conversando libremente unos con otros, hablan, comentan, opinan y no puedo gritarles desde esa ventana por temor a ser atrapado y aumentada mi condena. Cuando noto que un guardia está cerca debo cerrar la ventana y volver raudo a mi celda, en la que continúo con mis labores de preso.

Hubo un tiempo que en esta prisión era más sencillo huir de la cotidianidad y dar un simple paseo. Antes las rejas eran de alambre y apenas había guardias. Antes era fácil esconderse en un rincón y desde estas frágiles rejas hablar con personas y ser escuchado, pero cada vez construyen más muros y los barrotes son de acero. Ahora nos ponen grilletes en pies y manos que nos impiden movernos libremente.

Espero que dentro de un tiempo pueda disfrutar de un tercer grado que me permita visitar y disfrutar de ser visitado; es angustioso no poder contestar las cartas, es angustioso estar incomunicado. Mientras tanto me consuelo observando desde mi pequeña ventana y mirar aunque no pueda ser visto. Aunque no es mucho, aún es peor vivir a oscuras a perpetuidad.

El carcelero se acerca, creo que mi tiempo ha terminado. Lo lamento, pero he de dejarles…

14 de febrero de 2007

Hablemos del milenarismo




¿Quién no ha visto alguna vez este video en el que el escritor Fernando Arrabal, en estado de embriaguez –nivel alto-, intenta, sin éxito, hacer sus exposiciones sobre el Milenarismo?

Pero, dejando de lado el cariz involuntariamente humorístico de Sr. Arrabal…

¿No se han preguntado qué significaba exactamente “eso” del milenarismo?…


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El milenarismo es una corriente teológica tan antigua como el propio Cristianismo, que tiene origen en el Apocalipsis de San Juan y en el que el apóstol profetiza un segundo advenimiento de Jesucristo. Según la revelación, Cristo gobernaría durante mil años en la tierra junto a los mártires y todos a aquellos que no hayan rendido culto a Satán, mientras que este último permanecería encarcelado en un abismo durante este periodo. Se relata que tras éste reinado el Demonio será liberado, lo cual conducirá a una gran guerra entre algunas naciones afines a Satán y la de los “Santos”, que tendrá fin cuando los seguidores de Diablo sean consumidos por el fuego divino y arrojados a un estanque de azufre. Tras este suceso acontecerá el “Juicio Final” en el que todas las almas serán evaluadas por Jesús y en virtud de sus acciones se salvarían de ser arrojados al estanque junto con el Demonio.

Según la profecía la seña que marcará que el “Juicio Final” se aproxima es la venida de un “falso profeta” o
Anticristo”. Este enviado, también denominado como “La Bestia”, se hará proclamar “Mesías”, dominará en la tierra, tergiversando las enseñazas de Cristo para así imponer su nueva doctrina. Este liderará a las huestes del Demonio en la gran guerra antes de ser arrojado al “Lago de Fuego” por las fuerzas divinas.

Dogma de fe para los cristianos más fundamentalistas, el milenarismo ha sido tema de debate entre teólogos e incluso entre eruditos creyentes de diferentes épocas, que desde la aparición del Apocalipsis han intentado fechar y ubicar los acontecimientos en él reflejados. Y aunque son varias las personas que a lo largo de estos dos mil años se les ha atribuido el calificativo de anticristos según su interpretación, según algunos expertos su presencia se hará patente en tiempos de
Pedro II, el último Papa, y que, según algunas teorías, sería el sucesor de Benedicto XVI.

Aunque milenarismo no represente literalmente mil años, se extiende a un gran periodo de tiempo, y, según las creencias actuales antes mencionadas, la presumible avenida del Anticristo será dentro de pocos años. Según esto deberíamos asumir que actualmente estamos inmersos en pleno “milenio” y que la cuenta atrás hacía el “Juicio Final” ha comenzado.

¿Simples sueños del Apóstol?, ¿panfleto político contra los Romanos?

Durante dos mil años las interpretaciones al Apocalipsis han oscilado entre lo puramente divino y cuestiones atribuidas a acontecimientos de lo más terrenales. Que cada cual escoja, aunque me quedo con la afirmación del filósofo Arrabal, que al menos es más divertida…

¡El milenarismo va a llegaaaaarrr!...o, ¿Ya ha llegado?

Para saber más….
Milenarismo (Wikipedia)

12 de febrero de 2007

Recuerdos

Estos días se conmemora el 70 aniversario de uno de los episodios más infames de la Guerra Civil Española. El éxodo y la posterior matanza sufrida por la población de Málaga en febrero de 1937 huyendo del asedio a la ciudad por parte del ejercito nacional, fué uno de los sucesos ocurridos en dicha contienda, y que permanecía relegado de la historia. Gracias a los supervivientes y a sociedades como la Asociación para la recuperación de la Memoria Histórica, este triste acontecimiento no ha caído finalmente en el olvido.

Ya se rememoró esta tragedia sobre la población civil de Málaga en este espacio, pero nunca viene mal recordar lo ignominiosa que es la guerra e intentar, si nos queda algún ápice de cordura, aprender de los errores para que nunca más se repitan.