La conducta humana es a veces sumamente insólita. Si lo analizamos de forma objetiva el hecho de utilizar determinado tipo de vestimenta según requiera la ocasión se podría considerar un comportamiento bastante abstracto, ello por no decir en cierto modo absurdo.
En teoría la ropa se concibió como un elemento puramente funcional, básicamente para protegernos del frío; pero es una constante desde los albores de la civilización la costumbre de adornarnos y embellecernos según los criterios estéticos de cada época y cada cultura. Poseemos indumentarias para hacer deporte o estar cómodos, atavíos para usos cotidianos, uniformes que determinen la pertenencia a un colectivo o empresa e incluso prendas especialmente diseñadas para dormir, porque debemos ir elegantes hasta en el lecho y si es acorde con las últimas tendencias aún mejor.
En la cúspide de nuestro afán por engalanarnos nos enfrentamos a grandes retos, acontecimientos en los que nuestra estética habitual es inapropiada. Actos en los que los presentes debemos seguir unos cánones estéticos determinados por una esencia que va más allá de todas las modas, algo denominado etiqueta. En esta categoría el máximo exponente, el evento de los eventos, son las bodas.
En las bodas no solo debemos cuidar al detalle nuestro vestuario, sino que es fundamental un peinado apropiado y en el caso de las mujeres un maquillaje acorde con la solemnidad del acto. En el supuesto de un personaje ficticio, como es mi caso, el hecho de ser invitado a un enlace puede suponer un grave problema. En primer lugar qué atuendo ponerme, dado que siempre voy desnudo, y en segundo lugar, pero no menos espinoso, qué hacer con el peinado, dado que solo tengo cuatro pelos.
Pues en esa tesitura me vi envuelto en cierta ocasión, la invitación a una boda, un boleto premiado para más de un dolor de cabeza. Porque no crean que es fácil encontrar una indumentaria que convine con alguien más bien cabezón y de color azul, pero al final fue el menor de los problemas. Aunque me decanté en un principio por un insigne traje negro la señora de la tienda me recomendó todo lo contrario. Decidimos que mejor el blanco puesto que, según ella, acentuaba el color de mis ojos y me hacía resultar más aparente dado que soy un tanto delgaducho. Una corbata rosa completaba el conjunto por aquello de dar un toque informal.
El asunto del traje estaba resuelto, ahora quedaba el cabello, un tema peliagudo. Afortunadamente una amiga mía es propietaria de una peluquería y hacia allí me dirigí.
- ¿Qué hacemos con estos cuatro pelos, ídem?, me preguntó un poco apurada.
- Pues no sé si es apropiado, pero había pensado en un recogido, le dije con ciertas dudas.
- ¿Un recogido?...bueno, veremos lo que podemos hacer, me contestó resignada y comenzó con la tarea.
La peluquera estaba haciendo todos los malabares capilares que sabía para poder sacar algo en claro cuando sentí un ligero tirón.
- ¡Ay cuatropelos!, que sin querer te he arrancado uno, me exclamó angustiada.
- ¡Rayos y centellas! ¿Cómo ha podido ocurrir?, le grité en un arrebato. Ella me miraba avergonzada.
- No te preocupes mujer, demasiado. Es muy complicado trabajar con estos pelos, le dije sin darle mayor importancia al asunto, en el fondo ella no tenía la culpa de que yo tuviera cuatro pelos.
- Bueno, ¿y ahora que hacemos con estos tres cabellos?, me preguntó suspirando.
- Podrías hacerme una trenza, la ocurrencia me pareció brillante.
- Podemos intentarlo, comenzó decidida con la tarea.
Con cara de concentración y una paciencia infinita, incluso bizqueaba, cogía los pelos con la punta de los dedos y los trenzaba con cuidado. Casi había terminado cuando de nuevo me arrancó otro pelo sin querer.
- ¡Hala!, otro pelo, me dijo en voz baja por si me enfadada.
- Ya me he dado cuenta, le manifesté sin alterarme, ya crecerá, que le vamos a hacer.
- ¿Y ahora qué? Solo te quedan dos pelos.
- Hazme dos colas, le contesté con seguridad.
Y se puso manos a la obra, pero en esta ocasión a las primeras de cambio se quedó con otro pelo entre sus manos.
- Cuatropelos, ¿Qué hacemos?, su cara era de circunstancia.
- Hmmm, no te preocupes, iré a la boda con el pelo suelto. Le di las gracias y me marché resignado pero feliz.
Me presenté en la boda perfectamente trajeado y perfumado, con mi “pelo” limpio y recién peinado, pero para mi sorpresa resultó ser una boda por el rito Zulú, porque si no lo sabían es de lo más “cool”. Todos iban casi desnudos con taparrabos de leopardo y sombreros con plumas. Cuando algún invitado me veía, se paraba a mirarme y parecía pensar…ya está el típico impresentable que le gusta llamar la atención…me pase toda la celebración disimulando que no me daba cuenta.

Aquella tarde me confirmó lo subjetivo que es ir bien vestido. Después de todos los esfuerzos que había realizado por ir de acuerdo con los cánones establecidos, incluyendo las bajas de los tres pelos caídos en combate, al final el resultado fue que no iba del modo apropiado y criticado por ir excesivamente distinguido; ciertamente resulto ser una revelación bastante extravagante e inquietante, un error por presentarme correctamente vestido.
Si quieren que les diga la verdad, no me importó lo más mínimo. Al mirarme al espejo veía que con el traje blanco y el “pelo” al viento me percibía muy elegante y favorecido que en el fondo es lo más importante, sentirnos bien sin vernos obligados a ser borregos al amparo de las dictaduras estéticas. Y es que el que no se consuela es porque no quiere.